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AL PASO

Todavía la vieja cuestión de la soberanía

martes 25 de junio de 2019, 20:12h

La pasada semana fui invitado en mi Facultad a una sesión de seminario impartida por Dieter Grimm, a quien acompañaría en su comparecencia como contraponente el profesor y querido colega Pedro Cruz. Dieter Grimm es un respetado profesor de derecho constitucional alemán, cuya obra yo había utilizado precisamente para afirmar la vigencia de la idea de Constitución del maestro García Pelayo, que, aunque formulada en los años cincuenta del pasado siglo, podía resistir su contraste con la de quien podía presentarse como el máximo valedor de la moderna teoría del Derecho constitucional, incluso con ventaja para el profesor español que acertaba a enfocar la significación constitutiva de la Norma Fundamental a las decisiones imprescindibles del orden político. Solo así, la regulación constitucional puede ser exhaustiva, de manera que no caben titulares del poder público extraconstitucionales ni modos no constitucionales de ejercerlo.

La sesión era convocada para tratar de la soberanía en la actualidad. Un concepto tan devaluado como imprescindible, pues a la vez que es reclamada de continuo, se trate de su ejercicio o de su reconocimiento, cada vez resulta más cuestionada, sea por su equivocidad o su manipulabilidad. Cierto que hoy nadie sostendría la idea de la soberanía de Bodino, que surge en un contexto de debilidad del Estado, el de las luchas religiosas en Francia en el siglo XVI, y que es incomprensible sin el monarca. Pero la idea de la soberanía como poder inoponible pasa al Estado constitucional, con dos interesantes matizaciones : el monarca deja de ser el soberano y la limitación de su ejercicio solo alcanza a su aspecto formal, pues ha de ejercerse de acuerdo con el principio de separación de poderes, propio del Estado de derecho. Efectivamente la idea de soberanía no desaparece ni sufre una disminución en su capacidad : solo que no puede manifestarse fuera de sus cauces procedimentales, fijados en la propia Constitución.

Quien impondrá límites a la soberanía del Estado serán los demás Estados, operantes en el orden internacional. La responsabilidad internacional adquirirá una gran trascendencia a medida que la Organización de Naciones Unidas determine normativamente las obligaciones estatales y establezca instancias ante las que llevar a los Estados que vulneren el orden internacional, por lo menos en relación con los Estados infractores que no pueden impedir la actuación de Naciones Unidas, esto es, que no pertenezcan a los Estados con veto en el Consejo de Seguridad.

Los problemas se presentan en relación con la Unión Europea como organización internacional sui géneris, en la medida que se trata de una estructura establecida para cumplir tareas que rebasan el propósito singular de las demás organizaciones internacionales, implicando una colaboración especial de los ciudadanos, cuya contribución, al par que la de los Estados, reconoce el Tratado de la Unión (y mejor antes, el proyecto de Constitución europea, según ha destacado Habermas). Los mandatos de la Unión obligan directamente a los ciudadanos, como derecho inmediatamente vinculante y además con supremacía respecto de los ordenes jurídicos nacionales.

En el orden político europeo, ¿tiene sentido hablar de la soberanía como nota de los poderes públicos, se trate de los Estados o de la Unión? Desde luego la Unión no es soberana, pues no posee un poder originario, sino atribuido por sus componentes, en relación sólo con determinadas áreas de actuación, esto es, sus competencias, entendidas además de modo finalista. La Unión no puede contemplar sino una sujeción consentida, de modo que los Estados miembros pueden abandonarla. Tampoco dispone de un derecho de autodeterminación constituyente, pues la iniciativa a este respecto y la decisión final sobre la misma corresponde a sus miembros, cuya intervención en la modificación del Tratado tiene lugar de acuerdo con los procedimientos establecidos en los ordenamientos nacionales.

Por tanto la soberanía continúa en los Estados. En el plano de la legitimación esto es claro, ya que solo los Estados garantizan una vida política democrática, con una plenitud que no tiene parangón en la Unión, cuyos déficits de participación ciudadana son tan difíciles de ocultar como de suprimir. Sin embargo la soberanía de los Estados debe aceptar dos importantes modulaciones: aunque los poderes de la Unión no se basen en una calidad superior de la organización europea frente a los Estados, y aunque carezcan de legitimación para obligar a los Estados a cumplir sus decisiones recurriendo al uso de la fuerza, lo cierto es que los Estados, claramente después de la admisión de decisiones en los órganos comunitarios según el procedimiento mayoritario, deben obedecer los mandatos de la Unión frente a su voluntad. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que aunque no se vea afectada la decisión constituyente de los Estados, y estos siempre dispongan de la facultad de irse, la historia de la Union es la de una progresiva pauperización de sus miembros frente a las exigencias de una integración común, cada vez más perfecta. La continua transmisión de poderes a la Union (López Castillo), justificada sin vacilar por su Tribunal, de centripetismo doctrinal indudable, que en la sesión corroboró el profesor Cruz, adquirirá un significado finalmente cualitativo, produciendo tal vez una mutación constitucional inevitable.

Por tanto, si bien la soberanía ya no es lo que era, quizás el concepto sigue siendo necesario para comprender la estatalidad como forma política aun hoy imprescindible. La propia Unión considera que el reducto de la identidad nacional es inviolable y aunque hablemos de soberanía cualificada, debilitada o nuda (Marian Ahumada), se trata de una categoría a la que se aferran los Estados existentes o que desean para sí, un tanto contradictoriamente, los reclamantes territoriales de un status constitucional privativo. Por tanto la soberanía, como el Estado, aun no se ha extinguido ni piensa ir a parar, contra el pronóstico de Engels, “al museo de antigüedades, junto con el hacha de piedra y la rueca de hilar”.

Como no siempre sucede, la discusión académica de estas importantes, aunque algo abstrusas, cuestiones, se desenvolvió en un tono sumamente distendido y grato. El viejo profesor Grimm es una persona jovial, capaz de trasmitir su sabiduría con las ganas de persuasión propias de un novel docente. Un verdadero gusto.

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