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TRIBUNA

Un contagio de fe

sábado 21 de septiembre de 2019, 19:23h

Cuando me entregó esos papeles, vi en sus ojos cuánto significaban para él. “Después de media vida juntos, mi única esperanza es saber que cuando muera, voy a reencontrarme con ella. Esa es mi gran ilusión”, me confesó. El texto no iba a poder entregárselo a María Victoria, pero me lo dio a mí. Supongo que por aquello de que las cosas buenas deben compartirse.

Recuerdo perfectamente el momento. La escena transcurrió en un ambiente festivo, en una comunión que reunía a varias familias en Irún. Miguel y yo nos acabábamos de conocer. Al principio, me sobrepasó hacerme cargo de sus pensamientos más íntimos; de sus dudas y sus seguridades; de sus anhelos; de eso que todo hombre alberga pero casi ninguno expresa por cobardía o falta de autoconocimiento.

Tardé en asimilar lo que tenía entre manos. Eran frases cortas, separadas en guiones pero relacionadas entre sí. No eran valiosas por su lirismo, sino por su sinceridad descarnada. Eran el testimonio de un gran amor, de una conversión y de una gran esperanza. Bajo el título Fogonazos de fe, Miguel hablaba de llamas, de un contagio.

En busca de un contagio me enfrento años después al texto. Y vuelvo a creer en el poder de la literatura. En la capacidad redentora de las letras, que esconden todo lo que uno es, y todo lo que uno podría llegar a ser, que diría Will Munny en Sin Perdón. Pienso también en lo bonita que es la nostalgia. Y en lo necesaria que es para la esperanza. Al fin y al cabo, la nostalgia no es más que la certeza platónica de que hay una vida más dichosa en otro mundo más bello. Un mundo en el que, sin duda, estará ella; en el que estará mi abuelo.

Ya perdonará el lector que hoy salga por estas peteneras filosóficas arrancadas del anhelo. Resulta que me he puesto metafísico. Y, por un día, he decidido cultivar el noble ejercicio moral y literario de escribir libremente sobre lo que me asalta. Como hizo Miguel el día que desnudó su alma en un rudimentario documento de Word. Así me recordó que la sencillez es la raíz de la belleza.

El texto cita a Juan Manuel de Prada y habla del coloquio inmortal: “Ese coloquio se prolongará en la otra orilla. Siempre juntos en la vida y en la Otra Vida reanudando el dulce privilegio de tenerse mutuamente por los siglos de los siglos”. Como desiderátum es hermoso. Pero también funciona como lección para quienes confunden la unión amorosa con cursilería andrajosa.

A medida que leo, confirmo mis creencias. El “amor” fue el peor invento, el peor invento del romanticismo más macabro. Aventura, pasión, sexo… Valiente superchería que pertenece a una visión del mundo que deviene necesariamente en frustración. Porque los cuentos, cuentos son. Y a la hora de explicar la compleja realidad del amor, no funcionan ni como caricatura.

El amor verdadero tiene más de aceptación que de devoción; más de anhelo que de plenitud y más de razón que de pasión. Pero el amor verdadero también requiere de fe. Quizá por eso se me resiste tanto.

Pocas certezas me quedan desde que me adentré en la abnegada labor filosófica: que amores como el de Miguel y María Victoria ya no se estilan; que la fe es un regalo destinado a unos pocos que verán el fuego; y que, como dijo el poeta, ser feliz consiste en no serlo y que no te importe.

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