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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Yemen: la guerra subcontratada

Juan Manuel Uruburu
lunes 11 de noviembre de 2019, 20:11h

Tradicionalmente, la lógica militar pasaba por la superioridad de aquellos ejércitos más nutridos en hombres, equipos y con una estrategia militar más desarrollada. Esto permitió a los grandes imperios de la historia imponer su Pax Augusta, intercalada con campañas militares en las que se aplastaban los intentos de subvertir el orden establecido. Estas campañas se realizaban, normalmente, en los confines de los imperios, por lo que en las capitales, la población sabía poco o nada de estas cuestiones.

Pero aquello era otro mundo. A partir del siglo XX, con el desarrollo de los medios de comunicación, aparecería un nuevo enemigo temible incluso para los ejércitos más poderosos. Se trataba de la opinión pública. Como sabemos, la guerra se basa en una lógica de compensación entre beneficios y costes. Cuando los costes en términos materiales y especialmente en términos de vidas humanas superan aquello que el ciudadano medio considera aceptable los gobiernos tienen difícil justificar ante su población el mantenimiento del esfuerzo bélico. En este sentido, la guerra de Vietnam supuso una demostración evidente de esta lógica. Cuando el pueblo norteamericano vio regresar dentro de ataúdes a más de 58.000 compatriotas se creó un clima de contestación social que hizo imposible continuar la implicación del ejército más poderoso del mundo en tan lejana guerra.

Por ello, con la llegada del siglo XXI, las grandes potencias y, especialmente Estados unidos, iniciarán las llamadas “guerras de defensa global”, es decir, guerras no motivadas por un ataque directo contra un Estado, y que por ello resultaban más difícilmente justificables ante la opinión pública. Esta debilidad de legitimidad obligaba a recurrir a medios que permitieran un número mínimo de bajas. Estos medios pasarían forzosamente por el despliegue de una fuerza militar abrumadoramente superior a la del enemigo, tal y como sucedió en Irak o Afganistán, o por el uso masivo de medios aéreos que permitieran a una fuerza terrestre local culminar el trabajo bélico, como fue el caso de Libia.

De todas estas cuestiones tomaron buena nota los Estados del Golfo Pérsico y, especialmente Emiratos Árabes y Arabia Saudí. Desde principios de los años ochenta, con el triunfo de la revolución chií de Irán, y especialmente, tras la invasión iraquí de Kuwait en 1991, estos países han ido aumentando de forma vertiginosa su gasto militar, hasta el punto de que el último año, Arabia Saudí y Emiratos Árabes se situaban en segundo y en cuarto lugar, respectivamente, en la lista de mayores compradores de armamento en el mundo.

A partir del siglo XXI la historia es bien conocida. La primavera árabe provocará el desmembramiento de regímenes dictatoriales, como el de Yemen y el inicio de una guerra civil cruenta en el más pobre de los Estados del Golfo Pérsico. Será entonces cuando Arabia Saudí y Emiratos decidirán aplicar la lógica geoestratégica de las potencias occidentales en Oriente Medio, es decir, la del uso de su considerable poder militar para expulsar a un gobierno contrario a sus intereses. Sin embargo, a pesar de contar con los más modernos medios aéreos que Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña ponen en el mercado, ni los ejércitos de Arabia Saudí y Emiratos se parecen a los de Occidente ni las milicias yemeníes se parecen al ejército libio de Gadafi. En realidad, los ejércitos de estos países son reducidos y además cuentan con nula experiencia en misiones en el exterior. Por su parte, el apoyo social a las milicias huthíes de Yemen es abrumador en buena parte del país y el terreno es parcialmente montañoso y de difícil control terrestre. A todo esto podemos añadir que gran parte del antiguo ejército yemení se unió a la causa de los huthíes. Ante este panorama resulta claro que para Arabia Saudí y Emiratos una invasión masiva terrestre resultaba inviable sin un coste inasumible de bajas en sus filas, mientras que la opción de los ataques aéreos para apoyar a una milicia local tampoco parecía efectiva, dada la debilidad y la escasez de los partidarios del antiguo vicepresidente, Mansur Hadi.

Ante este sombrío panorama, y con la amenaza de la consolidación en Yemen de un gobierno demasiado próximo al archienemigo iraní, será cuando Arabia Saudí y Emiratos encontrarán la solución mágica. Esta solución no es otra que la de la subcontratación de la guerra. Es decir, reclutar tropas en el exterior. Tropas experimentadas de otros rincones del planeta que hagan el trabajo sucio y que llenen los previsibles ataúdes, a cambio de generosos salarios procedentes de los dividendos del petróleo. Para ello estos dos países siguieron diferentes caminos.

En 2015, Arabia Saudí, a cambio de otorgar generosos préstamos al régimen sudanés de Omar al-Bashir, comenzaría a contratar soldados de aquel país. Expertos soldados, curtidos en los frentes de Darfur y de la guerra contra Sudán del Sur comenzarían a luchar en las montañas y planicies de Yemen a cambio de muy atractivos salarios para su paupérrima economía. Su número nunca se hizo público, pero recientemente una fuente de la Junta Militar sudanesa ha declarado que podrían superar los treinta mil. El número de bajas también es desconocido para los sudaneses, habida cuenta de que la mayoría de ellos han sido directamente enterrados en Arabia Saudí. Ya se sabe, “ojos que no ven….”.

Emiratos Árabes, por su parte, ha seguido el ejemplo estadounidense para la posguerra en Irak, esto es, el de recurrir a compañías privadas de seguridad para reclutar mercenarios experimentados en conflictos. Para ello, también a partir de 2015, el gobierno emiratí firmó una serie de contratos con empresas de seguridad norteamericanas que permitieron traer a un numeroso contingente de mercenarios reclutados en países latinoamericanos, principalmente colombianos, curtidos en la lucha contra las FARC, pero también salvadoreños, chilenos o panameños, que funcionarían como tropa de choque, bajo la dirección de ex-oficiales norteamericanos y australianos.

De este modo la guerra entrará en una nueva lógica. La opinión pública de los países intervinientes queda silenciada ante la escasa llegada de ataúdes con nacionales cubiertos por la bandera a la vieja usanza. Ya no es necesario apelar al honor patriótico para mantener el esfuerzo bélico. Basta con una chequera bien provista de fondos alimentados por petrodólares. Desgraciadamente los únicos que no pueden subcontratar su existencia son los yemeníes. Nadie les puede sacar de un infierno terrenal en el que no está garantizado ni un humilde plato de comida ni la vida. En el que un alegre viaje matinal en el autobús del colegio se puede convertir en un segundo en una carnicería colectiva por arte y gracia de los más modernos misiles de fabricación occidental. Y el mundo sigue girando…

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