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DESDE ULTRAMAR

Bicentenario de la reina Victoria

jueves 23 de mayo de 2019, 20:25h

Este 24 de mayo de 2019 se conmemora el bicentenario del nacimiento de la reina Victoria de Gran Bretaña e Irlanda y emperatriz de la India, además de soberana del Canadá y Australia y de sus otros dominios y territorios reales. Nació sin pena ni gloria, en Kensington, mas cuando murió en Osborne, marcó el final de una época y así lo describe la crónica del momento, pormenorizado el suceso como un parteaguas, como el final de una era, cuando la mayoría de sus súbditos había nacido bajo su reinado y no recordaba a ninguno de los estrambóticos antecesores, los impresentables tíos hannverianos. Está sepultada en Frogmore. La soberana murió tras de nacer el siglo XX, 22 días después. Su prolongado reinado solo fue desbancado por su tataranieta, Isabel II, en 2015.

No sé si para verme excéntrico debiera yo de beberme una humeante taza de té proveniente de las colonias y al ritmo del Rule Britania, escribir la presente entrega; y acaso no sea tan mala idea. Nunca hay nada mejor que regresar a lo clásico. Y siendo una estampa tan british, lo merece. En una de esas me pongo el sarakof de mi abuelo para tan feliz ocasión. Usted acompáñeme como suele hacerlo cada semana, que esta misiva le agradará. Escoja usted si quiere sentir el frío escocés de Balmoral, el castillo escogido para el veraneo de la reina Victoria con el tartán confeccionado en blanco y rojo para ella, o prefiere el asfixiante calor de la India, hasta donde alcanzó a refulgir el aurea de la legendaria monarca, quien jamás visitó sus lejanas y exóticas posesiones.

Se trata de un personaje que siempre ha atrapado mi atención –hasta apuntarme a concursos televisivos dedicados a su biografía, que a mí eso de ir a la tele, me agrada– porque más que encorsetarlo en espacios comunes, me parece que engloba no solo el poderío británico en su cenit decimonónico, sino la posibilidad con él y a través de él, de haber tejido las alianzas monárquicas que entrelazaron su trono con gran parte de la Europa de su tiempo, la victoriana; alianzas a veces eficaces y a veces, no, dígase también, pero en cuyos entresijos, participó.

Hablamos de una reina que no encarna la pérdida del poderío de la monarquía como sucedió, paradójica circunstancia, mas hizo de su nombre uno casi mítico revestido de un halo de dignidad y superioridad como pocos monarcas alcanzaron. Quizá no fue su voluntad que sucediera así, pero en los hechos así fue, casándolo con infinitud de sitios y objetos. Acaso ningún rey pueda presumir que su nombradía alcanzó a denominar a tanto: desde el gran desierto de Australia, a cataratas africanas y su respectivo lago cercano, o la antigua capital de Hong Kong y la de Seychelles, o un landó, una tierra antártica, una isla canadiense o una estación ferroviaria de Londres. Un sinnúmero de lugares alrededor de globo hasta sumar por lo menos 50. En Canadá existe un día feriado en su honor.

Los consabidos datos de haber dado nombre a una era o ser la “abuela de Europa” no empañan que se trata de la primera reina británica que parió con anestesia o que definió la capitalidad de Ottawa ­–a medio camino entre las rivales Toronto y Montreal– zanjando tal diferendo, o que su viudez supuso prácticas que rayarían hoy en cierta locura, como por 39 años apenas si relajó el negro del luto por la muerte de su marido u ordenar que se alistara su aguamanil a diario, o que se fotografiaran todos los objetos tal y como los dejó él, para no removerlos.

Yo nunca he encontrado una fuente que asegure acuciosamente y con toda claridad que era imperioso que sus descendientes varones llevasen entre otros, el nombre de su bienamado Alberto y las mujeres, el de Victoria. Empero, casi se cumplió la norma a rajatabla. Al menos, mientras vivió. Curiosidades aparte, su primer nieto fue el káiser Guillermo II (1859) y su última nieta la reina Victoria Eugenia de España (1887), nacida en Escocia, separándoles casi 30 años y en medio 40 primos, hijos de 9 retoños reales. Aunque entretejió matrimonios que ascendieron a distintos tronos, en vida vio coronarse apenas a tres o cuatro de sus descendientes, como al gran duque de Hesse-Darmstadt y a su hermana, la última zarina. Ya todos encumbrados arribaron al año 1914, en que la Primera Guerra Mundial los sorprendió. Incluso a los neutrales. Nietos de la reina Victoria murieron en ambos bandos, como sucedió justamente con un hermano de la reina Victoria Eugenia, caído del lado británico. Ella fue neutral como sus primas Maud de Noruega y Margarita de Suecia, mientras la hermana del káiser era esposa del rey griego, probritánico, o igual que María de Rumanía que se alió a su primo Jorge V. En cambio, a las órdenes el emperador alemán estaba otro primo, Alberto de Schleswig-Holstein en tanto que su hermano Christian Víctor peleaba en la milicia británica. La madre de ambos era Elena, la cuarta hija de Victoria. Así que la Gran Guerra sí partió en dos a la familia, al tiempo que la Revolución rusa se llevó por delante a la zarina, prima de todos los mencionados.

Su egregia figura ha evolucionado, me parece, y ha ido demudando percepciones y condiciones. La reina Victoria fue referida en series y películas de toda índole y temática a lo largo de la siguiente centuria a su muerte. Se la aborda más como soberana, más poco a poco se desmitifica su matrimonio y su viudez y se recrea su tiempo a la perfección. Lo que no se ha conseguido es representarla tal cual, pues su físico es complicado. Si la serie de la BBC de 1975 sobre Eduardo VII contó con la espléndida actuación de Annette Crosbie, su físico nunca la ayudó. Le faltaba gordura. La fotografía no miente, como dijo la aficionada reina-emperatriz a su pintor, Winterhalter, al preguntarle aquel si no temía que sustituyera a la pintura, a lo que Victoria respondió que no. La luz eléctrica en cambio, no fue bien recibida, por lo cual el castillo de Windsor solo fue alumbrado con tal hasta después de su muerte. Otras actrices hermosean lo que no fue del todo. A mí sí me agradaron las actuaciones de Judi Dench en La señora Brown o en La reina Victoria y Abdul, pero de nuevo el físico no ayudaba, le faltaban carnes. Igual que Jenna Coleman en Victoria no me convence por su físico al debernos corpulencia, pero sí por su magistral actuación. La serie se transmite subtitulada en México por la televisión abierta (Canal 11). Rompe moldes, leyendas y estereotipos. Desmitificarla y humanizarla es positivo.

Viajera aún en su edad avanzada, se sabe al detalle su periplo a España de 1889, encontrándose con la reina doña María Cristina en San Sebastián. ¿Cómo habrán sido sus conversaciones?¿y con Eugenia de Montijo, achuchándola exiliada? ¿y con su prima Carlota en su mal logrado viaje imperial a México, marido fusilado de por medio? ¿o con la reina de los Países Bajos, Guillermina, en 1898, sobrina de su nuera Elena, la esposa del duque de Albany, ese año en que ascendió al trono? Mujer opuesta a las segundas nupcias y desestimando la igualdad de sexos, sí generó una monarquía un poco más visible al pueblo y más incluyente, después de todo. Y eso que ella es luces y sombras. Se involucra en la guerra Boer, pero consideró nimia para ensanchar su poderoso imperio a la adquisición de Hong-Kong tras de las Guerras del Opio. Defiende su país, lo lleva a Crimea, lo impone en África y luce satisfecha su titulo imperial, en una época en que alguien dijo “cada día el mundo se vuelve un poco más inglés”.

Paradojas de una monarca excepcional. Quede para el cotilleo y las murmuraciones saber si de verdad casó con John Brown, si tuvo un décimo hijo o si es un bulo decir que fue la abuela de Jack el Destripador, sospechosamente el malogrado duque de Clarence. Y para el comadreo si fueron verdad los devaneos con el sirviente indio Abdul. ¿Chismes? ¿habladurías? ¿rumorología de alta escuela? ¿gallofas? Todo lo calla el marmóreo y broncíneo memorial levantado en su honor frente al palacio de Buckingham, el que habitó por vez primera en 1837.

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