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Diario

Carlos Morla Lynch: Diarios españoles. Volumen I, 1928-1936

domingo 07 de julio de 2019, 17:31h
Carlos Morla Lynch: Diarios españoles. Volumen I, 1928-1936

Renacimiento. Sevilla, 2019. 906 páginas. 29,90 €

Por Inmaculada Lergo Martín

El diplomático e intelectual Carlos Morla Lynch (Santiago de Chile, 1885-Madrid, 1969) llegó a España en noviembre de 1928. Se afincó en Madrid para cubrir el puesto de Primer Secretario de la Embajada de Chile. Venía de París, donde había sido Encargado de Negocios de la Embajada chilena desde finales de 1921. Allí había trabado amistad con los escritores y artistas más acreditados del momento como el cineasta Jean Cocteau, el escritor Blaise Cendrars, pintores como Juan Gris, músicos como Stravinsky y otros muchos. Él y su mujer acababan de recibir un duro golpe al perder a su hija Colomba, que era entonces una niña de 12 años.

Desde muy niño, Carlos Morla tenía la costumbre de llevar un diario, que siguió escribiendo de forma continuada durante toda su vida. De los numerosos cuadernos que lo conforman, se ha editado solo una parte: el volumen titulado El año del centenario, publicado en Chile en 1921-22; y En España con Federico García Lorca y España sufre, publicados ambos por la editorial Renacimiento en 2008, que recogen los años pasados como diplomático en nuestro país. El primero, que no es estrictamente el diario completo sino parte de él, surgió a petición de sus amigos y como homenaje a García Lorca, se publicó originariamente en 1957, en la editorial Aguilar, y la nueva edición moderna añadía algunas elisiones interesantes. Ahora, bajo el título de Diarios españoles, se reunirán, en dos volúmenes, ambos títulos más los Informes diplomáticos (Renacimiento, 2010), de lectura necesaria para comprender la situación de Morla Lynch al finalizar la Guerra Civil y su traslado forzoso a Berlín. Se ofrecen los textos completos -aunque el corte en este primer volumen se hace con el cierre de 1936, mientras que en la edición de 2008 se hacía con la noticia de la muerte de Lorca el 18 de septiembre-, en edición en rústica -los anteriores eran en tapa dura-, sin el álbum fotográfico y documentos facsimilares de los apéndices y sin las respectivas introducciones de Sergio Macías Brevis y Andrés Trapiello.

En 1928, Federico García Lorca acababa de publicar Romancero gitano; a su llegada a Madrid, Morla lo leyó y le impresionó tan hondamente que sintió la necesidad de conocer a su autor. De ahí surgió una amistad y hermandad únicas. Compartieron creaciones, proyectos -era en casa de los Morla donde el poeta granadino leía sus obras antes de editarlas o estrenarlas en el teatro-, y la pasión por la música -Morla compuso partituras para poemas de García Lorca, Alberti, Altolaguirre, Gerardo Diego, Salinas o Juan Ramón Jiménez, entre otros-. Su casa fue muy pronto lugar de encuentro de creadores, intelectuales y artistas de todo tipo y condición, de uno y otro lado del Atlántico, con muchos de los cuales trabaría una estrecha amistad: poetas, pensadores, escritores, pintores, músicos y compositores, cantantes y artistas de moda, científicos, arquitectos de fama, bailarines, diseñadores, escenógrafos, toreros de moda, diplomáticos, políticos -como Julián Besteiro, presidente de las Cortes, o el presidente de la República Manuel Azaña-, etc., etc. Todos estos encuentros quedaron registrados en sus diarios, a través de los cuales podemos asistir no a lo público y más conocido de la Generación del 27 y sus coetáneos, sino a la tramoya, a la trastienda, a los momentos relajados, que son también el ser de esta generación y de esos años alegres y vitalistas. Es un relato directo y cercano, escrito con la familiaridad, frescura y sinceridad propias de unas páginas íntimas, pero con una calidad literaria de rango superior; lo que lo convierte en un testimonio excepcional, único e inestimable.

Sorprende ver la ligereza con que en algunos momentos se habla de él, como lo hace el autor del reciente artículo aparecido en La Razón, que claramente no conoce ni ha leído sus diarios -hay errores tan palpables como decir que fue embajador-, por lo que deduzco que lo conoce por referencias de terceros, en algunos casos bastante sesgadas e inexactas, como cuando se habla de su inclinación política, que, contrariamente a lo que se ha dicho -quizá basándose en el acto puramente humanitario de haber acogido en la Embajada y salvado la vida a más de dos mil refugiados durante los años de la Guerra Civil-, no era afín al bando franquista sino a la República, con la que se sentía más identificado; también desconfió de Hitler en unos años en que no todos lo hacían y, ya en Berlín, se escandalizaba de lo que estaba pasando a su alrededor, mientras realizaba, como diplomático y extranjero, su trabajo profesional, honrada y honestamente. Se afirma también que la tertulia tenía lugar porque formaba parte de la «masonería gay», sin conocer que, mucho antes, la madre de Carlos Morla, mujer cultísima, mantuvo una tertulia en la que igualmente reunió a todo tipo de artistas, escritores e intelectuales. Por otra parte, me pregunto: ¿de verdad importa a alguien hoy en día determinar la inclinación sexual de unos y otros? ¿Empequeñece o engrandece la obra de García Lorca, Cernuda, Aleixandre u otros muchos su condición de homosexuales? ¿No somos capaces de valorar y encomiar sin más la labor de personas que han destacado sobre los demás y nos han dejado un valioso legado cultural? Me vienen a la memoria los versos de Juan Ramón Jiménez: «Lo querían matar / los iguales / porque era distinto…».

Considero, por el contrario, que la deuda que este país tiene con Carlos Morla Lynch está aún pendiente. Su amor por España, y su admiración por lo que consideraba «nobleza e hidalguías» innatas al pueblo español, hizo que tras sucesivos traslados a Berlín, Suiza, Suecia, Holanda y finalmente a París como embajador, en el momento de su jubilación, en 1964, volviera a Madrid, donde deseaba vivir y vivió durante cinco años hasta su muerte; y donde está enterrado. Esta nueva edición, y las anteriores, están paliando en algo este olvido y sería del todo punto deseable, en honor a su memoria y como el instrumento más útil para reparar la injusticia histórica cometida contra él, que se completase la edición del resto de los diarios hasta su muerte.

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