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TRIBUNA

Ni clase, ni patria, ni rey

jueves 24 de octubre de 2019, 20:25h

No será fácil evitar que un manto de melancolía cubra la vida diaria de los españoles que cotidianamente se afanan en sus trabajos o en sus casas, con amigos, familiares o compañeros, en el esfuerzo de mantener, sin estridencias, una actitud digna y reposada en un ambiente en que medra la canalla. Jamás he ostentado patriotismo, he sido ajeno a la faramalla de los iconos y las banderas. Respetuoso con los símbolos que reconozco como tales, no he querido confundir el símbolo y lo simbolizado. Las injurias a los símbolos – como ataques en efigie – han de responderse como actos que son de ataque u ofensivos. Pero quemar la bandera no es – todavía – quemar España, como la intención no es la realización efectiva del acto. Y sucede que a menudo el acto se agota en la intención, porque es también una intención simbólica, una agresión intencional. Pero es otra cosa lo que hoy estamos presenciando.

Por mi parte he querido llevar a España menos en la boca que en el corazón. Así cuando sube a la boca resuena de otro modo. Era España una presencia firme y fundamental, un supuesto tácito pero inamovible, no tanto porque ignorara su naturaleza histórica y temporal, sino porque su magnitud parecía garantizar una duración indeterminada: sin plazos ni fronteras.

Esa presencia elemental jamás resultó contradictoria con una sensible conciencia de clase. Vida de barrio en la periferia de Madrid, con familiares emigrados a Cataluña o al País Vasco desde el sur peninsular, nieto de mineros represaliados por su compromiso político, hijo de trabajadores casi analfabetos, pero educados en una actitud de trabajo, humildad y respeto al prójimo que ha desaparecido de la faz de la tierra. Tras el ocaso del aliento universal que soplaba sobre la clase obrera, como había soplado sobre la monarquía católica, he lamentado la ausencia tanto de una derecha social, cuanto de una izquierda nacional. España, recogida en sus fronteras peninsulares, pudo evocar la figura de D. Quijote retornado a su pequeño señorío a la espera “de una ocasión cualquiera de intervenir de un modo digno en la historia universal” (G. Bueno). Pero esa ocasión, el divino kairós, se ha oscurecido y se oscurece cada día más. La clase obrera, distribuida en naciones políticas, hubo de reconocer éstas como una realidad irreductible a mera superestructura. Todavía pudo creerse en una revolución en cadena, cuyos eslabones nacionales romperían su articulación por el más débil. Poco a poco, sin embargo, el marxismo perdió su potencia de expansión universal y desapareció de la definición de los partidos “de izquierda”. Por su parte, el catolicismo político – más allá del gesto defensivo del XIX – quiso abrirse al mundo que recorrió sus estancias no sé si ventilando o, más bien, barriendo su contenido. Con su actualización no sólo perdió – a mi juicio – su calidad de refugio, sino que se vio invadido y arruinado por novedades arrasadoras.

Por un tiempo pudimos creer que – alejados de todo programa de acción universal – sería posible recogerse en la vida cotidiana, atender a las tareas domésticas y cuidar de los hijos o de los padres, o volver sobre el pasado para conocer el curso de la realidad que conduce a este presente sin horizonte, pero recoleto y pausado. Hoy esa confianza ingenua se desvela como una ilusión irresponsable y habremos de reconocer – contra el irenismo ingenuo al modo de Tolstoi – que no es posible desanclar nuestra vida antropológica, nuestro mundo cerrado y amable, del horizonte universal hacia el que se dirige un orden antropológico llevado por fuerzas históricas de las que no puede soltarse. En el huracán histórico se impone el universalismo abstracto del mercado y la sociedad global que, en pos de un Estado planetario, parece exigir ya la fragmentación política en unidades nacionales de corto radio.

Sin clase y sin patria vivimos hoy, más que nunca, desolados. Sin la posibilidad de atenernos a lo más inmediato: la casa, la familia, el trabajo cotidiano y la pequeña esperanza de ser mañana, en el sueño de los nuestros, un recuerdo venerado. La descomposición de este orden antropológico de la vida diaria y la comunicación con el prójimo está vinculado internamente con la globalización abstracta y el nuevo orden político que arrastra. Cada vez que escucho la palabra “independencia” resuena en mis oídos como un eco “soledad”. Naciones menores niegan su pertenencia a las viejas naciones canónicas – según el canon nacional del XIX – y piden su inmersión directa en el orden universal del género humano. Allí se confunden hombres sin atributos, gestionados por estructuras administrativas, que vigilarán con un rigor puntilloso su libertad indeterminada, su libertad para nada. Hablarán una lengua patria falsamente comunitaria y serán llevados, en la lengua franca del mundo globalizado, por el viento cosmopolita del gran mercado planetario. Ése es el imperialismo triunfante, el único universalismo vigente, escondido tras un estúpido alarido de independencia y democracia morbosa.

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