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AL PASO

La Europa que queremos

martes 28 de mayo de 2019, 20:12h

De las lecturas que he realizado sobre el momento actual de Europa se desprende una situación de inquietud entre muchos observadores que puede, pero no debe, inducir a la desesperanza. Europa, como la comunidad política ulterior a la que pertenecemos, es más necesaria que nunca, aunque persistan las dudas sobre las limitaciones de su diseño y las dificultades para su modificación. En efecto, The economist, en un número reciente, llama la atención sobre la progresiva convicción que resaltan las encuestas entre el electorado europeo, que habrían recuperado la fe en la Unión. En una encuesta del último septiembre, el 62 por ciento de los preguntados decía que la pertenencia a la misma era una buena cosa, la proporción más alta desde 1992. Sólo el 11 por cien la descalificaba. Curiosamente el conflicto del Brexit (The Brexit mess) ha desactivado a futuros desertores, de modo que los partidos que una vez planteaban referéndums para abandonar la Unión en Francia o Italia, por ejemplo, han renunciado a la idea.

Llama la atención que persista la idea de la confianza en Europa a pesar de la tremenda fuerza de stress que está soportando. El análisis de la actual coyuntura europea ofrece un panorama de temibles desafíos que resalta Anne Applebaum en uno de los últimos números del The New York Review of Books, en el que comenta la aparición del libro de Ian Kershaw, The global Age, poniéndolo en relación con el de Tony Judt Postwar de 2006. Lo que justificaría el libro de Kershaw, sobre el que prontamente ha llamado la atención Guillermo Altares, es su análisis de la década en que cronológicamente no coinciden los dos libros, esto es, la que acaba en 2017, en la que, muchas de las asunciones que el continente se había hecho sobre sus bases y posibilidades políticas, comienzan a desmontarse, se trate de la idea del estado de derecho, los derechos humanos y la libertad personal; así como el restablecimiento de la economía capitalista, o la actuación conjunta institucional con los Estados Unidos.

La crisis tendría cuatro manifestaciones. Primero, la pérdida de confianza en la superioridad de la economía occidental a través de la crisis financiera de 2008-2009 especialmente dura en Europa: destrucciones de empleo, ahorros y sociedades en todo el continente y sobre todo en las economías de los países del sur. En segundo lugar, una crisis en la escena política internacional, derivada de la voluntad de juego sucio de Rusia, que no solo habría procedido a un amenazante rearme militar sino a una inmisión en la política interna de diversos estados, y sus procesos electorales, así en Georgia, Ucrania y otros casos. La grave situación internacional derivada de la amenaza rusa, en tercer término, se habría incrementado con la crisis del oriente medio, se trate de las guerras de Siria, Libia, Yemen o Irak que generan una serie de atentados, en Niza, Paris, Berlín o Manchester y que desencadenan una reacción contra la inmigración, especialmente la musulmana, en todo el Occidente. En este contexto aparecen, finalmente en cuarto lugar, una serie de partidos antidemocráticos y antieuropeos. Todos utilizan una retórica anti-establishment, que es cínica, como ocurre en el cisco del Brexit, pues muchos de sus líderes llevan largo tiempo funcionando como pilares de los sistemas políticos que dicen aborrecer.

En estos difíciles escenarios, según la relectura de Kershaw que hace Anne Aplebaum, Europa se ha portado convincentemente en la crisis económica, aunque muchos puedan cuestionar el acento restrictivo de su tratamiento, con consecuencias antiigualitarias evidentes en la ciudadanía, lo que no deja de tener graves efectos de deslegitimación. En cambio, la vertiente internacional de la crisis ofrece un saldo para la Unión más preocupante, derivado de la propia significación económica y demográfica de la Europa, claramente declinantes, y especialmente de las difíciles relaciones con los Estados Unidos, cuyo egoísmo nacionalista tras Trump hace difícil la cooperación. Tampoco ayuda que la referencia ideológica de la anterior época de Europa, cuando los padres fundadores, haya perdido atractivo, esto es, la memoria del fascismo, la fe en América y su democracia o la confianza en la economía del mercado.

Pero lo cierto es que las dificultades del momento no han producido el desprestigio del proyecto europeo, que, antes bien, se ofrece, en un revival hobbesiano, como la única posibilidad de satisfacer la necesidad de protección que los ciudadanos experimentan en los tiempos difíciles, y ello, aunque se sea consciente de las debilidades estructurales de la construcción europea y la falta de acuerdo para proceder a su refuerzo. Después de todo Europa sigue sin tener un pueblo soberano. Es un mosaico de naciones estado (si lo aprenderán algunos nacionalistas periféricos españoles, que, aunque sean de Bilbao, no han leído a Azaola) de tamaño, lenguas, culturas, historias y temperamentos distintos. No es un megaestado que pueda prescindir de los estados existentes, al contrario. Lleva razón The economist: pocos quieren un superestado con una política monetaria y fiscal totalmente integrada, una política de defensa única y los mismos derechos de ciudadanía.

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