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AL PASO

El momento irracional

martes 07 de mayo de 2019, 20:43h

Tengo reservadas como lecturas pendientes dos contribuciones de la NYRB (The New York Review of Books)que versan sobre la irracionalidad política. La actual situación política en varios países europeos y notoriamente en la América de Trump cuestiona el peso de la razón como instrumento recurrible en la arena política, y ello a pesar de que siga disponible el canon de la constitucionalidad, esto es la referencia, al menos nominal, al esquema institucional del Estado de derecho, y tampoco se renuncie al modelo de política discursiva de la democracia deliberativa de Habermas. Pero lo cierto es, mas bien, que nadie piensa que de verdad estos estándares tengan algún atractivo en las modernas democracias de nuestros días o, por decirlo utilizando la expresión de Dworkin, se los tome en serio.

El libro de Justin E.H.Smith Irrationality: a dark side of reason, que recensiona Kwame Anthony Appiah en uno de los últimos números de la NYRB podría considerarse como una ayuda para entender el irracionalismo político actual, a través de dos afirmaciones de interés. Primero, la irracionalidad presente en cualquier caso no prescindiría de la racionalidad instrumental, esto es, la facultad de conseguir de modo eficiente y directo los fines propuestos, aunque descuide la racionalidad sustancial que identifica la razón con la adhesión a determinadas normas y valores. No sabemos si esta racionalidad ciega a los valores sustituye o puede vivir sin la racionalidad ética, o, por el contrario, la reclama como complemento racionalmente inevitable.

La segunda tesis del libro que le llama la atención al recensionista es la revisión que se propone de la Ilustración como movimiento suministrador del modelo racional, entre otras cosas, de la vida política. Aquí la tesis es que cada afirmación ilustrada tiene su contraluz o que el recuento ilustrado debe acompañarse de su alternativa o negación. Frente a los filósofos acostumbrados debe prestarse atención, como Isaiah Berlin había sugerido, al pequeño número de intelectuales que desarrollaron un cuerpo de pensamiento que oponía al universalismo, el particularismo y el vitalismo frente al racionalismo. Es el caso de Vico, Hamann y Herder opuestos a Voltaire, Kant o Rousseau.

Smith sugiere que el legado de la ilustración debe presentarse de modo no binario, que se acepta o se rechaza en bloque. En cuanto a la irracionalidad, es irracional pretender eliminarla de nuestro mundo, aunque debemos gestionarla, por ejemplo a través de instrumentos racionalistas anticuados, como el buen gobierno y la acción política prudente.

La segunda lectura a la que me refería al principio, es un ensayo de Paul Mason Reading Arendt is not enough, donde se cuestiona la vigencia del pensamiento de Arendt para entender la crisis americana o, más exactamente, el universo de Trump. Llama la atención la naturalidad con que se asume el peligro totalitario que se cierne sobre la sociedad americana, donde se está instalando una ideología hostil a los derechos humanos, al universalismo y a la igualdad de genero y racial: una ideología que da culto al poder, ve la democracia con vergüenza y desea una refundación catastrófica del orden global en su conjunto. La lectura de Arendt, como la de Orwell, Levi, Grossman o Koestler, lleva a constatar similitudes inquietantes del actual momento americano con la coyuntura institucional y sobre todo ideológica de la época preparatoria del totalitarismo fascista o estalinista de los años treinta del pasado siglo. El súbdito ideal del Estado totalitario, decía Arendt, no es el nazi o el comunista sino “la gente para quien la distinción entre verdad y mentira, hecho y ficción no existe ya”. A esta actitud eran propensos sobre todo los solitarios “quienes carecían de sentido de pertenencia, que constituye una de las experiencias mas radicales y desoladoras”. Esta descripción, dice Paul Mason, es casi perfecta, hecha con sesenta y cinco años de anticipación, del electorado de los mítines de Trump, que atienden a la Fox News y los mensajes enviados por el Kremlin a través de Facebook.

La tesis de Mason es que la utilidad de los análisis de Arendt , en la coyuntura americana de hoy, es limitada porque en el fondo el pensamiento de Arendt no admite el riesgo totalitario en América. Por el contrario, entiende este país como el ultimo resguardo frente al totalitarismo, el nacionalismo y el imperialismo. La República americana es el único cuerpo político basado en las grandes revoluciones del siglo XVIII que ha sobrevivido a 150 años de industrialización y desarrollo capitalista y ha sido capaz de hacer frente al surgimiento de la burguesía, resistiendo todas las tentaciones de jugar a la política nacionalista imperialista, a pesar de prejuicios raciales fuertes y sucios en su seno, dice Mason. Lo que toca precisamente al filósofo es mejorar la sociedad criticándola, como hizo Arendt en relación con los derechos civiles y la guerra del Vietnan.

El filósofo del momento es Nietzsche, cuya pertinencia Arendt no admitiría como inspiración ideológica de la derecha americana, pues Arendt no rechazó nunca su lazo con la tradición de la filosofía alemana. “Hasta el día de su muerte reverenció al mas importante seguidor de Nietzsche y su amante temporal Martin Heidegger”. El filósofo de la reacción, que sirve para todo, es Nietzsche. El propone una revolución dirigida a la clase media descontenta con la gestión del sistema, alternativa a la propuesta de socialistas, feministas y progresistas: la rebelión individualista contra la moralidad y a favor de sí mismo. En suma, concluye Mason, si queremos establecer un enlace entre la barbaridad del periodo colonial, la difusión del irracionalismo entre los intelectuales europeos de los años 20, y el auge de los nazis, con el ascenso de la moderna extrema derecha, ello debe hacerse con la mediación del amoralismo y la supremacía biológica preconizados por Nietzsche.

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