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TRIBUNA

México se envenena

Diana Plaza Martín
sábado 18 de mayo de 2019, 20:00h

La ciudad de México, o mejor dicho sus habitantes, se envenenan desde el pasado viernes 10 de mayo, día en que se conjugó la tormenta perfecta: miles de automóviles, industria contaminante, incendios, volcanes, situarse un valle y nada de lluvia.

A partir de ese momento, los habitantes de esta ciudad nos levantamos y realizamos nuestra primera consulta en el teléfono móvil a la página de la Secretaria de Medio Ambiente del gobierno de la capital, en la que nos informan en tiempo real de la calidad del aire que respiramos, así como de las precauciones que debemos tomar. Es así como los vecinos, en lugar de hablar de cosas sencillas al cruzarnos por las escaleras, comentamos frases en clave como “ya estamos a 123, vamos mejorando, ayer eran 143”, sabiendo que hasta no bajar a 50 nuestra calidad del aire no será buena, que las partículas PM.2.5, causantes de nuestro malestar actual, son muy nocivas por su pequeño tamaño y, por ende, su facilidad para viajar por nuestras vías respiratorias y depositarse en los pulmones, y que, al menos, el ozono nos está dando algo de tregua. Conversaciones que me recuerdan a cuando en España todos empezamos a ser expertos en otro asesino silencioso e invisible como la “tasa riesgo país” hace una década.

Con estas cifras, las autoridades determinan si estamos o no en “contingencia”, esto es, en una situación excepcional para la que hay que tomar medidas excepcionales. No obstante, las autoridades capitalinas no tomaron medidas hasta el miércoles 15, las cuales se circunscribieron a lo de siempre: suspender clases en educación básica —para evitar el tráfico generado por el desplazamiento de infantes y jóvenes a la escuela, propiciado en buena medida por un deficiente sistema público de educación, que hace que los padres lleven a sus hijos a escuelas privadas en cuanto su economía se lo permite— y limitar la circulación de vehículos particulares. O, lo que es lo mismo, echarle cal a la mancha producida por la gotera, pero no arreglar la tubería que gotea.

Siguiendo con nuestro símil de fontanería, la tubería no solo gotea, sino que está oxidada, así como todo el sistema de cañerías del edificio, escena que me parece representa de forma más fidedigna la situación medioambiental de la capital azteca. Y es que todos los factores mencionados —salvo la erupción del Popocatépetl, que en apariencia no tiene épocas preferidas para bañarnos con sus cenizas— son estructurales, estacionales y, por ende, predecibles. En ese sentido ¿qué ha pasado en México para que su capital lleve una semana asesinando pasiva y silenciosamente a sus habitantes?

En primera instancia y en última, una errada política medioambiental de la nueva administración, de la pasada y de las históricas. La actual Jefa de Gobierno de la capital del país llegó al poder avalada por ser una científica experta y premiada - fue parte del grupo que recibió el Premio Nobel de la Paz en 2007 bajo el paraguas de Al Gore - , lo cual suena lógico y esperanzador en una ciudad en la que las contingencias no son situaciones excepcionales, sino cotidianas. Pero al día de hoy, esa experta, así como su gabinete, no parece haber tomado o pensado ninguna medida que haga que la ciudad pueda mejorar su situación en el corto, mediano o largo plazo.

Esta inacción, o incluso negligencia del gobierno federal (ejecutivo nacional) en estos temas —como muestra la menor presencia de brigadistas en los bosques de todo el país por recortes en el presupuesto a la Comisión Nacional Forestal— ha provocado que, al menos en los casi once años que la que suscribe vive en esta ciudad, estemos viviendo la peor crisis medioambiental.

Creo que una buena parte de los ciudadanos sabe que el medio ambiente es un problema de todos y de todo el mundo, que el planeta funciona como un ecosistema en efecto mariposa o, como se diría de forma coloquial, dañar el medio ambiente es como escupir para arriba. Pero lo que también creo es que, si los poderes públicos no toman medidas drásticas en esta dirección, dejar a criterio de los ciudadanos la mejoría de este problema mediante el cambio en sus “pequeñas” acciones cotidianas, es nuevamente ponerle cal a la gotera.

El ejecutivo de la ciudad de México es del mismo signo político que el central, son de un partido que dice estar regido por los principios de los pueblos indígenas de México, esto es, de aquellos que han sufrido las prácticas extractivistas, de deforestación, contaminantes, etc., de los colonizadores, desde Cortés hasta las transnacionales canadienses, estadounidenses y, por supuesto, de las empresas nacionales. Son, por tanto, equipos de gobierno de los que se esperaría que, sin necesidad de recurrir a la conciencia medioambiental de nueva generación, apliquen medidas en favor del medio ambiente y la calidad de vida de sus habitantes desde su primer día de gobierno y en todos los órdenes del mismo.

Así mismo, considero oportuno decir, bajo la cortina de humo en la que me encuentro, que el cambio climático y el deterioro del medio ambiente no es una cortina de humo, sino uno de nuestros grandes problemas. Por ello, es extremadamente preocupante que en los debates electorales y políticos en general de EEUU y Europa —los países desarrollados que en las últimas décadas pedían a los países en vías de desarrollo políticas que impidieran que su desarrollo se diera de la misma forma depredadora en que se había dado el suyo— la referencia al medio ambiente haya prácticamente desaparecido.

India, China y México son los países con peor calidad del aire, donde el primero y el último tienen una alta tasa de población que aún no consigue comer bien, y el de el medio tiene todo menos ganas de comprometerse con la conservación del planeta Tierra. Otra potencia emergente, Brasil, tiene el pulmón del mundo y un presidente al que la defensa del medio ambiente le parece algo tan antinatural como la equidad de género, y la primera economía del mundo está lidera por un señor para el que el cambio climático es fake news.

Teniendo en cuenta esa esperanzadora situación y visto que las preferencias electorales del mundo van tornando hacia los que piensan que la preocupación por el cambio climático es cosa de progres, les pido su ayuda mediante rezos o sacrificios a Tláloc (el dios de la lluvia de las culturas mesoamericanas que alguno de ustedes habrá visto al visitar el fantástico Museo Nacional de Antropología e Historia de esta ciudad), o cántenle a la Virgen de la Cueva si se sienten más cercanos con las deidades del Viejo Mundo o, si lo de ustedes es el mundo postmoderno, pidan que llegue el invierno… creo que los White Walkers son un enemigo más noble que el de ahora, al menos a ellos los vemos.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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