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AL PASO

Un almuerzo donostiarra

martes 03 de septiembre de 2019, 20:13h

He quedado a comer en este día de la Semana Grande donostiarra con Eduardo Vírgala. Eduardo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Lejona, es un valiosísimo referente de la Universidad vasca a la que yo admiro por su contribución a la normalización del País. A Eduardo no le gustan las componendas y siempre ha estado en la primera línea en los peores tiempos de enfrentamiento con la degeneración criminal del nacionalismo. No hablaremos de esto. Nos acompaña en la comida mi mujer, y tras algunas chanzas sobre la rivalidad entre donostiarras y bilbaínos, inevitablemente recordamos algunos episodios de nuestras respectivas trayectorias académicas. Eduardo ha parado, seguramente con mejor provecho, en algunos centros universitarios por los que yo también pasé: recuerda un invierno de Heidelberg, donde coincidió con su gran amigo Antonio López Castillo, y nos habla del Institute of Avanced Legal Studies , por Russell Square, en uno de los palacetes de la misma. Se trata del barrio de Bloomsbury, donde se movían Virginia Woolf y sus amigos. Cerca, al lado como quien dice del British Museum, está Senate House, la sede de la Universidad de Londres. Algunas veces, y tras dictar las preguntas a los alumnos, les he recordado las condiciones en que nos examinábamos en la Universidad: ocupábamos una sala enorme en mesas totalmente aisladas, de modo que no fuese posible la comunicación entre nosotros. Por lo demás, a nadie se le pasaba por la cabeza recabar ayuda alguna y menos todavía disponer de apuntes u otras fuentes de inspiración. Unos pocos bedeles, o personas que nos eran desconocidas, corrían con la vigilancia. De otro lado, los exámenes habían sido propuestos por un Board de toda la Universidad al que nuestros profesores de la London School of Economics solo podían hacer sugerencias concretas.

Eduardo ha hecho algunas contribuciones capitales a nuestro derecho constitucional tras publicar su tesis doctoral sobre la moción de censura: recuerdo ahora sus trabajos sobre la ilegalización de los partidos políticos por causa terrorista o su aportación sobre las administraciones independientes en la Unión Europea. Eduardo es una persona muy caballerosa: hace poco se disculpó por no poder participar en el libro homenaje que compañeros y discípulos me han ofrecido. En correspondencia, le llevo un ejemplar de mi libro Pensamiento federal español y otros estudios autonómicos que acaba de salir. Eduardo nos dice que se va de la Universidad, que la deja antes de la fecha de la jubilación. Me entristece esta noticia, que en su desenlace atribuyo a la desidia de la institución que no hace nada por retener a un activo muy valioso. La Universidad la forman su profesores, solo falsamente fungibles. A veces, con todo, me ha tentado esta forma abrupta de despedir del empleo de tantos años, y recuerdo el caso del historiador don Fausto Arocena, resistiéndose a continuar con su actividad de archivero jefe de la Diputación de Guipúzcoa tras la jubilación, por lo que no hubo modo de convencerle de permanecer en el puente, aunque la nave estuviera en manos de otro piloto.

Enseguida pasamos a comentar el brillante libro de Eduardo hace poco aparecido, La Constitución británica en el siglo XXI, y que está llamado desempeñar una utilísima ayuda para desentrañar la laberíntica situación en que se encuentra el Reino Unido en el momento del Brexit. El profesor Vírgala estudia los recientes cambios experimentados en la constitución británica, siguiéndolos sobre todo en el plano doctrinal, esto es, viendo los desarrollos de la teoría constitucional desde los tiempos de Dicey, y especialmente analizando las aportaciones jurisprudenciales, con particular atención en el caso Miller. Lo cierto es que sin el estudio de la jurisprudencia en relación con los casos sobre las exigencias del derecho de la Unión (Factortame, nº 2, 1991) o el verdadero alcance de la prerrogativa del gobierno (caso Miller, 2017) la constitución británica pertenecería a un plano ideal o abstracto, solo existente en el mundo de la ficción jurídica. Son los jueces, a la postre el Tribunal Supremo, los que han garantizado que la adaptación constitucional sea posible, operando con la suficiente flexibilidad y sentido de la realidad.

El momento por el que pasa el constitucionalismo británico se puede iluminar considerando dos aportes que se sobreentienden hasta cierto punto en el libro de Vírgala. La especialidad británica no ha sido nunca seriamente abordada por las elites políticas. Gran Bretaña no se ha sentido cómoda en las instituciones europeas: ha buscado la excepción o el ventajismo. El orgullo británico no solo arrancaba de su pasado imperial, sino de la singularidad de su experiencia constitucional. Todos los estados de la Comunidad o la Unión debieron, tras la Segunda Guerra Mundial, rectificar sus constituciones, cosa que el Reino Unido no necesitaba: su constitución no codificada ha permanecido intocada desde la Revolución del siglo XVII. Sin duda este supremacismo no ha sido compensado por una labor de justificación de la implicación europea del Reino Unido, que se ha producido, pero que no se ha trasladado suficientemente a la población.

El segundo apunte se refiere a la justificación del referéndum, que solo aparentemente no tiene acomodo en la teoría y práctica constitucionales. Dicey permite una lectura no hostil al referéndum, si se repara en que la soberanía parlamentaria es, después de todo, ejercida en nombre de la nación británica y que algunos teóricos han visto en el referéndum una garantía constitucional que el control jurisdiccional inexistente hace posible. En cualquier caso, lo que algunos autores, como Vernon Bogdanor, deducen de una práctica bien abundante desde el referéndum de confirmación de la pertenencia a Europa de 1975, convocado por el laborista Wilson, hasta el referéndum sobre el Brexit, convocado en junio de 2016 por el conservador Cameron, es que esta práctica ha establecido una convención segura: cuando se trata de una transferencia del poder legislativo hacia Europa o hacia la regiones, no basta con la legitimidad suministrada por la representación parlamentaria, sino que es necesaria una base de apoyo mayor que es la que aporta el referéndum.

Tras el amistoso almuerzo, mi mujer y yo partimos para el Centro Koldo Mitxelena y visitamos la exposición dedicada a Menchu Gal: extraordinaria muestra de la singularísima pintora irundarra cuyo comentario puede quedar para otro día.

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  • Un almuerzo donostiarra

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    10179 | Antonio Elorza Dominguez - 04/09/2019 @ 09:48:52 (GMT+1)
    Muy personal y muy valioso

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