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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

La cesta de la compra y la revolución en el Mundo Árabe

Juan Manuel Uruburu
lunes 14 de octubre de 2019, 20:11h

Hubo una temporada, en los albores de nuestra democracia, en la que el fundador y entonces líder de Alianza Popular, Manuel Fraga, centraba su discurso político en lanzar al gobierno encendidas arengas sobre el precio de los garbanzos en la España de finales de los setenta. Este discurso, en realidad, tenía amplias connotaciones que iban más allá del valor de esta emblemática legumbre de secano. El mensaje que aparejaba venía a decir que a los españoles de entonces no les importaban las cuestiones macroeconómicas ni el debato político sobre la nueva democracia, sino el precio de la cesta de la compra. Un mensaje un tanto simplista, pero efectivo y que nos lleva a plantearnos la pregunta del millón: ¿Acaso la sociedad contemporánea se conforma con mantener la barriga llena?

En los países árabes la cuestión de la cesta de la compra tiene y ha tenido una particular importancia a la hora de interpretar los movimientos sociales contemporáneos. De hecho, la cuestión alimentaria, en combinación con otros factores, forma en muchos países árabes un coctel con efectos explosivos cuando no han sido gestionados con acierto por sus gobiernos.

Para comprender esta cuestión debemos tener en cuenta, en primer lugar, que la mayoría de los países árabes padece el problema estructural de la insuficiencia alimentaria, es decir, que la producción agropecuaria es inferior a las necesidades de su población. Esto se debe, en su mayor parte, a una cuestión climatológica. Como es sabido, la mayoría de países árabes tienen una parte importante de su territorio cubierto por un desierto imposible de desarrollar en términos de producción agropecuaria. En otros casos, esta insuficiencia también es debida a orientaciones estratégicas de la economía, como en el caso de Argelia, que desdeñó la producción agrícola heredada de la época colonial para centrar sus esfuerzos en el desarrollo de un tejido industrial moderno y competitivo.

A esta realidad podemos añadir otra circunstancia que puede dificultar aún más la labor de un gobernante árabe, como es la de la creciente superpoblación. En algunos países como Egipto, el crecimiento demográfico se encuentra en una fase bastante descontrolada, lo que ha llevado al país del Nilo a alcanzar recientemente la cifra de cien millones de almas sobre su superficie.

Para finalizar esta combinación hemos de recordar que el nivel de renta per cápita en los países árabes, exceptuando los del Golfo Pérsico, es considerablemente reducido. En este sentido, en los países del Norte de África el porcentaje medio de renta per cápita destinado a la alimentación oscila entre el 60 y el 80 por ciento del total, mientras que en Europa fluctúa entre el 10 y el 20 por ciento.

Ante esta perspectiva, los gobiernos de estos países cuentan apenas con el margen de acción que le ofrece la venta de sus recursos naturales, fundamentalmente gas y petróleo, para la adquisición de alimentos en los mercados internacionales. Dichos alimentos son posteriormente vendidos al sector privado a precios bonificados como medio de compensar los costes de importación y la escasa renta del consumidor final.

Sin embargo, este esquema cuenta con un elemento de incerteza que impide una planificación económica y presupuestaria estable, como es el hecho de la volatilidad de precios en los mercados internacionales de los hidrocarburos y de los alimentos. Ambos productos están sujetos a fenómenos imprevisibles que, en muchos casos, se originan muy lejos de los países árabes y pueden desbaratar cualquier previsión económica. En el caso de los hidrocarburos por las complejas dinámicas de la oferta y la demanda que pueden provocar contracciones brutales de precios en tiempo record. En el de los alimentos podemos citar la creciente extensión de la agricultura destinada a la generación de bio-etanol, las eventuales malas cosechas en los grandes productores de cereales o la creciente especulación de sobre los precios agrícolas en los mercados internacionales de futuros.

Estas enormes oscilaciones solo han podido ser mitigadas con el clásico y peligroso recurso de la deuda externa. Clásico porque es consustancial al desarrollo de cualquier estado moderno y peligroso porque puede acabar estrangulando la capacidad operativa de los gobiernos en una cuestión vital, como es el abastecimiento de alimentos a las clases más desfavorecidas.

De este punto de vista podemos entender mejor la permanente inestabilidad social que ha acompañado a los países árabes desde su joven independencia. Las promesas y esperanzas de desarrollo que dirigentes históricos como Boumedian, Nasser o Bourghiba, colocaron en sus pueblos se vieron desde un primer momento comprometidas por los factores arriba mencionados. Por ello, si retrocedemos la vista, podemos ver como buena parte de las grandes convulsiones sociales en los países árabes desde su independencia, están relacionadas con desequilibrios entre la ecuación formada por el trinomio precio de los alimentos, nivel de deuda externa y precio de los recursos naturales. Cuando uno de estos elementos se ha descontrolado los resultados han sido brutales para las sociedades árabes. En este contexto se pueden encuadras las revueltas de Túnez y Marruecos en 1984, que produjeron cientos de muertos cuando los manifestantes trataban de asaltar los almacenes generales de alimentos. Pero sin duda, las consecuencias más dramáticas de estos desequilibrios se vivieron en Argelia. La drástica caída de los precios de los hidrocarburos, a mediados de los ochenta, llevaron al país norteafricano a destinar la casi totalidad de la renta de sus exportaciones a la amortización de la deuda externa. La única solución que pudo encontrar el gobierno de Argelia fue decretar una drástica reducción de los subsidios a los alimentos cuyo precio se dispararía en los mercados. La consecuencia inmediata fue la irrupción en 1988 de unas revueltas generalizadas en el país, reprimidas a sangre y fuego, con un balance de cerca de 500 muertos. La única válvula de escape del gobierno argelino fue la de abrir el sistema, convocando las primeras elecciones multipartidistas de su historia. Para sorpresa del poder, aquellas elecciones fueron ampliamente ganadas por el único partido limpio de la sombra de la corrupción, el Frente Islámico de Salvación. El resto ya es historia, un Golpe de Estado cruento que clausuraba la tímida apertura política y una guerra civil que provocará en torno a doscientos mil muertos.

De toda esta deriva de periodos de calma y turbulencia solo escaparon los Estados del Golfo Pérsico. Su escasa población y el elevado nivel de renta per cápita le ha permitido superar sin grandes sobresaltos los periodos de mayores oscilaciones en los precios internacionales de hidrocarburos y de alimentos, permitiendo la continuidad de unos regímenes políticos que comparten muchas de las deficiencias de sus vecinos norteafricanos y medio-orientales.

Esta cuestión nos permite analizar desde otros puntos de vista los recientes acontecimientos de las primaveras árabes. Es cierto que las dictaduras, el nepotismo, la corrupción y la represión a la disidencia pesan como losas en el ánimo de las personas. Pero entre todos los problemas que atenazan el día a día de la población árabe hay uno que no admite demoras y negociaciones. Se trata del hambre. Hace ya muchos años Karl Marx venía a decir que el aguijón del hambre, la desesperación y la miseria constituyen el único motor posible de una transformación social. Tal vez, desde este punto de vista se pueda comprender mejor mucho de lo que ha sucedido, sucede y, me temo, que seguirá sucediendo en el Mundo Árabe contemporáneo.

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