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AL PASO

El mejor discurso de Pérez Rubalcaba

martes 14 de mayo de 2019, 20:08h

Me ha pillado la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba en San Sebastián, así que solo he podido enviarle un billete de condolencia a Javier Solana, que tanto le quería. La última vez que vi a Alfredo fue en las dependencias de una sucursal bancaria, mientras me llegaba el turno, que ahora funciona casi como en las salas de espera de los consultorios de los hospitales. Yo conocí a Alfredo en la Facultad de Derecho de la Complutense a finales del franquismo, asistiendo a las reuniones, más bien clandestinas, de la Sección de la Enseñanza de la UGT, en las que también participaba Francisco Rubio. Desde ese momento mi relación con Alfredo fue siempre mediada por personas amigas, que facilitaron nuestro mutuo aprecio. Me refiero, antes de nada, a Txiki Bengas, Juan José Laborda o Luis Ortega, y también a Luis Arroyo. Este Luis llevó a la realidad el propósito de Pérez Rubalcaba de poner en marcha la creación de la Universidad de Castilla La Mancha, cuando Pérez Rubalcaba era el Director General de Universidades con el ministro José María Maravall. Siempre, frente a otros esencialistas, compartí el plan de expansión universitaria que estimuló el ministerio, y que alcanzó entre otros casos al de la Rioja: se trataba no solo de una experiencia académica sino de una apuesta por la dinamización del desarrollo social y cultural de algunas zonas de la España interior, que todavía sesteaban en su letargo, y que revivieron efectivamente con la aventura universitaria.

Tuve diversas ocasiones de departir con Pérez Rubalcaba, fuese el motivo el análisis de la política vasca, cuya consideración siempre entendió debía trascender su dimensión antiterrorista, o conversar sobre los avatares electorales, con un escrupuloso respeto de nuestra respectiva posición institucional. Alfredo era un contertulio extraordinario: divertido y sagaz, resbalaba sobre los diversos temas con una calculada superficialidad, como consagrado virtuoso que era. Recuerdo como en cierta ocasión se apuntó encantado a mi teoría sobre la imprescindibilidad de los contramodelos, pues acertar con lo que había que hacer tenía mucha menor importancia que no incurrir en lo que se debía evitar. Siempre se insiste en la trascendencia de los modelos, pero estos son difíciles de encontrar; afortunadamente los contramodelos son mas prontamente identificables y resultan más útiles como guías para la acción, pues impiden el desastre o que se empeore una situación, que es lo primero que debe tratar no suceda un político avisado.

Como todo el mundo reconoce Alfredo Pérez Rubalcaba era un extraordinario parlamentario, ya hablemos de su réplicas, a veces de una mordacidad y agudeza letales para el contrincante, o de sus discursos, perfectamente planificados y dichos con gran brillantez. Por destacar uno podíamos referirnos al que pronunció el 8 de abril de 2014 con ocasión de la solicitud por parte del Parlamento catalán de la delegación a la Generalitat mediante ley orgánica de la competencia para convocar y celebrar un referéndum sobre el futuro político de Cataluña.Tras la intervención de Jordi Turull, Marta Rovira y Joan Herrera, y después de Mariano Rajoy, tomo la palabra Rubalcaba como representante del PSOE. Seguí con gran atención este discurso porque dos días antes, Rubalcaba me comentó su estructura esencial, cuando me llamó para agradecerme el envío que yo le había hecho de un libro sobre federalismo que había preparado y donde se proponía la consideración de siete modelos de referencia para la reforma federal territorial española. Estuvimos hablando más de una hora por teléfono. Le dije que a mi juicio dicha delegación no cabía, pues no se puede delegar una competencia que no se tiene, habida cuenta que el referendum del artículo 92 de la Constitución es general y además con el límite del respeto del marco constitucional, que reserva las decisiones constituyentes al procedimiento establecido al respecto, de modo que no cabía conceder autorización para un referéndum territorial y con propósito de ejercer una función constituyente que corresponde al pueblo español en su conjunto y no al de una Comunidad Autónoma específica. El parlamentario en su intervención trató con toda claridad esta cuestión jurídica, aunque ciertamente era un problema lateral en su argumentación que se refirió a otros aspectos, de evidente cariz político.

Rubalcaba denunció la dejadez gubernamental que había contenido la discusión del problema catalán en el Parlamento y arriesgó el compromiso socialista por encontrar un acuerdo con Cataluña, esto es, sobre la inserción de esta Comunidad en un futuro español compartido. “Ustedes proponen: vamos a votar a ver si nos vamos, y nosotros proponemos: vamos a sentarnos, vamos a discutir y vamos a acordar cómo seguimos viviendo juntos; esa es la diferencia”. Lo que se ofrece es una nueva Constitución que haga posible un estatuto también nuevo, decidiendo, entonces los españoles todos y también los catalanes. En suma lo que Rubalcaba propone es una renovación del acuerdo constitucional sobre Cataluña. “No soy capaz de imaginarme un futuro mejor que aquel que representan una Cataluña comprometida con España y una España que entiende y quiere a Cataluña”. Los socialistas de Cataluña y los socialistas de España, dice, siempre hemos apoyado el autogobierno de Cataluña, siempre; hemos defendido sus instituciones, hemos defendido su cultura, hemos defendido su lengua y en el último estatuto hemos defendido sus derechos históricos, siempre lo hemos hecho. En correspondencia con este catalanismo español, lo que Rubalcaba busca es recabar el interés catalán por España, en la línea de lo que Tarradellas proponía al recuperar la autonomía, poniendo a Cataluña en “la avanzada del bienestar, de la prosperidad y de la democracia de todos los pueblos de España”.

A una Cataluña que piense en España, concluye Perez Rubalcaba, debe corresponder una España que recoja los anhelos de Cataluña porque si no, sería una España incompleta.

La última lección de Rubalcaba ha sido su retirada pablista de la política, que a mí me ha recordado la naturalidad con la que, especialmente en el laborismo inglés, se vivían los fracasos políticos, cuando Harold Wilson o James Callagahn bajaban desde sus puestos de la suprema dirigencia a la sencillez de la vida académica. Un gesto, inusual en estos pagos, que denota unas convicciones firmes y acendradas, realmente admirables.

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