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DESDE ULTRAMAR

Circunnavegación y terraplanistas

jueves 15 de agosto de 2019, 20:06h

En este emblemático año de tantos quintos centenarios, el sorprendente, épico y odiseico viaje de circunnavegación que efectuó la prominente expedición liderada por la dupla Magallanes-Elcano, amerita una reflexión que sin merecerlo, bien hay que casarla con la soberana mafufada de los terraplanistas, que aun no rindiéndose ante la evidencia empírica y científica que nos acompaña hace ya cinco centurias, le aportan folclor a su creencia con su incrédula postura acerca de la no redondez de la Tierra, que para mí guarda un inconfundible sabor a chorrada. A vacilada, para entendernos en ultramar.

Y en plan conmemorativo la noticia nos llegó veloz justo allende los mares, desde la soleada Sevilla, cuyos ecos me son siempre bienvenidos y placenteros. El sábado 10 de agosto de 2019, cumpliéndose los quinientos años del inicio de aquella aventura extrema, el viaje de circunnavegación de Magallanes-Elcano, zarpaba desde su puerto y al pie de la ocho veces centenaria y dodecagonal Torre del Oro, una arriscada excursión que a manera de rememoración, pretende repetir otra vez la vuelta al mundo palmo a palmo siguiendo el trayecto trazado por la afamada correría, emprendiendo su peculiar periplo planetario tal y como acaecía en siglos pasados, a la sombra de esa, la albarrana torre hispalense, lujo de su ciudad y rectora en mucho de su abigarrada historia, tanto marítima como terrestre; en tanto que se efectuaron en la capital andaluza una serie de actos que marcaron la singularísima ocasión. Las fotografías mostraban su añosa composición de origen árabe, paramentada con banderas españolas y ricos gallardetes blasonados muy barbianes, asaz gallardos, que asomábanse desde sus vanos y balcones exaltando su sobria apostura, engalanándola de manera excepcional.

Iniciado aquel derrotero el mismo año en que Hernán Cortés arribaba a las playas ahora mexicanas, la trascendencia del episodio, una epopeya que merece todo el reconocimiento, estriba en que acaso sin buscarlo, pero si necesitados de saberlo, aquellos prominentes expedicionarios consiguieron sentar una puntual certeza: la redondez de la Tierra y la viabilidad de circunnavegarla. Ya luego veríamos si nuestro tribulado mundo es una circunferencia perfecta o no, pues en eso la astronáutica se ha encargado de decirnos que no lo es, sino que el nuestro es un planeta con forma de patata, para desilusión de quienes, en efecto, lo creíamos más redondo que una jugosa naranja. Me refiero a ellas porque me encantan, tanto las naranjas como las patatas.

A mí me entusiasma sobremanera este formidable viaje de circunnavegación. Fue toda una hazaña épica, un abrir caminos y definir rutas. Fue confirmar y descubrir. No es solo si a Europa le abrió nuevos derroteros o como derivado de tales, consiguió hacerse del poderío mundial, como efectivamente también sucedió. A todos los hombres de la Tierra, con sus más y con sus menos, tales avances científicos acabaron diciéndoles cuál era la situación. Es previsible que nadie debió de ser indiferente al descubrimiento que consagró el trascendental desplazamiento.

La precariedad de su viaje, los infortunios, los peligros sorteados con más o menos suerte, los contratiempos, la muerte de Magallanes en las ahora islas Filipinas, el ánimo de proseguir pese a las adversidades más atroces, las continuas desventuras que a punto estuvieron de poner un fin abrupto a aquel intrépido grupo que acabó en grupúsculo al que no puede ninguneársele mérito alguno, puede ponernos la piel chinita, si reflexionamos un poco acerca de sus tribulaciones. Aflicciones que se compensan para nosotros, desdichadamente no para ellos, en los conocimientos que trajeron consigo. Los sobrevivientes, apenas un puñado de los originales viajeros, montados en condiciones paupérrimas en la nao Victoria –en cuyo nombre ya lo han señalado los historiadores, llevaba el signo de su imperecedera trascendencia en el tiempo– fueron una muestra palpable de voluntad y coraje. ¡Cómo me entusiasmo subirme a ella en la replica colocada en el muelle del magnificente Pabellón de la Navegación en la Exposición Universal de Sevilla’92! Fue mi favorito entre todos.

Porque ¡vaya victoria que supuso darle la vuela al mundo! Encontrar un paso cierto del Atlántico al Pacífico, marcando un camino marítimo hacia el mítico Asia, rodear África en sentido contrario al usual hasta entonces y alcanzar la península ibérica. Se cuenta rápido la proeza, pero no fue sencilla en forma alguna.

Sí, también se sabe que Magallanes iba con el pendón castellano por negárselo su patria, Portugal, aquel inconmensurable el apoyo debido a acusaciones de incumplimiento de la ley; y que pereció no por los agrestes confines del planeta, sino por los nativos filipinos, al perder la vida en un combate que hoy releva cierta soberbia por no plegarse a los requerimientos de aquellos, pensando en que su superioridad lo salvaría.

Este memorable viaje capitaneado por el dúo inmortal de Magallanes-Elcano, ha dejado por imperecedera herencia el que podamos decir “globo terráqueo” y supongo que desde entonces, se ha materializado en confeccionarlo así, redondo, para utilidad de cartógrafos y curiosos en general, entregándonos a veces magníficos muebles.

Que cinco siglos después veamos desde una nueva expedición que busca rememorar la grandeza de aquellos visionarios, cosa seria, a este grupo folclórico de personas que sostiene frívolas y embotadas, que la Tierra es plana, que de redondeada nada y sus empeños en demostrarlo parecen serios, solo confirma en este caso que es inagotable la estupidez humana. Allá ellos. Los terraplanistas no dejan de ser un conjunto faccioso que tiene derecho fantasear, si eso le acomoda, y queda en eso. Si la veracidad del viaje a la Luna despierta suspicacias y puede ser puesto en entredicho con relativa cierta facilidad, lo otro sí se antoja tirado de los cabellos. Una insensatez y una ociosidad espeluznantes. Más que probado está que va errático, como que se puede dar la vuelta al globo. De ser plano, eso nos sería imposible: unir los extremos. Allá ellos y su estrambótica locura disfrazada de cordura. Qué aproveche. El negacionismo siempre vende y prende incautos engañabobos….

Magallanes y Elcano son inmortales. Como curiosidad señalaré que en Acapulco existe un barrio con el nombre del primero y un afamado hotel que recuerda al segundo. Resulta interesante puesto que no pasaron por ahí ni de lejos, pero estoy cierto que ligado el puerto mexicano a las hazañas descubridoras posteriores en el Pacífico, honra a sus pioneros. Por ello es también loable haber nombrado Magallanes a una sonda espacial.

Me entusiasma pensar que la Torre del Oro, “monumento divino” cual la canta la copla por sevillanas, esa insigne herencia almohade hispalense de reconocida y emblemática silueta, fuera la testigo de aquella titánica empresa y que sea la única participante de aquella primera ocasión, que acudió puntual a la cita de 5 siglos después y a recordarnos que ya sumaba tres centurias cuando Magallanes y Elcano emprendieron su sempiterno camino al triunfo inmortal. Bienaventurada, sea. Después de todo un quincentenario siempre llama y qué mejor que lo presida.

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