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TRIBUNA

Un País Multicolor

jueves 04 de julio de 2019, 19:57h

Como era de esperar y quedó aquí consignado el Sr. Sánchez gobernará en solitario, inclinándose, según convenga, a uno u otro lado. El CIS favorece esa conclusión anunciando una mayoría absoluta del PSOE para el caso de que hubiera que ir a nuevas elecciones. No es fácil estimar el valor performativo de sus encuestas, es decir, no sabemos hasta qué punto sus profecías se realizan por su misma enunciación. Sea como fuere, hay que estimarlas en lo que valen, evitando el menosprecio al que muchos las sometieron en las pasadas elecciones. Fueron bastante ajustadas a los resultados efectivos, sea porque describieron la realidad, sea porque la construyeron.

Sánchez se muestra sonriente, con una sonrisa impostada y casi dolorida. No es una risa franca y cordial, sino aprendida y forzada, incluso ahora que su valor como estratega en el juego de partidos está siendo acreditado. Pero desde hace siglos – desde la emergencia de la Razón de Estado – en el ejercicio de la política la norma es la desconfianza, de modo que el crédito que el presidente está logrando resulta paradójico porque significa, precisamente, que Sánchez no es de fiar. Lo dice su rostro; sonriente incluso cuando Donald Trump le manda sentar. Son conocidas las maneras bastas y elementales del gran jefe yankee a las que Sánchez responde yéndose a sentar, con torcida sonrisa: ¿signo de un carácter servil a la vez que soberbio, signo de un orgullo cobarde o elemental prudencia? Ahora el ministro Borrell será alto comisionado para la política exterior de la Unión Europea. Justamente en el momento en que la política exterior de la Unión Europea manifiesta del modo más evidente su inexistencia. El título, sonoro pero vacío, responde bien a la política del presidente Sánchez.

En el terreno de la política interior del Reino, el gobierno de Sánchez no ha dejado de dar cuerda al separatismo. Le era imprescindible, porque el apoyo del secesionismo le permitió acceder a la presidencia y, desde ahí, medir la circunstancia propicia para celebrar elecciones. En éstas su posición se ha fortalecido lo suficiente como para tratar de vadear la corriente contraria sin el apoyo constante de Podemos… ni de Ciudadanos. El funambulista de La Moncloa parece programar, en estas condiciones, una profunda transformación de la estructura política de España. Transformación en la que se arriesga su realidad misma y no sólo la forma monárquica o republicana del Estado. La federalización de España, que parte de su unidad en la forma de Monarquía parlamentaria, supone la previa división de lo unido para que sus partes procedan luego a constituirse en federación. En el proceso se arriesgará la frágil unidad del país, con la división en entidades “nacionales” fragmentarias. Siempre contando con la pretensión de trascender esa partición en una especie de re-unificación federal en la cual las naciones (étnicas) habrían encontrado finalmente su forma adecuada, su último acomodo, su lugar.

Esto es, a mi humilde juicio, alimentar el incendio que estalló, finalmente, en la ejecución del referéndum del primero de octubre de 2017. No será fácilmente asimilable ese proceso como no lo ha sido, para aquellos que tienen memoria de los últimos cuarenta o cincuenta años, que un condenado, dicen que redimido, afirme su derecho a matar. Lamentando haber matado más personas de las que tenía derecho a matar. Y lo afirme en horario de máxima audiencia en la televisión pública española. Es evidente que la forma política de España está en crisis de transformación, como lo está la misma sociedad española.

En efecto, esta metamorfosis política – cuyo monitor disfruta de tan ambigua sonrisa – se produce en estrecha conjugación con una transformación socio-cultural sin parangón de la sociedad. Bajo las viejas consignas de igualdad y libertad, se está logrando la más extremada atomización, según los principios de una antropología ultraliberal perfectamente visible bajo banderas multicolores. Se realiza así, ante nuestros ojos, la afirmación, asimismo performativa, de M. H. Thatcher: la sociedad no existe. En su lugar existe únicamente una masa atomizada de individuos “homogéneos y solitarios” (otros prefieren decir “libres e iguales”). En esas condiciones poco importa que la unidad administrativa – absolutamente actual y desconectada de sus fuentes históricas – que gestiona al colectivo se llame España, Unión ibérica, o simplemente Un País Multicolor.

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