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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Mauritania: El país del tren

Juan Manuel Uruburu
sábado 26 de octubre de 2019, 19:18h

Podría parecer un contrasentido definir a un país con una superficie que aproximadamente dobla a la de España, con menos población que la ciudad de Madrid y casi carente de vías ferroviarias, como el país del tren, pero esto tiene su lógica. Debo, en primer lugar, aclarar que cuando utilizo el término “tren” no me refiero al sentido genérico de conjunto de estructuras férreas sino a su sentido literal como sustantivo singular, es decir, un tren. Realmente, Mauritania es un país que ha viajado desde su independencia a lomos de un colosal tren que ha unido su desértico y rocos territorio interior con la costa del atlántico.

Para ello debemos remontar nuestra visión hacia el pasado, aproximadamente un siglo atrás. El nacimiento de Mauritania es casi una casualidad. Francia, como potencia colonizadora deseaba tener vía libre para mantener una conexión por tierra entre sus dos principales centros administrativos del África Occidental, esto es, Argel y San Luís, en Senegal. Por ello, en 1920, delimitó un enorme pedazo del desierto del Sáhara y lo elevó a la categoría de colonia de su Imperio. El periodo colonial pasó sin pena ni gloria. La aridez extrema del territorio y su escasa población no incentivaron ni el comercio con la metrópoli ni el establecimiento de colonos. Apenas los sufridos soldados y algún que otro funcionario caído en desgracia tuvieron el honor de llevar a aquellas tierras desoladas un pedacito de la grandeur francesa.

Llegaron los años cincuenta y la cuestión colonial se complicó severamente para nuestro país vecino. En 1954 el FLN argelino iniciaría una movilización armada en Argelia, mientras que los vecinos marroquíes y tunecinos empezarían a llenar calles y plazas en muestras de solidaridad magrebí. Francia comprendió que había que soltar lastre si quería mantener bajo su soberanía al millón de pied noirs que, por entonces, vivía en Argelia. Tras tantear con un proyecto de autonomía bajo soberanía francesa, rechazado enérgicamente por los países africanos afectados, se puso manos a la obra para crear nuevas naciones independientes en lo que habían sido sus antiguas colonias del África Occidental. Una de estas naciones habría de ser Mauritania.

Ahora bien, para crear un nuevo país era imprescindible encontrar una manera de financiar, en la medida de lo posible, las estructuras del futuro Estado mauritano. Para ello, el gobierno francés desempolvó un viejo informe de 1935 en el que se detallaba la existencia de importantes reservas de hierro en la región de Zuarat, situada en el extremo noroeste del país. En su momento, la extracción y manipulación de aquellas minas se consideró inviable, principalmente por los altos costes de transporte, habida cuenta de que Zuarat se encontraba a 650 kilómetros de la costa atlántica.

Sin embargo, los nuevos vientos políticos de la descolonización volverían a traer a la luz este proyecto. En un contexto de expansión industrial europea tras la creación de la Comunidad del Carbón y del Acero, y ante el rápido agotamiento de las reservas de hierro en la cuenca del Ruhr, la idea de extraer hierro del corazón del Sáhara y transportarlo hasta Europa, se volvió interesante, no solo desde el punto de vista político, como también desde el económico.

Por ello, a partir de 1959, coincidiendo con la inminente independencia del país, comenzarán a construirse las infraestructuras necesarias para la extracción y el transporte del mineral de las minas de hierro de Zuarat, en el Norte del país. Estas obras serían realizadas por la empresa MIFERMA, propietaria de la concesión minera y que estaba constituida en un 58 por ciento por capital francés y el porcentaje restante por capital procedente de compañías de varios países europeos, quedando apenas un 5 por ciento en manos del Estado mauritano. De este modo, la primera, y casi exclusiva fuente de exportaciones del país se orientaría directamente hacia los mercados de Francia y de otros países europeos y la exportación de mineral de hierro funcionaría como motor de la débil economía mauritana.

Como decíamos, el principal desafío para aquel ambicioso proyecto era el de mantener su rentabilidad a pesar de los costes de transportar el mineral a través de buena parte del desierto sahariano. Pues bien, la solución encontrada fue la más lógica; esto es, rentabilizar al máximo cada traslado de mineral por medio de la creación del que sería, por aquel entonces, el mayor tren de carga del mundo.

Aquella solución se materializó en un tren colosal, tirado por cuatro potentes locomotoras, con composiciones de más de 200 vagones y con una extensión de más de dos kilómetros. Un tren que, cargado hasta los topes, habría de atravesar uno de los desiertos más áridos del mundo hasta llegar a la costa del Atlántico.

La repercusión de aquella obra sería decisiva para el joven Estado mauritano. La llegada del mineral de hierro a la costa requerirá el desarrollo de infraestructuras para la exportación de mineral de hierro desde el puerto de Nuadibú hacia Europa. Se creaban nuevas oportunidades de trabajo que rápidamente atrajeron la emigración rural, convirtiendo lo que era una pequeña aldea pesquera en la actual segunda ciudad del país. Finalmente, la existencia del puerto minero permitió la creación de las primeras estructuras para la descarga y manufacturación de los productos pesqueros, sentando los cimientos de la que, con los años, se revelará como segunda fuente de ingresos por exportación de Mauritania.

Durante años, el tren minero supondrá una bocanada de aire fresco para las muy necesitadas arcas del Estado mauritano, ahora bien, también se situará en el centro de algunas de las más graves tormentas políticas que afectarán a este país.

A comienzos de los años setenta el gobierno mauritano, presidido por el “padre de la independencia”, Mujtar Ould Daddah, sucumbiría a la manzana envenenada que le ofrecía el Rey Hasan II de Marruecos. Así, Mauritania aceptará embarcarse junto con Marruecos en la ocupación del Sáhara español, a cambio de la anexión del tercio sur del territorio y, de obtener el reconocimiento internacional por los demás países árabes que hasta entonces bloqueaba Marruecos.

Los nuevos aires de reconciliación parecían muy favorables. Llegaría la financiación árabe de los países del Golfo y el gobierno mauritano se animará a emitir su propia moneda, la ouqiyya, y a nacionalizar las minas de Zuarat y su emblemático tren.

Sin embargo, la aventura saharaui no le pudo salir peor a Mauritania. Los aguerridos soldados del Polisario encontraron un modo simple y efectivo de estrangular la frágil economía mauritana. Así, entre 1976 y 1978, volarán en repetidas ocasiones diferentes tramos de la línea ferroviaria de transporte del mineral, dejando bajo mínimos su capacidad de transporte y la entrada de divisas del Estado. Ante esta coyuntura el ejército destituyó a Ould Daddah, se retiró del Sáhara e hizo las paces con el Polisario. El tren volvía a funcionar y las divisas volvían de nuevo.

Durante los siguientes años, el tren minero ha seguido su curso, sin prisa pero sin pausa, como dijo alguien. Sus perspectivas parecen favorables. En el interior del Sáhara mauritano siguen descubriéndose yacimientos de cobre, zinc y otros metales que permiten augurar muchos más viajes de esta mole hasta las costas de Nuadibú.

Actualmente el tren minero continúa surcando el corazón del Sáhara llevando toneladas de minerales desde la profundidad del desierto hasta la costa atlántica. Junto a los cientos de vagones de carga suele incorporar dos o tres vagones de viajeros, por lo que, si buscan realizar un turismo verdaderamente alternativo les animo a que visiten este gran país a lomos de su tren. Además de ver paisajes singularísimos podrán sentir la sensación de estar surcando la columna vertebral de este joven y desconocido país llamado Mauritania.

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