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ORIENT EXPRESS

Las máscaras del antisemitismo

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 07 de julio de 2019, 19:37h

Esta semana se ha publicado en Viena el informe “Jóvenes judíos europeos: percepciones y experiencias de antisemitismo”, que ha elaborado la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Parte de los datos de la segunda encuesta sobre discriminación y delitos de odio contra los judíos en la UE, que se elaboró en 2018 en Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Hungría, Italia, los Países Bajos, Polonia, España, Suecia y el Reino Unido, y cuyas conclusiones se publicaron en diciembre del año pasado.

El Estudio se refiere a jóvenes de entre 16 y 34 años y sus cifras son muy preocupantes. Un 44% de los encuestados jóvenes refiere haber vivido experiencias de acoso antisemita y un 41% sostiene que ha pensado en la emigración porque no se siente seguro en su país. Un 80% de los jóvenes encuestados cree que el antisemitismo es un problema en su país y que ha aumentado en los últimos cinco años. Sólo un 48% de los encuestados se siente protegido por su gobierno de forma adecuada. Un 17% considera que no se está combatiendo efectivamente el antisemitismo.

El informe señala las tres tendencias que concurren en el antisemitismo que sufren los judíos en Europa: la extrema derecha, la extrema izquierda y el terrorismo islamista (el informe utiliza este término en su página 7). Este último está detrás de todos los atentados con víctimas mortales contra objetivos judíos en el continente; por ejemplo, la escuela judía de Toulouse en 2012 y el supermercado kosher en París en 2015. También ha habido atentados así en Bruselas y en Copenhague.

Por supuesto, junto a la actividad terrorista islamista, hay que señalar los casos de incitación al odio, la hostilidad, la discriminación o la violencia, las profanaciones de cementerios, los daños contra edificios comunitarios y colegios judíos, etc. Por desgracia, la sombra del Holocausto sigue cerniéndose sobre Europa y a las tradicionales tendencias del antisemitismo de nuestro continente se ha sumado la más reciente que brota de las organizaciones terroristas y yihadistas.

En Europa, hablar mal de Israel y de los judíos sigue dando cierto prestigio en círculos pretendidamente progresistas. Por supuesto, el temor a la crítica lleva a la introducción de matices pretendidamente precisos, pero, en realidad, simplemente engañosos. Sucede con la advertencia de que uno no es “antisemita” sino “antisionista” o de la constante equiparación entre el III Reich y el Estado de Israel. En Francia, el showman Dieudonne M´Bala M´Bala ha revivido el humor antisemita que fue tan popular a comienzos del siglo XX. En España, el movimiento antisemita BDS, que promueve el boicot, las sanciones y las desinversiones contra Israel, ha sufrido sucesivas derrotas judiciales, pero goza de popularidad en formaciones políticas y círculos de izquierda. Entre los separatistas catalanes, goza de gran apoyo. Por ejemplo, la CUP fue quien lideró en el ayuntamiento de Molins de Rei el boicot contra la selección israelí de waterpolo en noviembre de 2018. La influencia de la República Islámica de Irán, que ha convocado dos concursos de viñetas negacionistas del Holocausto, no ha hecho sino crecer en España en los últimos diez años.

En todo el mundo, el antisemitismo se está envolviendo en la bandera de la lucha por los derechos humanos y el progresismo. La penetración del discurso antisemita en las posiciones políticas de Jeremy Corbin, su infiltración en ciertos sectores del movimiento de los “chalecos amarillos” y el ascenso de figuras políticas como Ilhan Omar en los Estados Unidos son síntomas de una mutación del antisemitismo que deben alertarnos.

En España, el negacionismo del Holocausto, por ejemplo, genera una legítima oleada de condenas y de rechazo, pero no sucede lo mismo con la calculada ambigüedad respecto de los atentados terroristas cometidos contra judíos en Europa y fuera de ella. En este último caso, la pretendida condena suele ir precedida o acompañada de advertencias y salvaguardas; ya saben, cosas del tipo “sin-que-esto-signifique-justificar-lo-que-hace-Israel”. En 2017, una feria literaria financiada por el Ayuntamiento de Barcelona invitó a la Ciudad Condal a la dirigente del Frente Popular para la Libertad de Palestina Leila Khaled. El uso reiterado del eufemismo “terrorismo internacional” para ocultar el rostro del DAESH, Al Qaeda o cualquier otra organización yihadista desenmascara bien a las claras el temor del hablante. Parece que llamar a las cosas por su nombre se está convirtiendo en un deporte de riesgo.

Mientras tanto, el antisemitismo de la extrema derecha, el de la extrema izquierda y el de las organizaciones islamistas y yihadistas encuentra un campo común de actuación en el odio a Israel, a los israelíes y a los judíos que no guarden silencio o no manifiesten su condena del Estado judío democrático. Recuerden el caso de Matisyahu en el festival Rototom de 2015. Desde los nazis y neonazis hasta los separatistas catalanes y vascos, el odio a Israel -la máscara que emplea ahora el odio a los judíos tal como lo describió Pierre-André Taguieff en “La nueva judeofobia- es transversal y creciente.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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