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Una vida en vano

domingo 10 de agosto de 2008, 20:59h
María está estupenda a sus ochenta y pico años. Las amigas de toda la vida con las que se cruza cada mañana cuando da su paseo diario no dejan de alabar su porte, su clase y su belleza. Ella, fingiendo una humildad que nunca ha estado entre sus múltiples cualidades, les responde con una sonrisa condescendiente y resignada, que guapa lo fue de joven, no ahora. En el fondo, sabe que sí, que a pesar de los pliegues que cubren lo que antaño fueron unos pómulos perfectos y de que esa cintura de avispa de la que tanto se enorgullecía haya dado paso a una señorial redondez, la belleza fue y sigue siendo su tarjeta de visita frente al mundo. Y camina orgullosa, acallando los demonios interiores con una rígida monotonía de culto al cuerpo, su cuerpo, envejecido, débil y arrugado, pero digno y tan bello como puede serlo a los ochenta y pico años.

El resto del día lo pasa en casa, rumiando los piropos y alabanzas de las mañanas, de las pasadas y las futuras. Cuando se cansa, pasa a las palabras bonitas y de admiración que ha recibido a lo largo de su vida. Recuerda con orgullo como la miraban los chicos del pueblo, sonríe para sus adentros pensando en que durante años fue la chica más guapa de la provincia y acaricia su alma envejecida con recuerdos dorados en los que sólo reina ella y su belleza. No hace nada más porque por las tardes no se siente con fuerzas para salir de su jaula de cristal. Conforme anochece una melancolía traicionera y sibilina, como una niebla negra, empieza a apoderarse de su ser. Entonces los recuerdos y las alabanzas se vuelven amargos.

Los paseos matutinos comienzan a parecer absurdos y, por un momento, siente unas irremediables ganas de gritar, de contar a todo el mundo todos esos pensamientos, esas sensaciones y esas palabras que nunca salieron de su boca y apenas se atrevió a esbozar en su mente, durante una vida entera en la que su belleza y porte lo han ocupado todo. Afortunadamente, la química es casi mejor que un confesor y, cuando los recuerdos bonitos dejan de acariciar para morder el alma acude en su ayuda cuan caballero andante. Todos los días a la misma hora, con la misma disciplina del paseo matutino, María se toma la pastilla que le ha ayudado a seguir siendo un regalo para la vista desde que las palabras bonitas y las miradas de admiración dejaron de ser suficientes.
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