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TRIBUNA

Federalistas en Vitoria

martes 09 de julio de 2019, 20:00h

Les he dicho a los oyentes a los que hablo que Vitoria precisamente es un buen lugar para reflexionar sobre el objeto de mi conferencia, esto es, las relaciones entre federalismo y nacionalismo, y aun diría más sobre la problemática general de la forma territorial del Estado español cuyo análisis es el propósito del curso que ha organizado en el Instituto Valentín Foronda, Txema Portillo. Comento a mi audiencia que yo nací a solo cuarenta kilómetros de Vitoria y que mi convencido foralismo arranca precisamente de la impresión de las ventajas de este sistema que se patentizaban cuando entrabas en Álava por carretera desde la Rioja de Logroño: no había color en las rutas. La aceptación del régimen foral en el País Vasco tenía sin duda, mas allá del esfuerzo sin descanso de unos propagandistas entusiastas, que precisamente en Álava podía representar la Biblioteca de don Fermín Herrán, un sustrato de utilidad que ningún sistema constitucional podría ignorar. El autor de una Constitución no puede actuar como si la Constitución fuese solo obra de la pluma(esto es lo que habría querido decir Paine cuando hablaba de las Constituciones que cabían en el bolsillo). Y el intérprete no puede eludir la necesidad, y no solo conveniencia, de tomar en cuenta los deseos y necesidades del constituyente, que ha de encontrar y no solo imaginar, comportándose así también modestamente (Beyer). La Constitución es norma para la realidad política, que debe atenerse a los propósitos de la Ley Fundamental. Pero su éxito, su plena normatividad, depende también de su congruencia con la realidad política, en este caso, la especificidad foral.

Álava, lo he dicho tantas veces, es la garantía de la estabilidad o moderación del sistema político vasco, cuyo federalismo interno es el guardián de su pluralismo. Esto no debía nuca ser ignorado y ello también es lo que explica mi acendrado provincialismo, abonado por razones de eficiencia, que pone en cuestión todo centralismo, también, por tanto el autonómico, pero sobre todo por la profunda significación constitucional de la autonomía provincial, nos coloquemos en el régimen común o en el caso específico de los territorios forales.

No tiene sentido reiterar mis tesis esenciales sobre las relaciones entre nacionalismo y federalismo, que paradójicamente no son fáciles, lo cual no deja de sorprender, pues en principio habría de suponerse afinidad entre las dos categorías. Después de todo el federalismo es una forma política territorialmente determinada, y el nacionalismo, cabría pensar, preferirá a un sistema que asuma la descentralización y el autogobierno. Querría, con todo, dar dos o tres puntadas sobre mi intervención: dos laterales, si podemos hablar así, y una central. Todavía es frecuente referirse a Ortega, exclusivamente como portador de una visión castellanista de la formación de nuestra nación, visión desechada por su centralismo y su ignorancia del pluralismo constitutivo patrio (España invertebrada). Propongo añadir a esta visión la que Ortega suministró en La redención de las provincias y en sus discursos en la Constituyente o sobre el Estatuto catalán. Lo que sale de ahí es una lúcida justificación no identitaria (frente a Azaña) de la descentralización, formulada por alguien que está al día de la teoría constitucional del federalismo (Ortega en efecto cita a Kelsen) y que asume una idea moderna de las posibilidades del federalismo para España, esto es, democratización y ventajas del autogobierno, estimulando las energías de la vida local.

Su misma fórmula para el problema catalán, esto es la conllevanza, debe ser reconsiderada. No expresa, como generalmente se interpreta, resignación ante la fatalidad, sino contención en los propósitos de las partes, que deben renunciar a la asimilación o la victoria integral, y aceptar, en sus términos esenciales, su entidad respectiva como oponentes, de lo que ha de desprenderse un compromiso inevitable dediálogo entre las mismas.

La segunda observación se refiere al necesario análisis de nuestro pasado siglo XIX respecto, precisamente, los orígenes de los planteamientos federalizantes. Hay algo que se acepta sin problema, que es la ecuación democracia y descentralización, y así, en el plano institucional, las oportunidades para el federalismo siempre se han presentado con los intentos democráticos. Otra cosa puede ser la tentación de ligar el federalismo con la debilidad del Estado común. Aquí hay que ser más prudentes porque nos acercamos a las tesis, como es lógico tan caras a la bibliografía del nacionalismo, que insisten en la peculiaridad del Estado liberal español (esto es su entequez) y su incapacidad para atender las demandas de una sociedad como la del siglo XIX y XX, caracterizada, entre otras cosas, por su pluralidad territorial.No es cuestión de engolfarse en la discusión de estastesis, pero soy totalmente contrario a insistir sobre su vigencia en el caso español, y no sólo en la segunda parte del Estado liberal, esto es, la Restauración, cuyas plenas calidades como sistema parlamentario he defendido desde hace mucho, sino, como advirtiera don José María Jover, en la época de Isabel II. Creo que no puede aconsejarse la visión de nuestro Estado, en cuanto organización pública, sin rectoría alguna sobre la sociedad, sino comomero botín de una elite destructiva parásita y egoísta, hablemos de la administración militar o los altos cuerpos funcionariales.

Mi tercer, y ultimo apunte, se refiere a la convicción que una reflexión sobre el federalismo, más allá de la debida atención a los casos que puedan ilustrar útilmente al constituyente español (y señaladamente se pueden apuntar, los supuestos de Quebec y la experiencia del Reino Unido, en este caso no limitada, sino ampliada a la experiencia histórica inglesa: cuestión irlandesa a la que últimamente se ha referido muy pertinentemente Alberto López Basaguren), debe hacerse especialmente en clave de teoría constitucional. Lo que esta muestra es una incompatibilidad esencial entre el sistema federal, también el foral, y la pretensión de la autodeterminación. El federalismo es una forma política compleja y delicada, que consiste en estructuras institucionales pero que se basa en consensos espirituales. El federalismo se articula en torno a una doble renuncia: el Estado central no puede caer en la tentación del centralismo, hablemos de la prepotencia competencial o de su ignorancia del pluralismocultural; pero las partes integrantes deben ser leales y renunciar a la autodeterminación, esto es, amenazar con la independencia.

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