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AL PASO

Nueva derecha y conservadurismo

martes 23 de julio de 2019, 20:32h

Es bien interesante la perspectiva utilizada en el análisis de la nueva derecha, por un número reciente de The Economist.

Últimamente, el análisis se lleva a cabo desde la referencia del fascismo, se trate de los avatares de las democracias iliberales del Este, y aun del reinado de Trump o el régimen de Bolsonaro. Según este punto de vista la cuestión es ver si la democracia, todavía formalmente aceptada, está en riesgo por una desustanciación de la misma, ya opere a través de sus elementos institucionales o sea el resultado de la degradación de la cultura política respectiva. Así es frecuente remitirse al ejemplo de Weimar, como muestra de una democracia de fachada, y que acabó, a través de una práctica desdichada, en el ascenso del fascismo.

Bueno, el análisis, realmente brillante y exponente de un periodismo de la mejor calidad, del Economist lo que hace es estudiar la situación de la derecha desde la perspectiva del conservadurismo, precisamente como una degeneración del mismo, concluyendo que la suerte del conservadurismo en la actualidad no solo importa a esta orientación política, sino al propio pensamiento liberal y a su través a todo el sistema democrático. En su mejor momento el conservadurismo es una influencia estabilizadora. Es razonable y sabio y estimula una competencia con el liberalismo sana. Pero esta época ha pasado. “Hoy la derecha está ardiendo y es peligrosa”.

Las referencias ideológicas del conservadurismo pueden cifrase en dos: Michael Oakeshott y Edmund Burke. Oakeshott, que ha salido en este Cuaderno varias veces, pues no me he podido resistir a su evocación en los pasillos de la London School of Economics mientras yo estudiaba en ella, ilustra el talante o la actitud conservadora: Preferir en suma la realidad a la utopía o el racionalismo en la política. “Ser conservador, por tanto, es preferir lo familiar a lo desconocido, lo logrado a lo intentado, los hechos a lo incierto, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a la abundancia, lo conveniente a lo perfecto, la risa del momento a la dicha en la utopía”. Edmund Burke, como conservador, puede pensar que las cosas son como son por alguna buena razón, aunque no se sepa cual. Las sociedades políticas no pueden cambiar inopinadamente y son inseparables de sus instituciones, conformadas imperceptiblemente en la historia. Pero Burke admitía el cambio, que a veces es imparable, aunque en otras ocasiones pueda ser guiado o retardado. Como señaló en sus reflexiones sobre la Revolución francesa, “Un Estado que no dispone e mecanismos de cambio, no dispone de los medios de su conservación”.

Este planteamiento ideológico ha servido de contraparte al liberalismo durante buena parte de los dos últimos siglos especialmente en Gran Bretaña y América y ha sido la base de los sistemas políticos respectivos, aunque en Europa, especialmente en Francia y en España, la ideología conservadora ha sido contraria al liberalismo, como lo puede probar la figura de De Maistre, abogando por la restauración de la monarquía del antiguo régimen. En España, asimismo, fue difícil asegurar un cambio entre el liberalismo y el conservadurismo que no pasase por el uso de la violencia o la amenaza de la misma, mediando los pronunciamientos.

Pero la entente conservadurismo y liberalismo ha funcionado correctamente: “Conservadores y liberales están en desacuerdo en muchas cosas, tales como las drogas o la libertad sexual. Pero muy a menudo son aliados pues ambos rechazan el impulso utópico de encontrar en el gobierno la solución para todos los males. Aborrecen la planificación y los altos impuestos” Lo cierto es que los conservadores y los liberales aportan lo mejor de sí mismos. “El conservadurismo templa el celo liberal; los liberales desinflan la complacencia conservadora”.

El examen de The Economist en esta ocasión no profundiza en las causas de los cambios que anota: inseguridad derivada de las dislocaciones producidas por la crisis que debilita el atractivo de la devoción por las bases del viejo orden, denuncia de las elites que se salvan, a pesar de su responsabilidad, en el desastre, nuevas incertidumbres de los fenómenos emigratorios. Pero si que describe con agudeza algunos cambios de la nueva derecha respecto del conservadurismo. Así determinadas medidas que adoptan o pueden adoptar son revolucionarias: Alternativa en Alemania ha flirteado con un referéndum respecto del euro. O Trump ha amenazado con dejar la OTAN .Un Brexit sin acuerdo es un salto en lo desconocido, pero muchos tories lo buscan, aunque sea letal para la unión con Escocia e Irlanda del Norte.

Los conservadores auténticos o clásicos desconfían del carisma y el culto a la personalidad de tipos como Trump, Bolsonaro o Boris Johnson, figuras a las que atrae el exhibicionismo y la provocación escénica, seres propensos al exceso y aun la mentira. Por cierto de Boris Johnson, el exalcalde de Londres, en un excelente comentario, aunque a mi juicio escorado al psicologismo y la caracterología nacional, aparecido en el último número de la New York Review of Books, se destacan sus pocos escrúpulos por respetar la exactitud de las bases fácticas de sus opiniones . Así, con anterioridad al Brexit en una de sus columnas en The Telegraf, aducía que la principal razón para que el Reino Unido abandonase la Unión Europa era el poco espacio que ésta dejaba a la capacidad de decisión nacional. A veces, decía, son ridículas las reglas de la Unión, por ejemplo la que impide reciclar una bolsita de té o hinchar globos a los niños menores de ocho años. Pero lo cierto, más bien, es que algunos ayuntamientos en el Reino Unido han introducido normas contra el reciclaje de las bolsitas de té y que no se prohíbe a los niños los globos. Las normas de seguridad de la Unión Europea simplemente dicen que los paquetes de globos han de llevar una advertencia sobre el peligro de atragantamiento o asfixia de los pequeños.

Tampoco es el mismo el nacionalismo de los conservadores que el de la nueva derecha. El nacionalismo conservador utiliza la idea de nación, como las de la iglesia o la comunidad local, para unir a la gente y motivar su actuación a favor del bien común. El nacionalismo de la nueva derecha es, en cambio, un nacionalismo enfadado y reaccionario que enciende la sospecha, el odio y la división. “Vox, una nueva fuerza en el tablero político español, evoca la Reconquista, cuando los cristianos expulsaron a los musulmanes.” En fin, tampoco el orgullo etnicista se corresponde con el respeto conservador por la naturaleza universal humana.

¿Y el futuro? The economist piensa que la capacidad para la evolución y el pragmatismo conservador quizás acaben con las exageraciones, excentricidades y peligrosidad de la nueva derecha. Es una cuestión que afecta sobre todo a los verdaderos conservadores. Si no reaccionan, como dijera Hayek, pueden ser arrastrados por un camino que ellos no eligieron.

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  • Nueva derecha y conservadurismo

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    9932 | Pontevedresa - 24/07/2019 @ 17:33:05 (GMT+1)
    Escribe vd. un artículo donde nos pone en guardia contra el conservadurismo y resulta llamativo dado el momento que vive España, que no nos ponga vd. en guardia sobre aquellos que se llaman continuamente a sí mismos progresistas, cuando efectivamente lo son, pero únicamente de sí mismos. Dos de estos personajes, la sra. Calvo y el sr. Echenique, cuya idoneidad pongo en duda, deciden lo que va a ocurrir en nuestro país los próximos cuatro años, y es como para temblar. Prefiero a los conservadores de lo bueno que hay a los que quieren tirar por la borda todo lo anterior, como la Transición, e imponernos su modelo bolivariano.

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