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DESDE ULTRAMAR

40 años de paseo por el Museo

jueves 01 de agosto de 2019, 20:04h

En este año en que el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en México, cumple su octagésimo aniversario como salvaguarda de su impertérrito patrimonio, sumo a ello el cuadragésimo de mi primera visita al Museo Nacional de Antropología, su sede central en Ciudad de México, esa estancia que ya tenía quince años de haberse inaugurado para situar en ella con la grandeza, realce y majestuosidad correspondiente, las más valiosas piezas de la arqueología mexicana, con una museografía moderna, renovadora, accesible a las mayorías, que conserva gran parte de su vigencia. El recinto no pretende ser Disneylandia y en lo que corresponde, es valiosamente interactivo con sus asiduos e interesados visitantes, de cosmopolita percha y origen y se luce en serlo cuando monta las expos temporales. Visitarlo aquella ocasión consagró mi regusto por la Historia.

Enclavado el bosque de Chapultepec, hoy luce rodeado de frondosos árboles que lo han ido arropando, y que podemos disfrutar desde los amplios ventanales que en sus bloques añadió su autor, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013), respetando el lugar y a la floresta que robusta, lo cobija desde 1964.

Así, una típica lluviosa mañana dominical del veranillo del 79 y de la mano de mi padre, traspasé sus puertas de cristal atravesando su vestíbulo espacioso, para adentrarnos a él. Quedé fascinado con su contenido. Tan amplio, casi interminable y así deseándolo, pues cada una de sus salas aguardaba sorpresas insospechadas. Se nos fue media mañana y quedamos de regresar pronto, otro día, a recorrer su planta alta. Tardamos una vida en regresar, debo confesarlo y es que la planta baja es la más famosa, la llamativa en términos generales. La superior no demerita en su acento etnográfico, pero es otra cosa, después de todo, con miradores que otorgan otra perspectiva.

Su sala central, la mexica, alberga la afamada Piedra del Sol, conocida como el Calendario Azteca. Es la estancia por antonomasia más recurrida y fotografiada. Empero, otras resguardan el inagotable e inmemorial pasado del México precolombino. Sus joyas son de órdago, su muestrario una antología de las glorias precortesianas y hasta donde alcance, del conocimiento de todas las facetas de los pueblos antiguos de esta tierra cinco veces milenaria en su registro calendárico. ¡Cómo me maravilló el diorama de la caza del mamut y la cenefa que ilustra de Códice de la Peregrinación mexica o Boturini! Un dechado de creatividad y belleza conjuntadas. El museo está cuajados de detalles bien cuidados.

El lugar ha registrado cambios, algunos para mí imperdonables y denunciados. Por ejemplo: se desmanteló su primera sala, Introducción a la Antropología, que nos aportada una exquisita y equilibrada visión del Hombre como especie. Hoy se limita a la evolución de los primeros mexicanos. En ello se cargaron el sarcófago egipcio de infante, obsequio de aquel país a cambio de unas máscaras prehispánicas. Al carecer de sala egipcia nuestros museos, era una valiosa pieza que, nos aseguran, está a buen recaudo. Para creerles. Y espero que sus medidas de seguridad, igual lo sean. No quisiera sorpresas desagradables.

Me seduce siempre que lo visito, acudir a sus jardines desde la sala maya, asilvestrados y con cierto sabor a jungla bien lograda, a apreciar los templos edificados en ellos. La reproducción de la pirámide de Quetzalcóatl en la sección teotihuacana, los fragmentos de poéticos textos que evocan el pasado salpicando los muros de todo el inmueble o el magnífico mural de animales prehistóricos de Larrauri donde me puede el dientes de sable o el del paso del estrecho de Bering compiten en originalidad con el bien logrado de la mujer, de González Camarena.

Un llamativo atlante de Tula, un estupendo ejemplar de Chac Mool, los tesoros de la sala Oaxaca con sus ricas joyas labradas y engarzadas con la máscara del dios murciélago en abrillantada obsidiana, la misteriosa máscara de jade de Pakal, el señor de Palenque, con sus 1500 años de antigüedad, y las grandes cabezas olmecas o las estatuillas recuperadas de esa cultura, en conciliábulo, solo son un avance con las piezas labradas, conchas, caracolas enormes del pabellón del Occidente y su vecino el de los pueblos del norte. El recreado mercado de Tlatelolco mostrando sus más de 300 personajes, cada cual distinto a otro o las plumas de quetzal del penacho de Moctezuma reconstruido, regodean la mirada. Es que el repaso es formidable, el trayecto resulta sumamente gratificante y enriquecedor. Y más cuando lo recorro con amigos nacionales y extranjeros. Siempre es grato acompañarlos.

El Museo Nacional de Antropología, con el dios Tlaloc a su vera, me trae muy gratos recuerdos. Desde las desaparecidas inesperadas medias piñas en que servíanse la ensaladas de frutas aquel lejano verano del 79, esas macedonias apetecibles, al terremoto que me pilló en el aula de investigación en mayo de 2012, desalojando el lugar lo más pronto posible, mientras tronaba el edificio; hasta conferencias de altura o ver en su auditorio al Ballet Nacional de México en el año del Bicentenario de la Independencia. Y nos abre los ojos al orbe: lo mismo la expo de las plazas del mundo de 1988 –lamentablemente no vi la del bicentenario de la independencia de los Estados Unidos, única en su genero fuera de aquel país, montada en 1976 y cuya extraordinaria guía conservo– que aquella de Magna Grecia, o los tesoros de Persia, la de los Romanov o de los nacionales de Japón. La fragata Mercedes cumple con un cum laude el rubro de arqueología submarina y la del Congo o aquella de las islas del Pacífico sur junto con la expo de Buda con más de 20 países aportando piezas, completan un rico panorama que ha enriquecido nuestra visión planetaria.

Mi paso por el renombrado sitio abarca dictar alguna conferencia en él, adentrarme en su acervo bibliográfico de su significativa biblioteca, o a procurar no perderme su feria del libro en el otoño, especializada en temas históricos, o sus ofrendas de Día de muertos cada año, dedicadas a una región indígena de México, cada cual distinta, lo que aporta un conocimiento, adentrándose en una de las más caras tradiciones de esta emblemática fiesta definitoria de la mexicanidad.

Entre las cosas peculiares que recuerdo, añado a mi paso por el sanitario haberme topado al afamado arqueólogo Matos Moctezuma, quien me saludó muy afable, muy humano, natural, sin el halo que le otorga haber encabezado los trabajos que descubrieron el Templo Mayor mexica. O haber saludado a la bibliotecaria, la señora Gil Elorduy, quien afable al describirme el acervo a su cargo repasando el visible en su oficina situada en la esquina que mira al Tlaloc, expresó con un solemne. “qué dignidad, ¿verdad?”. Luego supe que fue la única corneada por el toro volador ‘Pajarito’, en 2006.

Una tarde soleada sabatina es una magnífico momento para pasearse por sus espacios, admirar la renovada sala introductoria, muy montada y funcional y ver pasar a los grupos de turistas provenientes de todas partes. Siempre me llaman poderosamente la atención los japoneses y los italianos, sumamente interesados en los detalles de cuanto tienen enfrente. Y es que en definitiva, es una gozada visitar este espacio, deambular por sus galerías, poner atención a los ecos del pasado que allí retumban, sabiendo que aún hoy hay grupos que rinden culto a los dioses ahí resguardados en monolitos que aún dicen mucho y todavía resuenan. Cuando se pase usted o su agenda lo permita residiendo en la trepidante Ciudad de México, no deje de visitarlo. Es una experiencia sensacional que merece vivirla.

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