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DESDE ULTRAMAR

80 años del exilio español a México

jueves 20 de junio de 2019, 20:21h

Desde luego que al atracar el Sinaia en Veracruz en junio de 1939, se produjo un hito, pero no fue el inicio de una dolorosa migración esperanzada, supongo, que huía de la Guerra Civil española durante su cruento desarrollo y en los años subsecuentes. El octagésimo aniversario del arribo de este emblemático buque a costas mexicanas es un imperecedero recuerdo del ánimo de resistencia de los unos y de acogimiento de una nación amiga. Los actos conmemorativos han estado presididos por el presidente mexicano López Obrador y la ministra de estado para la España Global, Irene Lozano, quien ha tenido palabras de reconocimiento al país americano, tanto en Ciudad de México, así como en Veracruz. En el año del V centenario de la llegada de Cortés, su gobierno primó esta conmemoración y no la cortesiana y así lo programó desde el año anterior.

Es un hecho emblemático tal migración que ha servido para marcar tan significativo momento y recordarnos lo que muchos olvidan o desconocen: que existió un exilio después de la Guerra Civil española y tuvo muchas aristas, direcciones, rostros e intereses y es preciso recuperarlo, y a ello me avoco fiel a mi mala costumbre de diseccionar los acontecimientos. Como se trata de un episodio cargado de sus avatares y de sus mitos, acudimos advertidos. Escribir del exilio español a México sin haber pertenecido a él ni proceder de tal, merece advertirse al lector. Me granjea la objetividad.

Y con ella digo: en 2002 durante mi estancia en la Universidad Internacional de Andalucía, un apreciable profesor español nos contaba de un colega quien decía que México no fue tan solidario y desinteresado. Que escogió a quiénes recibir. Bien. Yo supongo que era el derecho de un país soberano, pero habrá que decírselo a los miles, 25 mil españoles, que no encontraron otro país a dónde dirigirse, pues les cerraron las puertas; incluso Cuba puso remilgos, y, como alternativa, o eran los campos de concentración franceses en la misma Francia o en Argelia –como los denunciaron los propios exiliados– o mejor, pasar a la URSS. Siempre pienso en un malagueño, por citar un caso imaginario. Pasar del espléndido verano de hasta casi 50 grados al invierno ruso…qué duro debió de ser o siquiera, la expectativa. Y México…tan lejano al otro lado del océano, donde rehicieron sus vidas en libertad.…

No vengamos con mezquindades o ninguneos. Conviene, pues, recordar la intervención incasable en pro de auxiliar al mayor número de españoles evadidos efectuada por diplomáticos mexicanos como Gilberto Bosques (1892-1995) con el apoyo de Lázaro Cárdenas, facilitando su traslado a México. En Marsella se ha erigido un monumento a su insigne memoria. Fue gente diversa y es posible que sin tiempo para ser escogida. Llegó de todo a México: de panaderos a químicos. Los esbirros franquistas ni consiguieron repatriar niños, como lo intentaron, y se toparon con la nacionalidad mexicana otorgada a los refugiados luego de desconocerles España la propia. Ya sabemos que México albergó al gobierno de la República en el exilio hasta 1977, impidiendo así restablecer relaciones diplomáticas y aunque este gobierno a la postre fuera apartado de las decisiones importantes en el momento clave de la Transición por lo que toca al exilio, más cocinada en París que en México.

En México aquellos contingentes casaron, escribieron y leyeron lo que les dio la gana, porque gracias a la Revolución Mexicana a México vino de todo, las ideas, y todo se publicó y se leyó. Los intelectuales del exilio aportaron su renovada vitalidad a las artes y a las ciencias ya asentadas en México y abrieron caminos como al teatro clásico y la filosofía, fundando academias y ateneos y participando de todos los órdenes de la vida nacional mexicana, insertándose en ella. Y siempre tuvieron en alto a España, que no a Franco, que no son lo mismo.

A mí, que por edad y por origen, el exilio español me es ajeno, solo puedo referirme a los exiliados españoles al azar. Por los que vi y supe que lo fueron. Disciplinados, vociferantes comparándolos con el habla mexicana, parcos a veces. Y el exilio no paró en los llegados. Fructificó. Sus hijos y nietos han destacado en todos los rubros: abogados, locutores, actores, cantantes, gente relevante a la que suele no gustarle Franco e idealiza la II República. Gente a la que si le escarbas, tiene abuelos españoles exiliados. Suelen destacarse por gustarles España sin reparos. Todo cuánto venga de ella. Completita. Ya le conté antes que uno hasta me dijo que Pablo Iglesias es carismático. Yo frente a España y lo español soy más selectivo, no se lo negaré. No me mire feo: le compro la riqueza de la Biblioteca Nacional de España, un rebujito o buenos amigos españoles, pero no paso por el Master Chef ni Mónica Naranjo. ¿Pablo Iglesias? No, gracias. ¿Qué quiere qué le diga?

No puede omitirse decir que han preservado la memoria. Empero, a menudo se escucha desde España que los ideales de este exilio quedaron atrás, allá. Es muy probable, pero no menos cierto es que es palpable que hoy escasean estudios sobre el exilio español del siglo XX, tan dramático, tan causado por esa catástrofe que fue la Guerra Civil española. En ese no recordar por no estudiar yace cierta desmemoria que, conjeturo, no es que se trate de machacarlo, pero acaso sí de justipreciarlo. Recuerdo las palabras que un archivero de Ayamonte quien me dijo en 2005: “Franco bien que sabía lo que era la fuga de cerebros. Lo tenía claro el dictador. A España le ha tomado casi un siglo recuperar la sangría intelectual que dejó aquella guerra”. ¡La de talento que escapó de ella!! Solo por eso merecería rastrearse mejor este exilio y contarse más detalladamente.

No menos cierto fue que en México los llamados viejos residentes –aquellos españoles que llegaron antes de la Guerra y por diversas causas– consideraban a los refugiados como los causantes de la hecatombe de España. No digo que fueran franquistas per se, pero no los consideraban tan inocentes ni tan víctimas. Me gusta la caricatura de Abel Quezada: el español de puro y boina golpeando en la mesa con un dedo índice achatado ya cual meñique, diciendo “este año sí cae Franco…”. Así fue la espera. Algunos transterrados (José Gaos dixit) regresaron a España en tiempos de Franco, pero con pasaporte mexicano en mano por si las dudas de que fueran represaliados. Es verdad que españoles que llegaron en las décadas siguientes no los consideraría ya parte de tal exilio de los años 37-44. Contó tal exilio y en su conjunto, con la generosidad negociada de los que se quedaron en España, permitiendo su regreso y procurando nunca romper contacto. No todos los pueblos han tenido tal altura de miras y el español, sí.

Cierro con una anécdota que ilustra el papel de México en este asunto. Lo reproduce la Wiki, sí. Azaña ha muerto en Francia reclamado por Franco y aquella va dispuesta a entregárselo. Se presentan sus esbirros.El entierro tuvo lugar el día 5. Sus restos fueron depositados en el cementerio de Montauban (Trapeze Q, Section 7). La elección de la lápida del presidente republicano fue dispuesta por su esposa: "una simple lápida de piedra con dos cipreses a la cabecera, y en la piedra una cruz de bronce sobre la inscripción: Manuel Azaña, 1880-1940". El mariscal Pétain prohibió que se le enterrara con honores de Jefe de Estado: solo accedió a que fuera cubierto su féretro con la bandera española, a condición de que esta fuera la bicolor rojigualda tradicional y de ninguna manera la bandera republicana tricolor. El embajador de México (Luis I. Rodríguez) decidió entonces que fuera enterrado cubierto con la bandera mexicana. Según explica en sus memorias, Rodríguez le dijo al prefecto francés: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección.Dicho esto por dejarse mangonear en su propio país por franquistas y alemanes, apunto yo. No cabe duda, hay Historia.

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