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DESDE ULTRAMAR

28 de junio / 1919-2019: Centenario del Tratado de Versalles

jueves 27 de junio de 2019, 20:14h

Se cumple este 28 de junio de 2019 el centenario del leonino Tratado de Versalles. Un extraordinario ejemplo de abuso entre las potencias, un magnífico prototipo de lo que no debe de hacerse al imponerse, tal cual, la paz, por muy desgarradora y calamitosa que fuera una guerra. En mucho fue peor el remedio que la enfermedad. La Segunda Guerra Mundial avala mis palabras.

En efecto, tiene tantos asegunes el ejemplar y por ello marcamos su aniversario. Recordemos que el armisticio del 11 de noviembre de 1918 impuso un cese al fuego en la Gran Guerra, que ya en enero de 1919 condujo a los diplomáticos a París a redefinir el mundo, efectuando un nuevo reparto en pro de los vencedores, que no se ahorraron ni una humillación en el momento de la victoria ni midieron su avaricia ni ocultaron su codicia, acrecentando así los desaciertos de una paz errada. Tampoco midieron o es que soslayaron en su caso, las consecuencias.

La “Subasta de París”, eso fue y parecía eso, tal conferencia de paz y así la referían sarcásticamente sus coetáneos con semejante mote. Al caduco Imperio alemán le cargarían todas las pulgas y eso que la Guerra no la inició, aunque haya instado a Austria-Hungría a declarársela a Serbia por la muerte del heredero Francisco Fernando, cuyo aniversario luctuoso, el 28 de junio –que le arruinó a todos el veranillo del año 14 fue escogido premeditadamente como la insigne jornada para firmarse este instrumento internacional y desde luego, con la inocultable saña bien calculada de que fuera en las condiciones más humillantes: en la portentosa Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, aquel que lleva inscrito en su frontispicio: “A todas las glorias de Francia” y una más a sumar: la humillación de Alemania, lavando la felonía del recuerdo de la derrota del 71.

Aquel prodigioso espacio palaciego atestado, que vio entrar a los dos firmantes alemanes del más bajo rango sin ofrecérseles de entrada ni una silla, así fuera la más cutre, para que estamparan una firma que doblegaba a su país hasta lo indecible, acudían al escenario donde ahora matándolo, nació el II Imperio alemán producto de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana y en donde Bismarck, el “Canciller de Hierro”, proclamó el II Reich, el de Guillermo I a quien elevó al rango de emperador. Ya se sabe que en Europa nada es poquito y nadie quiere ser menos.

Un tratado que consta de 440 artículos más sus anexos, que invoca altos valores, culpa descabelladamente a Alemania de la conflagración (art. 231), le cobra hasta la risa desmembrando su territorio, oficializando lo que la armas ya habían definido: perder sus escasas y arduamente conseguidas colonias en África, Asia y Oceanía, donde pervivieron los nombres germanos en su geografía, como Caprivi o Bismarck –arrebatamiento que incluyó las Carolinas y las Marianas pasando a manos japonesas, que había adquirido de los retazos del 98 español en 1899, ante una España sin flota para defenderlas– y el ingente y ominosas pago de las reparaciones de guerra que tardaron 92 años en liquidar. La reducción a 100 mil de su ejército cuando su vecina Francia tendría 500 mil y así. Perder Pomerania y Prusia Occidental para ayudar a conformar Polonia, fue la mutilación que colmó el vaso.

Sobre tal cercenamiento territorial aludamos las palabras de Lord Curzon, el exvirrey de la India, señalando el mapa: “he ahí la semilla de la próxima guerra”. Cuando veinte años después Hitler exigió sin más a Polonia la entrega de esa salida al mar que dividía Alemania, el Corredor polaco, negándose Varsovia, se produjo la sonada invasión que tiró al suelo aquella pomposa e hipócrita frase engolada, repetida una y mil veces en la “Subasta de París”: “La Gran Guerra sería la guerra que terminaría con todas las guerras”. Pues va a ser que no. El de Versalles fue ignominioso y no porque los alemanes hayan sido maravillosos en el campo de batalla. Fue extralimitación y en toda regla. Pocos tratados internacionales pueden recordarse con semejantes disposiciones. Es pues, una advertencia de lo que no puede permitirse en diplomacia. Y los comparecientes defendían sus propios intereses simulando ser más civilizados, encubriendo su alevosa canallada. Y claro, una cosa era haber sido aliados los victoriosos y otra era ya repartirse el fruto de este saqueo con rapacidad depredadora.

Así como Rusia soltó lo que se quiso en Brest-Litovsk, abandonando a Gran Bretaña y Francia, endeudadas hasta las cejas con Estados Unidos, Alemania ahora ni eso ya ganado, lo conservó. La segundona potencia americana iba a pepenar lo que se pudiera, chocando con los intereses británicos que olfateaban su ascenso y estaban a la defensiva. En esa lid, los cacareados 14 puntos de Wilson pasaron a segundo plano, porque el premier británico los desestimó para recordarle a Wilson quién seguía mandando y el poco eco que tuvieron en su día; quedando así más como lo que son: una anécdota sin gran importancia, sobrevalorados innecesariamente ahora. Japón obtuvo raja apropiándose del botín alemán del Extremo Oriente a despecho de los chinos, que, como los portugueses, prácticamente nada sacaron de esa rebatinga. Casi como los italianos, que recibieron migajas de las grandes potencias vencedoras, Gran Bretaña y Francia, que los desestimaron y regatearon la victoria, sembrando la disconformidad facista. Los Imperios centrales mordieron el polvo. En tratados posteriores, que se ramificaron de alguna manera de lo efectuado en Versalles, se desintegraron, incluido su triste aliado el Imperio otomano, sepultado en el Tratado de Sèvres de 1920.

Quizá de los escasos puntos positivos del texto lo sea la creación de la Sociedad o Liga de las Naciones, el primer organismo permanente para que las naciones dialogasen sus diferencias. Con una agenda muy reducida: mantener la paz. Otra que se fue al garete al estallar la Segunda Guerra Mundial. Suiza se prestó a ser su sede, neutral como había sido en la Gran Guerra. No levantaba sospechas. Y a Suiza concurrieron los representantes de un gran numero de países a fundarla en 1920.

La Paz de Versalles de 1919 definió el curso del siglo XX y delineó insatisfactoriamente las nuevas fronteras de Europa. El mapa resultante de la I Guerra Mundial no se confeccionó completamente allí. Procesos como el irlandés, el báltico se aunaron conformando nuevos nombres diferenciándose aquella nueva carta de la de 1914, y todavía durante la siguiente década debieron efectuarse plebiscitos para concretar sus mandatos, como sucedió con Schleswig-Holstein y Dinamarca. ¡Qué complejo fue materializar esa paz “firme, justa y durable” así mencionada en el documento en comento!

Así pues, rememorar aquellos días veraniegos de 1919 es recordarnos que la paz siempre pende de un hilo. Aparece en la agenda de las potencias cuando y hasta cuando lo consideran acorde a sus intereses al entrar en juego. Versalles 1919, fue un craso error diplomático en todos sus términos y dicho esto no a toro pasado, sino advertido desde sus contemporáneos. Versalles fue la bandera que enarboló el nazismo para legitimarse y la pepita embrión de la siguiente contienda que casi asesina a Europa. Es una paz tan gris como las fotografías de su época testimoniando a los vencedores ufanándose luego de rubricarla. Por todo esto no sorprende que Hitler denunciara el tratado, cancelándolo de forma unilateral el 16 de marzo de 1935.

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