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POR LIBRE

Pedro Sánchez, el hombre nuevo

domingo 09 de junio de 2019, 19:41h

Dicen sus palmeros que Pedro Sánchez es un hombre nuevo. Se refieren quizás al que los científicos más vanguardistas denominan el “superhomo”, el siguiente eslabón en la cadena evolutiva del homo sapiens, que atesora superpoderes, que controla el tiempo y el espacio, que es capaz de leer la mente. La inteligencia artificial alojada en el garboso cuerpo del inquilino de La Moncloa. El dios de la política mundial, el estadista que maneja los hilos del poder universal. El inventor de “la economía del futuro”; no en vano, es doctor en la materia, aunque sea virtual. O por eso.

El candidato a presidente del Gobierno es, pues, un hombre nuevo. Ya no tiene que recorrer España con su Peugeot mendigando apoyos, votos o aplausos. Que para eso tiene 123 escaños. Ahora desprecia a Pablo Iglesias, el muñidor de la moción de censura que lo llevó a La Moncloa. Y pretende hacer responsables a Pablo Casado y a Albert Rivera de tener que gobernar con comunistas y separatistas si no le apoyan en la sesión de investidura. Porque, ya se sabe, que “o gobierna el PSOE o gobierna el PSOE”. En realidad, al hombre nuevo le da igual pactar (o engañar) a unos que a otros mientras mantenga la poltrona. Su poltrona.

Pero Pedro Sánchez, como dijo Pablo Iglesias, tiene que currárselo si quiere ser investido presidente del Gobierno. Ocurre, sin embargo, que el hombre nuevo espera en la puerta de palacio a ver pasar el cadáver del enemigo, antes de salir a la intemperie. El martes ha convocado a palacio a los líderes de los tres principales partidos, que del resto ya se ocuparán Carmen Calvo y compañía. El superhomo no está para perder el tiempo con chiquilicuatres.

Sin tener ese don de leer la mente ajena, es fácil vaticinar que nada esencial se decidirá en las entrevistas del martes. Porque Pedro Sánchez solo quiere ganar tiempo. Espera que culminen los pactos municipales y autonómicos antes de elegir a sus socios de Gobierno. Entonces, escarbará entre los despojos para rescatar a los más magullados y elegir a uno u otro. De hecho, ya está jugando con ellos sin despeinarse (en realidad, nunca se despeina).

Albert Rivera tiene un papelón por delante. Sabe que sus votantes no entenderían que se aliara con el socio de comunistas y golpistas, con el que va a subir los impuestos y deteriorar el crecimiento económico, con el que pretende indultar a los políticos procesados por el 1-O y, por eso, ha elegido para presidir las mesas del Congreso y del Senado a dos separatistas convencidos. Pero el muy petimetre de Rivera no quiere mancharse las manos pactando con Vox. Y en esa llaga hurgará el presidente. El líder de Ciudadanos anda confuso y despistado. Parece difícil, aunque no imposible, que apoye la investidura de Sánchez, y para mantenerse en el centro imaginario amaga con apoyar al PSOE en Castilla y León, en Aragón, en algunas capitales de provincia y se pone farruco con el PP en Madrid. Pretende que Villacís sea la alcaldesa de la capital, porque es consciente de que Martínez-Almeida acapararía el protagonismo en Cibeles por su inteligencia y pico de oro, mientras que Díaz Ayuso no haría demasiada sombra a Aguado. Sabe, sin embargo, que Ciudadanos se despeñaría si deja Madrid en manos de Carmena y Gabilondo.

Con Pablo Casado, Pedro Sánchez repetirá el paripé de su último encuentro a sabiendas de que no le sacará ni un escaño; como mucho, una sonrisa amable. Charlarán del tiempo, del fútbol y de la familia. Y para humillarlo, colgará al fondo del salón un gráfico a todo color de la nueva composición del Hemiciclo. Eso sí, acordarán llegar a pactos de Estado, que en eso están de acuerdo. Solo en decirlo ante los micrófonos, claro.

A Pablo Iglesias sí que le espera el hombre nuevo. El superpoderoso líder del PSOE se ensañará con él, pues en lugar de sufrir el sorpasso de Podemos, el PSOE le ha desvencijado al superarle en 81 escaños. Las tornas han cambiado. Porque ahora Iglesias tendrá que mendigar un hueco en el Consejo de Ministros como tabla de salvación ante el tsunami que ha arrasado al partido morado por su implacable caudillismo. Pero que no equivoque Pedro Sánchez. Porque el líder de Podemos está dispuesto a morir matando. Tiene solo 42 escaños, pero resultan esenciales para sacar adelante la investidura. El resto de los supuestos apoyos o abstenciones se antojan, de momento, inalcanzables.

Solo con el PNV, al que tendría que regalarle Navarra; el partido de Revilla, que quiere 1.000 millones para su trenecito, y los canarios no va a ningún lado. Cuando terminen los pactos municipales y autonómicos, se definan los vetos cruzados y se conformen los gobiernos municipales y autonómicos, Pedro Sánchez comprobará que está como al principio. O gobierna con Podemos y al menos la complacencia de los separatistas o con Ciudadanos. Él se creerá un hombre nuevo. Pero es el de siempre. El que lo único que quiere es amarrar el poder. El que tiene los mismos principios que Groucho Marx. Pero para entonces, llevará medio año más sin gobernar y surcando los cielos en el Falcon. Dicen que el piloto del jet presidencial ha pedido la baja por agotamiento. Tiene pesadillas solo de pensar que le quedan cuatro años volando sin parar de aquí para allá. Y reza para que se repitan las elecciones, lo que, aunque improbable, no hay que descartar.

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