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ENTREVISTA

Diego Medrano publica ‘Llora mi alma de fantoche’: “Sin miedo no hay escritura”

miércoles 29 de mayo de 2019, 11:12h
Diego Medrano publica ‘Llora mi alma de fantoche’: “Sin miedo no hay escritura”
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El escritor Diego Medrano acaba de publicar 'Llora mi alma de fantoche', una recopilación de diez años de poesía en la editorial Luna de Abajo. El autor, que confiesa sentirse "muy asocial estos últimos años" se sincera con EL IMPARCIAL.

El volumen recoge una década de poesía, ¿cuál ha sido el criterio para la elección de los poemas?

Este libro se inicia en 1997 cuando comienzo estudios universitarios de Filosofía en Oviedo. Las filologías estaban copadas por baratijas de culto que jamás me interesaron y me incliné por el pensamiento. Durmió el sueño de los justos, quinientos folios, hasta el año 2009 donde lo rescato de una caja de madera, de las de vino caro, con puerta corredera. Es una escritura de azotacalles intempestivo, de gusto y regusto por los bajos fondos, de luces y burbujas por la joyería verbal y el iberismo: Umbral, Valle, Cela, Lorca, Carrere, Ruano, etc. De desprecio absoluto por los gafapasta y modernillos que citan a Cormac McCarthy o Carver, entonces en boga. Fervor por los figurones de la bohemia, astros astrosos de las memorias de Cansinos Assens. En esa temperatura donde ser artista es fracasar, a la manera de Beckett, y toda escritura ha de ser secreta, como quería Max Frisch.

La escritura eléctrica, nerviosa, es la única que me interesa

¿Cómo comenzó en la poesía, recuerda cuál fue el desencadenante que lo llevó a escribir?

La poesía, en un sentido clásico, se escribe cuando ella quiere. Me gusta ese tipo de escritura de servilletas, de sobras completas, espía de la vida, que en principio no va a ninguna parte y luego lo ordena todo. ¿Autobiografía? Sí, pero también mucha impostura o embeleco de los sueños más húmedos. No existe una cultura in vitro, fuera de la vida: en Cervantes hay sangre, semen, sudor y lágrimas. El auténtico fuego del verbo es el sajarse por fuera y exponerse. Abrirse en canal por purga y vómito y cura. La escritura eléctrica, nerviosa, es la única que me interesa. Eso de encadenar una oración simple con otra, sin adjetivos, tan de moda hoy… A las cuatro páginas dejo el libro en cualquier banco del parque. Mallarmé es esotérico porque renuncia a explicar. Sin miedo no hay escritura. La necesidad de lenguaje esotérico es la necesidad de misterio. Literatura es conflicto y parte de ahí.

Se abre con un agradecimiento a Pelayo Pueyo. ¿Quién es para usted?

Pelayo Fueyo es un gran poeta español, al que le publica Manuel Borrás en Pretextos Editorial muy pronto la obra completa. En tiempos de poesía de la experiencia y otras zarandajas, de cultismos como ejercicios horteras o de mero atrezzo, él hace una poesía simbolista, donde repite temas, con la infancia como base, muy cerca de Borges pero todavía más de Francia. Una poesía en círculos, donde repite temas, el laberinto o la rosa, pero nunca formas expresivas. Se topó con un maestro, maricón de pueblo, que al ver que era el mejor de su tertulia literaria, lo hundió. Un tipo infame, que presume de virgen con setenta años y asuntos de psiquiatría profunda. Me gusta porque Fueyo tiene un sesgo extranjero muy interesante: a la manera de Panero. Es un amigo de muchos años, por eso se lo dediqué.

Solo me interesa la palabra lujosa, la joyería verbal, y no lo veo en muchos contemporáneos.

Es inevitable hablar de malditismo al leer su poesía, ¿qué es para usted? ¿Una tendencia, una actitud, una pose?

Este es un tema muy complejo. Una librera, Emi, de mi tierra asturiana, decía una cosa muy graciosa: “Viene por aquí el marqués de no sé cuántos y no le haces ni caso. Llega el primer loco y sales corriendo detrás de él por la calle”. Veo en el centro valores sobrevalorados, ídolos de barro, y en las cunetas o márgenes encuentro tesoros. ¿Quién coño lee hoy a Ruano? ¿Quién lee a Mourlane Michelena, a D´Ors, a Pemán, a Antonio Altadill y sus folletines, que era prodigioso a la manera de Eugenio Sue? Solo me interesa la palabra lujosa, la joyería verbal, y no lo veo en muchos contemporáneos. ¿Quién lee a Pedro de Répide, a Retana, a Hoyos y Vinent, a Felipe Trigo? Umbral se forma ahí y los llama “los porno”. Pura libido de la escritura. Murger ataca los valores de la burguesía porque opone, realmente, individualismo frente a capital. Por eso, si quiere, ‘Escenas de la vida bohemia’ es bandera de la protesta romántica, mucho antes que toda esta farfolla de Podemos. García-Calvo fue a verlos a la Puerta del Sol y le dijo: “Menuda mierda de revolución. Solo buscáis trabajar en Telepizza”.

en el Primark de la literatura hay mucho bluf, mucha estafa, mucho plástico barato.

Siguiendo con el malditismo, se ha traído usted a todos los amigos al poemario: Cioran, Villon... En fin, la lista es interminable. ¿Por qué?

Por calidad. Porque en el Primark de la literatura hay mucho bluf, mucha estafa, mucho plástico barato. El lujo de la palabra escrita es otra cosa. Por culpa de las pantallitas hoy no lee nadie, pero no se puede bajar el nivel de continuo. Me ha interesado mucho siempre el escritor sin lectores, sin público, Gómez de la Serna, absoluto esteta. Me gusta la escritura como juego y ese nervio de la prosa rocosa, donde el adjetivo manda, donde las palabras se mastican debido a su musicalidad, fisicidad, corporeidad. Todas estas novelas en Word a cuerpo de letra 18, que son pura lasitud, leídas en completa indolencia, me parecen nefastas. Puede que el escritor de los márgenes del que usted me habla (Cioran, Villon) al vivir fuera de las leyes del mercado está más cerca de la calidad y desprecia la facilidad. Ahí está todo. Escribir es apoyarse en imágenes: buscar emociones estéticas fortísimas. Vender sustos, para que el personal despierte.

"Afanarse por trasladar al papel/ lo que no es más que ruido en la propia vida", si me permite citarle y, en otro verso, "¿Qué tiempos son estos donde no lee ni Dios?" ¿Piensa que en el futuro puede cambiar el soporte de transmisión de la poesía? O, en otros términos, ¿ve una vuelta a la oralidad del verso?

Mire, necesitamos ficciones para sobrevivir: libros, películas, historias. El ser humano está programado para la ficción. Una historia de amor lo es, o una amistad. La poesía, por su brevedad, por su concentración, está condenada a no extinguirse. En la sociedad líquida de Bauman, lo fácil se lo llevará la riada, y será bueno lo que perdure, lo duradero. La oralidad es y fue siempre pura literatura: no ya el mito de escribir como se habla, sino aquello de Cervantes de “si se sabe sentir, se sabe decir”. “No existe vida fuera de las palabras”, dijo Aragon. La verdad, a la manera de Lacan, siempre tiene estructura de ficción. La oralidad ni es jerga ni es utilizar muy pocos registros ni es hablar como un párvulo. La cultura entra por los ojos pero debe salir por la boca: eso quisieron los surrealistas, el pensamiento se hace en la boca. La oralidad es musicalidad, aprendizaje, y esa definición de cultura, como lo que queda siempre tras haber olvidado lo que sabía.

"La mujer, aire, desea permanecer oculta". Se trata de una imagen poética que contrasta con lo que puede verse en las calles y en la prensa: la lucha de la mujer por la visibilidad. ¿Cómo se relaciona la actualidad con su poesía?

Las mujeres más interesantes que me he encontrado en la vida permanecían ocultas en eso que usted dice, la calle. Las mascaradas, no solo en mujeres, siempre me ha interesado. La invención del personaje vital, de algún modo. La mujer es inteligente, quiere saber y quiere vivir, sabe antes lo que no quiere que lo que sí, y leen mucho más que los hombres. El hombre de guerra es casi analfabeto, busca ganar dinero y anda poco entre páginas editoriales. La mujer como motivo constante ha sido para mí la “Nadja” de André Breton o “La Maga” de Julio Cortázar. Es la mujer enigma, la vagina intrusa, es la admiración por aquello que conoces y la investigación de todo cuanto ignoras, que es mucho más fuerte. Es como una buena prosa: ha de partir del navajazo.

Se lo pregunto porque usted escribe en prensa, donde la realidad es consensuada, frente a una poesía, como parece que es su caso, en la tradición que lleva del romanticismo hasta el simbolismo y las vanguardias, donde se impone la realidad subjetiva del poeta. ¿Vive esta tensión? ¿Cómo la resuelve?

Mire, todo el conflicto de prensa lo es entre la información o la opinión. A Sánchez-Ferlosio no le interesaba nada la primera: decía que bastaba cualquier telediario o informativo para saberla. La opinión es otra cosa, y una voz, lo que siempre es un columnista, es otra muy diferente. Me gusta el columnista que no se traiciona, con voz similar al susurro, honesto con lo que piensa, y que solo busca contagiar su entusiasmo. Hay poca vida en la información, a granel, y mucha vida, incluso privada, en la opinión, por lo menudo. Umbral, padre del columnismo español, se jactaba de no haber dado jamás una noticia. Vicent habla de sabores: desde el pan con aceite al bogavante con arroz. Millás es extrañeza: deshace la realidad desde la irrealidad. El lector necesita vida porque sin oxígeno no puede digerirse lo que pasa.

Me gustan los barrocos, la forma, cómo se dice algo y no tanto lo que se dice. No creo en lo de la prosa sonajero de Marsé.

¿Cómo ve la poesía española actual? ¿Y la latinoamericana? ¿Algún poeta actual que merezca su interés?

Me gusta mucho José Luis Rey, por su mundo loco, surrealista, con tanta presencia de los objetos y del arrebato por el lenguaje. Me gusta mucho Gimferrer. ¿Quién lee hoy a Carlos Oroza? Su obra completa “Évame”, salta en las bateas de los saldos y fue siempre un poeta oral. Aprecio lo fácil, leo a García Montero y ese vasco, Karmelo Iribarren, pero no me llega, nada en el lenguaje brilla y el friso es el de las palabras más baratas de una borrachera obrera. Tampoco me llega el arquitecto, Margarit. Bonald o Panero, mucho. Me gustaban los poemas de Leticia Bergé, repletos de mundos venecianos y venas cortadas, cuando decían que no existía porque no daba entrevistas. Más nombres: Antonio Lucas, Emilio Arnao, Julio Valdeón en su prosa poética, Nieto Jurado. Me gustan los barrocos, la forma, cómo se dice algo y no tanto lo que se dice. No creo en lo de la prosa sonajero de Marsé. Leopoldo María Panero, al que traté mucho, sostenía que hay que forzar el lenguaje y la vida. Me gusta el lenguaje fresco de la imagen.

¿Cuáles son sus nuevos proyectos como escritor?

Publico mi teatro completo, cuatro obras, después del verano, con un prólogo muy gentil de Luis María Anson, que es la palabra bífida, el maestro eterno y el orador mágico. Quiero acabar una novela, voy por la mitad, sobre algo muy complejo, los intelectuales caníbales. Aquellos cuyos discípulos, no hace falta dar nombres, acabaron todos fatal: colgados de vino, de las tragaperras o de la droga. Desequilibrados, mucho en parte, sí, por el saqueo de esos gigantes demiurgos. No hace falta decir nombres pero todos conocemos uno muy popular del Ateneo de Madrid, con el gran ácrata en el centro, y las vísceras tantas y tantas ocasiones sentadas frente a él no siempre del mejor modo. La corte desecha, pura farfolla, algunas perfectas máquinas de haloperidol y psiquiatría, tras el trato con los gigantes ajenos a la clemencia. ¿Les sobrepasó sus exigencias o cruzaron el Rubicón porque no pudieron con el reto?

Para terminar, ¿quién es Diego Medrano?

Un escritor, pienso que divertido, aunque muy asocial estos últimos años, que cree en el brillo de la palabra clásica. El lenguaje encendido, la vida lectora como gran emulsivo para evitar el engaño, con predilección por esa línea que usted citaba del decadentismo, romanticismo, clasicismo, pero siempre, más todavía, por la fiebre del estilo. Ser decadente es sentirte el final de algo, pero el obseso textual ese no muere nunca, siente la vida libresca y literaria como la vida absoluta, sin posible reinserción. Tiene un sentido de lo escrito por encima de lo vital. Estamos habitados por las palabras, apagar ese fuego sería la muerte. El pensamiento es lenguaje, lo sabemos desde Chomsky, pero también la hoguera de la pasión. Cervantes se ríe con un cojo, Quevedo se ríe de un cojo, en Poe se cuenta lo que se oculta, en Chéjov el orden jamás es una casualidad, Baudelaire y Joyce son escritores que leen, Borges es un escritor que escribe… ¡Los clásicos son fascinantes! ¡El clásico no es un libro tras otro, sino una manera de decir, un movimiento, toda una atmósfera!

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