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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Las nuevas suecas y los árabes

Juan Manuel Uruburu
viernes 27 de septiembre de 2019, 20:35h

Hoy día, en España, crece y se multiplica una nueva generación inmersa en nuevas realidades, bien diferentes a las que vivieron sus padres a su edad. Una de estas diferencias se muestra de modo evidente en la manera de pasar sus vacaciones. Del viejo Simca 1200 y el apartamento en las playas de la costa han pasado a los vuelos low cost y los pisos de airbnb. Los jóvenes de hoy día tienen delante de sí un extenso horizonte online para planear el próximo viaje, el próximo selfie, la próxima ilusión.

Como consecuencia de esto cada vez vemos más hornadas de jóvenes desembarcando allende fronteras, en busca de destinos exóticos, interesantes y que les permitan huir de las “clavadas” veraniegas de nuestro país. Entre otros rumbos, hoy día vemos cada verano a un número creciente de españoles y españolas desperdigarse por las playas y las medinas antiguas de países del Norte de África, como Marruecos, Túnez y, en menor medida, Egipto. En el caso de ellas, alegra la vista ver a estas nuevas generaciones que, munidas de smartphones cargados de ingeniosas aplicaciones, se recorren los rincones de estos países ante la mirada, entre socarrona y sorprendida, de la población local. Son chicas jóvenes, independientes, seguras de sí mismas y que se pasean por los zocos de las medinas hablando con la potencia de voz que caracteriza a nuestros compatriotas y negociando de tú a tú con los vendedores de los puestos de artesanía. En comparación con sus recatadas compañeras de generación árabes parecen salidas de otro planeta. La trenza rasta ondea al viento frente al impoluto hiyab, los visibles tatuajes, bronceados bajo el sol africano, frente a la recatada manga hasta muñeca, los piercings faciales frente a la cara recién lavada.

A la vuelta a España toca la sesión de muestra de fotos, de manos decoradas con henna, de relatos carcajeantes. Algunas de estas jóvenes son alumnas mías en la Facultad de Árabe. Cuando me cuentan sus peripecias por el Norte de África su relato suele coincidir en una conclusión, del tipo “sí, la gente es muy maja, pero los tíos … jo, que pesaditos se ponen”.

Cuando lo oigo sonrío para mis adentros. Imagino y comprendo el efecto explosivo que nuestras guerreras causan entre la población masculina árabe. Lo comprendo porque uno ya peina ciertas canas y puede aplicar a este fenómeno aquello que se conoce como la memoria histórica. En este sentido, mi memoria canosa se remonta al ambiente veraniego de las costas españolas en las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado. Recuerdo inmediatamente, por medio de vivencias personales y por el cine, magnífico desde un punto de vista sociológico, de actores como Landa, López Vázquez, Ozores y otros, la figura impactante de la sueca curvilínea que doraba sus carnes al sol mediterráneo ante los ojos desorbitados del homus hispanicus. Realmente la vida no es como las películas y no se puede decir que lo que aterrizaba en Madrid, Málaga o Palma fuera un desfile de modelos. Las había de todo tipo, como los colores, pero para el españolito soltero (y alguno casado), la llegada de estas mozas nórdicas representaba más cosas que el puro morbo físico. Del mismo modo, puedo entender perfectamente cómo la llegada de nuestras féminas a las playas y medinas árabes puede tener un impacto explosivo para los ojos del joven (y no tan joven) árabe medio.

Por un lado la posibilidad de ligar con una españolita puede representar un elemento de prestigio para este árabe quien, acompañado por Verónica, Lucía o Rocío se puede presentar ante su grupo de amigos como un triunfador que ha logrado sobrepasar el estrecho mundo de su sociedad tradicional. ¿Acaso no nos recuerda al pavoneo de Mariano cuando se presentaba ante sus amigos en la plaza del pueblo acompañado por Nancy?

Otro factor importante es el idiomático. Sabido es que la sociedad árabe y, especialmente, los jóvenes tienen una vocación infatigable por el conocimiento de lenguas occidentales como el inglés, francés o español. ¡Qué mejor plan que practicar una lengua extranjera, durante horas y días, con una fermosa manceba nativa! Ya se sabe, para un idioma extranjero nada hay tan productivo como llevarse el diccionario a la cama, aconseja el viejo dicho.

Y ya que estamos con asuntos de cama no nos olvidemos de algo importante, especialmente a ciertas edades: la hormona es la hormona y hay que darle alguna salida. Al igual que la sueca macizorra representaba un ideal de sensualidad y desenfreno, frente a la recatada sonrisa de nuestra Laly Soldevila, la española simpática y receptiva puede suponer para algunos una posibilidad real de tener una aventura en sociedades donde no abundan estas oportunidades para los solteros. Tampoco ayuda al desenfreno el hecho de que las relaciones sexuales extramatrimoniales estén tipificadas como delito en los Códigos Penales de los países árabes.

También podríamos hablar de aquella minoría de islamistas beligerantes que miran con cierto desprecio a la joven occidental, pero son harina de otro costal. Lo dejaremos para otra ocasión.

En fin, ¿Qué podemos decir de todo esto? Son solo generalizaciones, válidas como tales, no como dogmas ¿Que sus acercamientos son, a veces, un tanto toscos, repetitivos y poco refinados? Puede ser, pero no creo que la mayoría de los de nuestros compatriotas a la deseada sueca fueran mucho más allá de frases como “Do you like paella and sangría?” , o “España es una pasada, isn´t it?”.

Quizá, recordando aquello que fuimos podemos comprender mejor que los árabes no son extraterrestres, apartados del resto de la humanidad y que un día aparecieron en nuestro planeta munidos de babucha y chilaba. En realidad son sociedades que responden de maneras similares al resto del planeta ante circunstancias parecidas. Como dicen los árabes “nada nuevo bajo el sol”. Realmente parece que los escenarios no cambian, solo los personajes. Ahora López Vázquez, Ozores o Esteso ya no están en Torremolinos. Están en Marraquesh, Essauira o Hammamed y se llaman Rachid, Mustafá o Ahmed. Las suecas, por su parte, ya no vienen de Estocolmo. Vienen de Madrid, de Sevilla o de Valencia, se llaman Aurora, Jessica o Rocío y las vemos todos los días aquí, a la vuelta del verano.

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