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Novela

Fernando Vallejo: Memorias de un hijueputa

domingo 06 de octubre de 2019, 20:19h
Fernando Vallejo: Memorias de un hijueputa

Alfaguara. Barcelona, 2019. 188 páginas. 18,90 €. El tan brillante como iconoclasta escritor colombiano regresa con una novela, las memorias de un singular dictador, en el más puro estilo Vallejo. Provocación y dominio del español a raudales. Por Adrián Sanmartín

A Fernando Vallejo (Medellín, 1942) bien pudiera aplicársele el título de una célebre película de Vicente Minnelli: Con él llegó el escándalo. Iconoclasta, irreverente, provocador, polémico, incómodo, contradictorio, a sus más de setenta años el escritor colombiano, a modo de un Houllebecq del otro lado del Atlántico, sigue siendo el enfant terrible de las letras latinoamericanas. En su obra y en sus declaraciones no deja títere con cabeza, arremetiendo contra tirios y troyanos, empezando por su propio país, aunque da la impresión de que, en realidad, lo ama tanto como lo detesta. ¿Tenía razón su hermana Gloria cuando ha confesado que Fernando “agrede todo lo quiere”?

Nacido en el seno de la alta burguesía -es hijo de Aníbal Vallejo Álvarez, destacado abogado y político-, tras cursar sus primeros estudios en su ciudad natal, se trasladó a Bogotá donde se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia y en la de Biología de la selecta Universidad Javeriana, centro de formación de la elite colombiana. Posteriormente, viajó a Europa y estudió cine en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma. En 1971 tomó una de las decisiones más polémicas de su siempre controvertida trayectoria: abandonar Colombia y renunciar a su nacionalidad para instalarse en Ciudad de México en compañía de su pareja el escenógrafo mexicano David Antón, fallecido en 2017. Parece ser que David Antón, el gran amor de su vida, trataba de contener la lengua de Vallejo, con escaso éxito. Se cuenta la anécdota de que cuando Antón acompañó a Vallejo a Caracas en 2003 a recoger el Premio Rómulo Gallegos -uno de los numerosos a los que se ha hecho acreedor-, le pidió que no despotricara contra Chávez por lo que pudiera pasar. Vallejo se lo prometió, pero, naturalmente, no cumplió su promesa. Genio y figura…

En varias ocasiones, Fernando Vallejo señaló que moriría en México, pero el pasado año volvió a Medellín. Algunos dicen que para reencontrarse con sus fantasmas, quizá sobre todo el de su madre. Sea como fuere, si Vallejo escribió en México prácticamente toda su obra, la que ahora acaba de publicar, Memorias de un hijueputa, la ha compuesto en Medellín. Y está llena de fantasmas. No pocos de ellos los que su protagonista, un dictador sin nombre, mandó fusilar cuando estaba en el poder. Ese poder que dejó, dice que por cansancio. Legó a su sobrina, editora de libros pornográficos y libertarios, una especie de memorias, que esta ordenó. Memorias de un hijueputa fue uno de los libros más vendidos y comentados de la edición de este año de la Feria del Libro de Bogotá.

Memorias de un hijueputa es una suerte de monólogo alucinado y alucinante en el que su protagonista, arremete contra todos y contra todo, en una Colombia, “esa yegua arrecha”, a la que dice metió en cintura. Por momentos, Vallejo se refiere a algunas obras anteriores y la biografía de su personaje y la suya propia se cruzan: los dos nacieron en Medellín, añoran sus años infantiles en la finca de Santa Anita, estudiaron cine en Roma, no ocultan su homosexualidad, sino todo lo contrario, odian a los políticos, los médicos y la Iglesia, han viajado mucho, y denuncian esa “paz” que se consiguió dejando impunes los crímenes de las FARC: “Cinco años se arrastró el proceso de la impunidad con los faracos en La Habana pagado por el erario de Colombia y con la bendición de los carceleros de Cuba, los hermanos Castro”.

En el más puro estilo Vallejo, su última novela da cuenta de la visión dura, sarcástica y pesimista que el autor colombiano tiene del mundo y del ser humano: “¿No ven que el hombre nace malo y la sociedad lo empeora? Se le debe castigar desde la más tierna infancia. Desde antes, incluso. Desde la preinfancia”. Así, aclara el memorialista, aprenderá que “lo que le espera en la vida no es precisamente leche y miel”.

Quizá por eso ahora solo cree en los animales y, eso siempre, ama la lengua española, que domina con total maestría. En una reciente entrevista, concedida a Antonio Lucas, con motivo de la aparición de Memorias de un hijueputa, señala: “Pablo Iglesias, por ejemplo, quien le pone de nombre a la coalición de partidos que preside "Unidas podemos". ¿Por qué en femenino? En español "unidas", como en este caso, solo significa a las mujeres. "Unidos", en cambio, significa tanto a los hombres como a las mujeres. No puede este tontarrón violentar de semejante manera a una lengua de mil año”.

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