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DESDE ULTRAMAR

El malnacido matamexicanos de El Paso

jueves 08 de agosto de 2019, 19:56h

“(Quería) matar a tantos mexicanos como pueda” dijo a la policía el sátrapa yanqui que disparó asesinando a 22 personas –la mayoría de aspecto hispano– e hiriendo a 26 en un centro comercial de El Paso, ciudad fronteriza con México. La ignorancia del infeliz racista es tan abrumadora que en un manifiesto que le atribuyen, sin quedar clara su autoría, dice que lo hizo por oponerse a la invasión hispana a Texas. Texas con esa “x” que suena a jota en español, por favor. Como Quixote, inscrito así en la portada del primer ejemplar de 1605. Arcaísmo del idioma que usamos en la palabra “México” y que lo reclamo a usted para que no sea presa de la mezquina y convenenciera desmemoria histórica, como la que acusa este degradado y miserable criminal, que viajó 9 horas para ir a perpetrar su masacre, dejando escapar a negros o blancos en su ataque. Iba por mexicanos.

No hay manera de justificar a un matamexicanos. Es racismo puro, es un crimen rotundo. A este descerebrado –no digo bastardo, pues puede haber niños leyendo esto– su cabeza no le da más que para eso. Así de podrida. Pinta para crimen de lesa humanidad por su premeditación al exterminio dirigido. Ya lo ha calificado el gobierno mexicano como un acto de terrorismo contra mexicanos. Nos paga muy poco las palabras dolientes de Trump condenando el racismo y el supremacismo, mostrándose incómodo al rechazarlos, mientras sonríe cuando en sus mítines gritan que se mate a los migrantes o ha llamado violadores a los mexicanos. Y por supuesto que desde México hay la calidad y la altura moral para demandarlo. Porque no es competencia de balazos en ambos lados de la frontera. Un engendro matamexicanos confeso, nunca puede ser exonerado por un mexicano y es un peligro brutal para cualquiera que lo sea. Y prometen ser más, que es peor.

Patrick Crusius solo es la muestra palpable de una sociedad descompuesta, decadente como la estadounidense; el síntoma, en cuyos subterráneos se mueve el racismo de siempre, el de siglos. Una cuyo gobierno está incapacitado para poner orden en la descomunal venta de armas; que se le aflojan los calzones frente a la Asociación Nacional del Rifle; que se atraganta timorato e hipócrita ante la segunda enmienda de su constitución, justificando así el multimillonario mercado de armas de fuego, pese al asesinato diario de sus conciudadanos con ellas; una que encumbra a la presidencia votando con los pies, a Donald Trump, cuyos antecedentes racistas como empresario y su discurso racista y permisivo del racismo como mandatario, infunde el odio, envalentona asesinos y azuza los más profundos sentimientos putrefactos de siempre, propios de su país, desde las élites al más idiota, que abrevan de la intolerancia puritana, la hipocresía cuáquera –porque nada de que aquellos grupos solo eran luz– la segregación y el racismo tan propios de los fanáticos de Nueva Inglaterra y anexas, y la peor lacra del supremacismo racial, que engendra a piltrafas como Patrick Crusius, que solo hay que verle para palpar sus carencias cerebrales y su deleznable falta total de supremacía frente a nadie civilizado; y para darse cuenta de que cualquiera puede matar allí, sin más. La felonía cometida mancha de sangre mexicana a la bandera yanqui, como premio por si a sus compinches les parece repugnante tal plasma.

Porque el discurso de ponzoña y de exterminio está perfectamente elaborado, allí. No es aislado. Y va contra los mexicanos. Tenemos la muestra constatada por vez primera de forma innegable. Ese fue su error: evidenciarse, aunque no es un proceder nuevo. Proviene de la quintaesencia misma de ese país. Ya el historiador Patrick O’donovan se extrañaba afirmando que era raro haber tenido una sola guerra civil. Hay tantas razones para más…. Así que nada de exculpar a Crusius, nada de llamarlos locos a esos agresores ni es un caso ni un pensamiento aislado ni ocurrencia, sino uno perfectamente esbozado, puntualmente estructurado y que anima a los asesinos como Crusius. Figúrese la animalidad de su proceder. Están muy conscientes de su infamia e iniquidad y así hay que testimoniarlos. Crusius reclama en su presunto manifiesto que hay que exterminar a los hispanos y a los no blancos, para que sea sustentable la supervivencia blanca, cosa que no debe de extrañarnos, siendo claras sus intenciones discriminatorias y exterminadoras.

Me responden desde allá mismo que para eso te armas, por si acaso. Valiente sociedad que no ha pasado del salvaje oeste, asilvestrada y necesitada, urgida de emplear armas para enfrentar sus diferencias; que no implica resolverlas, sino solo prolongar en el tiempo a sus taras más acendradas, para nunca atenderlas. No puede uno encandilarse con Estados Unidos de una forma tal, que acabe avalando semejantes conductas degradadas, propias de animales irracionales, propias de una nación que o desconoce el lado correcto de las cosas o ese mensaje envía, tan permisiva y pretende así, avalar la ruindad. ¡Vaya extravío! Da escozor en un país que resuelve sus problemas a balaceras y matazones multitudinarias frecuentes, síntoma de su patología individualista e insensible, que es la constante histórica. Atolondrados, siempre necesitados de enemigos. Incapacitados para una relación civilizada. Y que pretendan dar lecciones no pedidas, con ese panorama. ¡Basta de minimizarlos! Su tráfico de armas imparable ha permitido el paso a México, causándonos una deleznable realidad de muerte, rastreable en su origen hasta el país vecino.

¿Invasión hispana? dice Crusius. ¡Vaya pelmazo que resultó este homicida múltiple! Uno cuyo artero crimen ya es catalogado como terrorismo interno, para vergüenza de quienes portan armas y defienden su uso, allí. Así de claro. Texas, territorio poblado por españoles, que los mexicanos perdieron en el robo yanqui de 1836, legitimado por el despojo de 1848, sin abandonarlo; con los mexicoamericanos viviendo allí arrinconados, luego de perseguidos y asesinados. El invasor en dado caso es el sajón, un Patrick Crusius cualquiera, por poner un ejemplo. Y en efecto, los migrantes crecen y su número de hijos, un fenómeno bien entendido en Europa. ¿Cambiarán la faz de Estados Unidos? Ojalá.

Lo que distingue el abominable y deplorable proceder de este descerebrado es lo mismo que a los asesinos, a los lobos solitarios yanquis: ser blanco, estadounidense que abreva de su cultura y justificado como siempre desde allí, como supuesto caso aislado y ya controlado. Pamplinas. Es alguien postrado por las falsas expectativas de su país, ignorado, presa del racismo prevaleciente. Y le jode mucho. Blancos que temen ser superados en número por minorías que les arrebatarán su oprobioso poder. Echan por tierra que su país lo es de migrantes. O tolerante. ¿O es que solo los quiere blancos? Sí. Desprecian lo diferente, judíos incluidos. A ver si la poderosa comunidad judía estadounidense permanecerá impasible ante esta escoria que también los ha mencionado en su supuesto manifiesto. Aturdidos como él, reclaman un país blanco que mal llaman América, inmersos en su prepotencia y su ignorancia desbordada. Imposible ser trémulos.

El crimen de El Paso es la matanza de hispanos más grande en la historia de su país. ¡Qué orgullo! Ya estarán contentos los promotores del odio y del racismo, que no sobra invocarlo; tan manifiesto aún en mentes tan “lúcidas” como Samuel Huntington, el engañabobos con su obra El choque de civilizaciones, una perogrullada yanqui de esas frívolas como Hollywood, quien hizo otro pasquín que refleja el pensamiento de Patrick Crusius y el de Trump: ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad estadounidense, un ejemplar cuajado de ideas segregacionistas, discriminatorias, donde teme que los hispanos destruyan su país por no integrarse y por hablar español. Su desprecio y engreimiento contra esa cultura, negándole cualquier capacidad o mérito de contribución a la grandeza de Estados Unidos, más sugerir que desplazará a los blancos, alertando, delatan lo que de tiempo inmemorial piensan las élites de allá: que perderán su poder.

Cuando hasta mexicanos angloparlantes y blancos se sienten allá amenazados, solo por ser mexicanos, evidencia la calamitosa gravedad del caso. Debe de ser muy duro estar en una sociedad que no te quiere, que te levanta muros en tu cara, que te asesina accionando el gatillo por tu aspecto “hispano”, sin preguntar siquiera tu status migratorio. Las que has de callarte aguantándolas, para seguir en ese país. Tragar con el “estás, pero no perteneces”. Desde luego que habrás de definir tus lealtades. Yo como mexicano, no me sentiría seguro en Estados Unidos ni tengo la más mínima necesidad de su racismo. No lo visitaré mientras gobierne Trump. A ver si los mexicanos aprendemos de una vez por todas.

Cuando Trump llama violadores a los mexicanos con retorcida liberalidad diseminada, ¿cómo debemos de llamar a todos sus conciudadanos? ¿asesinos matamexicanos? No se me ocurre otra forma, visto lo visto. ¡Ah! lo olvidaba, puede ser que no todos los yanquis sean matamexicanos. Justo como no todos los mexicanos somos violadores, cual nos describe Trump. Pero aquí cabe la mexicanísima frase que decía mi abuelita: “el que se lleva, se aguanta”. Pues eso…. Después de todo, de este lado de la frontera también tenemos mucho qué decir de los vecinos y lo hacemos valer. Que no nos tienen tan contentos. Podremos colaborar, pero si la cosa va de antipatía, sépase que es de ida y vuelta.

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