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TRIBUNA

La migración ya no es lo que era

Diana Plaza Martín
sábado 20 de abril de 2019, 20:17h

La migración es un fenómeno que podríamos decir que existe desde que el mundo es mundo y el humano es humano. Pero como acá solo tengo unas cuentas líneas empezaremos en 1939.

En México, aunque también debería ser en España, este año conmemoramos los 80 años del exilio republicano español. Esto es, de la llegada de alrededor de 25.000 españoles que tuvieron que salir huyendo del fascismo.

Muchos llegaron tras haber pasado penurias en los campos de concentración franceses, algunos llegaron muy niños y sin sus padres y todos llegaron por la ayuda del gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas, quién siempre protestó en la Sociedad de Naciones el pacto de - No Intervención - y nunca reconoció al gobierno del dictador Francisco Franco.

Los republicanos que llegaron querían regresar a España, tenían como leitmotiv de vida acabar con el fascismo, construir una sociedad en la que la dignidad humana, la solidaridad y la libertad fueran sus ejes. No querían quedarse en México, pero no contaban con que el país americano se esforzara más que ellos por integrarlos, por hacer que todo lo que eran y sabían lo aportaran a la sociedad de acogida, ni tampoco con que Franco muriera en la cama cuarenta años después.

La historia del exilio republicano en estas tierras tiene un episodio dorado escrito por los científicos e intelectuales que llegaron y se adscribieron a magníficas instituciones como la UNAM o forjaron otras como el Colegio de México, pero no se entendería sin considerar que el grueso de exiliados, sin importar su estatus social, era letrado y republicano. Esto es, tenía algo que aportar al mundo y quería hacerlo, quería cambiarlo y mejorarlo; y en México se aseguraron de que lo pudieran hacer en los años que les tocará estar de este lado del Atlántico.

Sin embargo, en la actualidad los migrantes lo que menos quieren es llamar la atención, organizarse para cambiar el mundo que les rodea y que les hizo tener que abandonar sus hogares. Tampoco los gobiernos se esfuerzan por integrarlos, por ver qué tienen para aportar - política en la que Estados Unidos siempre fue el mejor, aceptando y dando poder y dinero a cualquier migrante que fuera bueno en algo, incluidos los nazis -.

Las políticas migratorias actuales piden al migrante que se integre, que no se le ocurra decir que no le gusta la tortilla de patata o que en su país la televisión es mejor. Los migrantes ya saben (sabemos) que en cualquier momento se pueden convertir en el chivo expiatorio de la opción política de extrema derecha que ya sin empacho pregona su racismo. Y es que, aunque ustedes no lo crean, torpezas diplomáticas como la demanda de perdón del presidente de México a la monarquía española, causó momentos de tensión con los españoles residentes en este país. En esos días y salvando todas las distancias posibles, me vino a la memoria una conversación con unos músicos armenios, ex soviéticos, en la que relataban la disolución del ejército de la Unión Soviética en un aeropuerto. El entrevistado, quien por aquél entonces tenía una veintena de años, relataba lo duro y penoso que fue llegar a ese aeropuerto ya ruso desde Alemania, y tener que regresar de inmediato a Armenia para salvaguardad su vida. Lo bueno en su caso es que él sí tenía donde regresar, lo duro para muchos ex-soviéticos fue que en el país al que los mandaban de “regreso” no tenían nada ni a nadie.

Yo si tengo quién y dónde regresar, pero tras más de una década en México y nuevamente salvando todas las distancias con la situación de los mexicanos en Estados Unidos, los ex-soviéticos en 1991, los judíos sefardíes en el siglo XVI y muchos grupos más, reconozco con tristeza que ningún migrante se puede sentir ya a salvo en este nuevo mundo en el que, ante la crisis de la democracia liberal y el capitalismo, se piensa y elige en las urnas a la extrema derecha como solución.

En una semana en VOX entrará a formar parte del parlamento español y en las próximas elecciones en México tendremos nuestra opción Bolsonaro. No obstante, yo creo que nos estamos equivocando, la migración sigue siendo lo mismo, personas que quieren vivir dignamente y trabajar, lo que no es lo mismo es el mundo que comienza a pensar de forma mayoritaria que ante las crisis hay que cerrarse, construir muros y echar a los extranjeros. En este sentido, haciendo el mismo símil que Santiago Abascal de la Patria como casa, creo que su versión no tiene sentido. La casa se hunde y yo, en lugar de salir y pedir ayuda al vecino para apuntalarla, cierro la puerta con llave y espero que se salve sólo porque aliviané su peso al prohibir las visitas.

Creo que ya es hora de dejar de pensar que el agua nunca llegará a nuestro cuello, ya que si seguimos así, en breve no habrá distancias que salvar salvo la que nos separe de nuestra patria de nacimiento.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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