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AL PASO

Sin Santos Juliá

martes 29 de octubre de 2019, 20:35h

No sabe uno qué imagen de Santos Juliá evocar, pues debería trascender los momentos personales, el plano afectivo al que se ha referido Fernando Vallespín, desde que coincidimos en el seminario que en los primeros setenta del pasado siglo organizase Manuel Tuñón de Lara en Pau, a la caída de la tarde tomando unas cervezas al aire libre en alguna terraza de la parte vieja de la ciudad francesa, o, después, tantos años más tarde, comiendo en Salvador, en un ambiente taurino con Francisco Rubio y Javier Pradera en los días previos a Navidad, o, en los últimos tiempos, en la tertulia de la Plaza de Cataluña cada mes, que el rara vez se perdía. La última vez que le vi al término de un ágape de estos me pidió razón de un escrito suyo sobre la transición, que estaba a punto de aparecer en una publicación que pensaba estaba en mi mano. Durante el verano me acusó recibo del envío de un libro mío que yo creía que todavía podía comentar, pero que resultó imposible ya.

Santos era un conversador perfecto: no pretendía monopolizar el uso de la palabra: disfrutaba escuchando e intervenía en el momento justo en el debate, cuando se requería una precisión histórica, un dato o una valoración. Es cierto que no le gustaba que le contrariasen: sabía de lo que hablaba y tampoco el pretendía imponer sus puntos de vista. Era rabiosamente independiente y muy valiente pues callarse le parecía una deserción que un verdadero intelectual no podía permitirse. Perdió poco el tiempo en batallas universitarias, lo ha dicho Mercedes Cabrera, que le distrajeran de su tarea fundamental que era decirle a la comunidad qué le pasaba y cuales eran las causas de su situación. Tampoco era amigo de escuelas o capillas: no se sentía capaz de ahormar discípulos ni controlar ortodoxias en las que no creía.

Estaba convencido de que el prisma histórico era una referencia imprescindible para entender los problemas de España y ese, creo, que es el secreto de su dedicación incansable a rehacer nuestro pasado próximo. Sin memoria poco podemos hacer como pueblo, y, a falta de ella, la configuración política mejor para España, que imaginaba como una democracia constitucional y federal, difícilmente puede asentarse.

Su contribución historiográfica más importante la constituyen el estudio de Manuel Azaña y la Transición. Su biografía de Manuel Azaña es, al tiempo, un modelo absoluto de este género literario, si reparamos en las vicisitudes personales de la vida del político o de su formación intelectual; pero asimismo es un estudio acabado del sistema político, y especialmente del parlamentarismo de la Segunda República. No hay seguramente un análisis de la vida política republicana que alcance los niveles de exhaustividad y penetración de la obra de Santos Juliá. Como sabemos, la profundización de la experiencia democrática republicana, con sus luces y sombras, resulta capital para entender nuestro actual sistema político, en tantos aspectos, sin ir más lejos el territorial, la continuación o rectificación de aquella.

Santos Juliá fijó asimismo su atención en la Transición, a la que dedicó numerosas reflexiones, y cuyas condiciones, hasta cierto punto favorables, se trate del necesario declinar de un régimen personalísimo o el atractivo de la referencia democrática europea, no le ocultaron ni el mérito de la generación del cambio constitucional ni la exposición al cuestionamiento de su obra que podría hacerse en tiempos posteriores, denunciando la pretendida claudicación o seguidismo franquista en que incurrieron sus miembros. Particularmente atinada es su descripción como período constituyente del tiempo de la elaboración de la Constitución de 1978, que lleva a cabo en el trabajo al que me refería al principio “Después de Franco: ¿reforma constitucional o proceso constituyente”: aunque no hubo convocatoria constituyente, las Cortes de 1977 se convirtieron en poder de tal condición, pues “ todos llegaron a la convicción de que si no existía ninguna constitución, mal podía nadie emprender la tarea de reformarla”.

La figura pública de Santos Juliá ha quedado subrayada, sin olvidar sus crónicas políticas actuales, por su brillantez literaria, perceptible en la elegancia de su prosa y en una capacidad oratoria sobresaliente. Así quienes asistimos a ellas difícilmente podremos olvidar, intervenciones como su presentación de las Obras Completas de Manuel Azaña en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales o su disertación en la sesión de inauguración de nuestro seminario sobre retos y desafíos del Estado constitucional en la Universidad Autónoma, acerca de la memoria histórica, justo ahora un año antes de su fallecimiento.

Recuerdo, en fin, que alguna vez debí quejarme ante él por el extravío que en la formación de nuestra generación habíamos sufrido con lecturas y ocupaciones, dedicadas al economicismo o la utopía, y, por ello, un tanto excéntricas o superfluas para desempeñar nuestra actividad intelectual o profesoral. Santos con buen humor, o cierta sorna gallega, me replicaba lo que le había dicho una vez, junto al Sena, en París, don José Bergamín: “Para encontrarse, antes hay que perderse”.

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  • Sin Santos Juliá

    Últimos comentarios de los lectores (2)

    11210 | pico menor - 07/01/2020 @ 20:22:06 (GMT+1)
    Sin embargo a mí lo que me queda de Juliá es el amargor no haber tenido la valentía de airear la connivencia de Azaña con los golpistas de octubre del 34, encabezados por el Psoe, a la que han aludido Alejandro Nieto y un denostado historiador que también pasó por la Fundación Pablo Iglesias y cuyo nombre no se puede mentar. Y aquella sentencia que dejó por ahí de hace unos años cuando dijo que solo hay democracia con soberanía nacional. ... Les quitó (sin querer) la democracia a los británicos.
    10591 | Pontevedresa - 30/10/2019 @ 16:52:58 (GMT+1)
    Yo no he perido nada con alguien tan sectario

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