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DESDE ULTRAMAR

Para este V centenario: Hernán Cortés

jueves 29 de agosto de 2019, 20:18h

Cuando usted lea esta entrega estaré asistiendo a una recreación de una comilona memorable, un banquete al que acudieron Hernán Cortés y el primer virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, agasajándose poco antes de que el conquistador de México enemistado con aquel, partiera por segunda vez y en definitiva a España, abandonando en vida las tierras que había conquistado y a las que regresaron sus restos dos décadas después de morir y allí permanecen. Pongo así fin a un verano dedicado a impartir diversos cursos sobre esta figura.

Me adelantaron que habrá codorniz y quizás mazapán, aunque no haya de los que mostraban labrados exquisitamente los escudos de aquellos personajes, como narra don Artemio De Valle-Arizpe; empero la ocasión es llamativa, sin duda.

De mi acercamiento a este conspicuo sujeto, concluyo lo siguiente: cuánto se le desconoce, cuánto se ha manipulado su imagen y su biografía en ambos lados del Atlántico sirviendo a los más diversos intereses de todos. Absolutamente, de todos. Que nadie lo niegue ni se haga de la boca chiquita. Y dígase: tenía más vidas que un gato, pues se salvó de tantas situaciones. Desde librarse de cornudos hasta de guerreros mexicas o tlaxcaltecas, de Moctezuma, de Pánfilo de Narváez a Carlos V o el que más.

Eso lleva a considerar con asombro el como un hombre sin oficio ni beneficio, prófugo de las letras aprendidas y que no estudió en la universidad de Salamanca, pero sí en la Ciudad sabia, optando por la aventura se embarcó al Nuevo Mundo, consiguiendo con su astucia y su estrategia, encumbrarse, mientras servía al poder, al que sabía acercarse sigiloso, en tanto grababa en su mente los detalles del palacio del gobernador de Santo Domingo, para edificar un palacete similar en Cuernavaca, muchos años después.

Hablamos de un adelantado que sin permiso del rey, se aventuró a explorar lo desconocido, arrebatándole a Diego de Velázquez la gloria de conquistar un imperio como quería y como lo hizo Cortés, sabiendo cómo convencer a propios y a extraños en su quimera. El personaje que supo allegarse favores quiso conocer a Moctezuma y a quien Carlos V quiso conocer para medirse y saber de quién estaba hablando, en tanto le recibía los tesoros que le prodigaba al considerar el extremeño el obligado quinto real. Cortés se encontró con Moctezuma de manera pacífica a la entrada de Tenochtitlán, uniendo dos mundos, aquel 8 de noviembre de 1519. Pocos episodios entre adversarios acaso registran semejante condición en la historia de la Humanidad. Para mí ese es el verdadero gran momento del metelinense. Aquel que tardó casi 25 años en regresar a su patria original.

Sépase de Cortés que no se le conocen grandes hazañas militares en el Caribe antes de emprender su viaje a tierra firme y que deseando encontrar otros Tenochtitlán, pensaba en China trazando una ruta segura para alcanzarla. Que tuvo una hija con la hija de Moctezuma, que se rumoran sus muchos amores e hijos regados, no obstante que tenga solo 11 apuntados en su árbol genealógico. Que su vida está igual de marcada tanto por la leyenda negra como por la leyenda rosa, ambas deleznables, lo cual obliga a evitarlas por dañinas y manipuladoras. A las dos. Dos que nos recuerdan que a Cortés hay que entrarle con valentía y no solo consignando no juzgarlo con valores del siglo XXI, por repetir una muy estólida y sobada cantaleta.

Cortés nos recuerda que la corona de Castilla le negó casi todo: de la gobernación definitiva de las tierras conquistadas a nuevas exploraciones, al virreinato, a obtener la Grandeza de España y acaso el reconocimiento final, definitivo y póstumo a tiempo. Acaso no es México el que le debe, sino la misma España, porque en México su nombre lo portan desde siempre el mar de Cortés hasta Puerto Cortés en Honduras, y tantos sitios, así que su digna tumba en la iglesia de Jesús Nazareno en Ciudad de México –cuyo hospital fundó, y es tercero del mundo más antiguo (1524) aún funcionando– con una decorosa placa que lo recuerda y la señala, basta y sobra, a mi parecer. Y está así zanjado y más que bien pagado el asunto de este lado del Atlántico. Tampoco cabe pedir más.

Eso, sí, que conste que el extremeño era no cualquier conquistador, sino uno humanista, dispuesto a comprender y a granjearse los favores. Aquel que descubriera que en España debía de hacer antesala, mientras que en las Indias bastaba mentarlo para hacer cimbrarse al más plantado, como le pasaba incluso, a los emisarios del monarca, cuatro de ellos muy pronto después de su encuentro, fallecidos por causas “desconocidas”. Como aún se debate si mató a Moctezuma.

Es el sujeto de quien conocemos su fecha precisa de muerte, pero no de nacimiento. Yo no lo consideraría cerril como a Pizarro, porque se rodea de intelectuales en sus estancias en la Península –dos, posteriores a la conquista del Imperio mexica, otrora azteca– que lo mismo es lisonjeado por López de Gómara, que evadido en lo comprometedor por Bernal Díaz del Castillo o confrontado por Bartolomé de las Casas. Ninguneado por la Corte, le costará su peculio y sus favores. Que no casó con Doña Marina, que acompaña a Carlos V en la desastrosa campaña de Argel, de la que lamentará no habérsele tomado en cuenta para ganarla. En ese jugueteo perverso del rey en que no lo tiene ni lo olvida, porque igual lo invita a la boda del futuro Felipe II, mientras le han negado los honores y los cargos, siempre entregados a nobles –de Mendoza, Núñez de Guzmán– recordándole a Cortés su origen plebeyo, aunque después de ennoblecido con el título de Marqués del Valle de Oaxaca –sitio que jamás visitó– se codeara con el duque de Medina-Sidonia y tantos más, alardeando el “Don” obtenido, pero recordándonos cuánto le hizo falta otra Doña Marina o Malinche, para acceder a la Corte, aunque por otra parte la mujer esté sobredimensionada.

De la epopeya de la conquista de México, de la que nos queda aquella frase de una crónica indígena: “mientras exista el mundo, no morirá la gloria y la fama de Mexico-Tenochtitlan”, nos deja que su sepulcro exista, no así los de Cuauhtémoc o Moctezuma. Cortés pasará a la Historia como un sujeto que llegó a ser comparado con Alejandro Magno y su nombre fue mítico.

Como ya lo he expresado, es un personaje inagotable. No murió pobre de solemnidad, si por pobre enlisto sus múltiples propiedades en Indias. Y aun en la misma España dejó un patrimonio en platería, que no debió de ser menor a juzgar por su testamento. Ahora que, si queremos dibujarlo muriendo con dos maravedíes en el bolsillo, sí, eso sí, pero no falleció indigente y sí rodeado de sus parientes, muchos colocados en Indias de varias maneras.

Cuando conmemoramos en México este quinto centenario del arribo de Hernán Cortés, es un momento propicio para reflexionar sobre este individuo. Así descubriremos cuánto desconocemos de él y cuánto hay que trabajar sobre su figura, esa que deambula entre el caballero de Indias acicalado con cuellera y gorro emplumado, en España, o con su armadura “de bonito” cual mataindios, en México. Conciliar ambas figuras nos recuerda una vez más que con Cortés hay que entrarle con valentía y no dejarse llevar por adulaciones ni denostaciones a priori, como tampoco por sus propias zalamerías o las exageraciones que pudieran contener las crónicas que lo describen. Menuda tarea, desde luego que sí.

El hombre que escaló el Templo Mayor de Tenochtitlán acaso en verdad sí buscó más la gloria y la fama que los bienes terrenales. De cualquier manera su epitafio no es definitivo. Lo es más una frase jocoseria, si ponderamos a Cortés: “lo Cortés no quita lo Pizarro”. Es lo que hay. Es cuánto, sus mercedes.

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