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DESDE ULTRAMAR

Don Miguel León-Portilla

jueves 10 de octubre de 2019, 20:37h
La sentida muerte del ínclito Miguel León-Portilla el pasado 1 de octubre de 2019, es un tema ineludible en este año del V centenario del arribo de Hernán Cortés a costas mexicanas. Su amor al pasado prehispánico de México y sus estudios cortesianos, son un patrimonio inmarcesible para la Humanidad.

La predilección y científica entrega al conocimiento desde una privilegiada y sapientísima mente como la de León-Portilla, que deja vacantes diversas renombradas instituciones como la Academia Mexicana de la Lengua, o en la Mexicana de la Historia –correspondientes ambas, de las respectivas españolas– o en El Colegio Nacional, entre otras, y con los máximos honores, conformaron una trayectoria que bien que contrasta con los saqueadores de los tesoros de México, que todavía en nuestra época siguen lucrando con tales allá en monísimas y reconocidísimas casas de subastas europeas o yanquis y que es un asunto que retomaré la semana entrante.

Por esta vez me aboco al personaje ilustre que nos congrega. Ha muerto el insigne historiador que nos acercó de forma renovada a conocer los pueblos ancestrales de México y en efecto, revitalizó la visión de los vencidos. Los vencidos en la Conquista española que fue, que existió, con sus luces y sus sombras, que no merece la pena negarla ni minimizarla, sino abordarla en un plan constructivo e inteligente. Tal y como lo hiciera León-Portilla. Mirándola con los ojos del siglo XXI, sin falsos pudores desde ambas orillas del Charco. Al hacerlo como él, nadie necesitaría acomplejarse ni evadirse. Nadie. En ambos extremos.

Para más señas, a León-Portilla debemos que lanzara aquel de consuno oportuno matiz en la frase “Encuentro de dos mundos” que en torno a 1992 se enalteció y con la cual se proponía abordar, dimensionar de forma reflexiva y animadamente tolerante, el siempre polémico descubrimiento y la conquista de América. Si otro mexicano, O’Gorman, hablaba de la invención de América, con León-Portilla se buscaba ser conciliador, alejándose tanto del triunfalismo español que muchas veces omite la parte menos grata del suceso, soterrándola, como de la parte reclamante y beligerante mexicana, que no perdona la conquista española. En medio de ambas posturas hay dos países dialogantes y dispuestos a conocerse. Y conciliar propicia escuchar al otro. Siempre es menester y más tratándose de España y de México, en un diálogo franco y abierto, en el que no nos contaremos cuentos.

Qué bien que partiera de América esa propuesta y fue muy provechosa. Y claro: quienes recordamos vívidamente el 92, sabemos que no sin réplicas y asegunes, la expresión de León-Portilla fue empleada en ambas orillas del Atlántico.

Hombre de letras, referente obligado, necesaria fuente de revisión para abordar y conocer mejor el México antiguo, León-Portilla se crece con su muerte. Lo vi en 2009 durante el accidentado Congreso Internacional de Americanistas celebrado en Ciudad de México, donde jocoserio y sencillo, señalaba que le agradaban tales actos académicos, porque en ellos constataba que la gente no tiene solo cara de libro, sino de autor, personas de carne y hueso. Magnifica referencia y comparación celebrada por todos, quienes le aplaudimos rabiosamente. Fue una conferencia muy grata de oír y aleccionadora.

He pedido a d. Marco Antonio Cervera Obregón, arqueólogo mexicano, doctor en Arqueología clásica por la Universidad de Barcelona y especialista en historia y arqueología mexica, quien funge como investigador de tiempo completo en el Centro de Investigación en Culturas de la Antigüedad de la Universidad Anáhuac, y es autor de varios libros, entre ellos Breve historia de los aztecas, sus autorizadas reflexiones acerca del destacado personaje, accediendo generoso a referirse a las aportaciones de una generación desaparecida, cuyo último florón acaso era el multicitado dr. León-Portilla.

Nos dice el dr. Cervera: “su muerte representaría casi la culminación de toda una generación de estudiosos que sentaron, sin lugar a dudas, las bases de los temas mesoamericanos y la arqueología mexicana –significándonos mucho, singularísimamente, porque nos formaron en la Escuela Nacional de Antropología e Historia– y León-Portilla es producto de su tiempo, del nacimiento de la antropología mexicana con la misión de proporcionar los fundamentos que la sustentan; si se quiere, con una política de estado nacionalista, con la revaloración de los grupos indígenas y sobre todo, de la comprensión del concepto de Mesoamérica, del cual don Miguel fue partícipe.

Don Miguel es el último de una gran generación de sabios de la talla de Alfonso Caso, Ignacio Bernal, Román Piña Chán, y otros tantos a quienes debemos mucho para estudiar y comprender sobre las problemáticas del México prehispánico y del México indígena, temas que están aún en debate y bajo la lupa de quienes seguimos sus pasos.

Mientras la arqueología avanzaba de forma importante en la compresión de las civilizaciones prehispánicas de México, don Miguel hacía algunas de las primeras traducciones de los textos escritos en idioma náhuatl, los códices, fundando igualmente el Seminario de Estudios de Cultura Náhuatl del cual surgirán otros grandes herederos y maestros como Alfredo López Austin, Carlos Martínez Marín, Patrick Johansson, entre otros investigadores generando una escuela mexicana en torno a la historiografía del mundo mexica. Todo ello combinado con lo que posteriormente revelaron los hallazgos del Templo Mayor, con los cuales los estudios mexicas progresaron notablemente.

La aportación cultural a México –y al mundo– de Don Miguel es grande. Hablamos de más de sesenta años de estudios y su defensa cultural de nuestro país, de la divulgación de las lenguas indígenas; y si bien algunas de sus obras no dejarán de ser un clásico en la historiografía de la Conquista y del mundo mexica, tal y como sucede en el caso de su Visión de los vencidos, aquella en específico bien que debe de ser motivo de críticas constructivas y discusiones académicas acordes.

La paradoja que nos envuelve hoy a los mexicanos es que un sabio como lo fue León-Portilla y de los que nos quedan muy pocos, falleciera en plena conmemoración de los quinientos años del arribo de Cortés a tierras mesoamericanas. La visión que hoy estamos reevaluando de la Conquista y de Mesoamérica, tiene el compromiso de hacer ajustes a ideas equivocadas, sí, pero también tiene la obligación de hacer valer las aportaciones de alguien que nos hereda un legado, pues en palabras del maestro: ‘entregamos la carga de los destinos a quienes vienen detrás de nosotros’. Recibámosla y desarrollémosla.”.

Así pues, se ha marchado León-Portilla, empero nos deja su pasión, su esmero, su entusiasmo por el apego al conocimiento. Eso es invaluable, ese es el caudal que traspasa a todos nosotros en pro del conocimiento del México precolombino, cuyos ecos palpitan en nuestros corazones, los de propios y extraños. Ya estarán contentos de saludarlo el español Américo Castro y Hugh Thomas, amantes y estudiosos de la cultura antigua de México. Después de todo, los tres exaltaron la
Hispanidad a su modo, cual conglomerado de realidades que es. Digámosles: ¡muchas gracias!
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