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TRIBUNA

El Brexit, Spenlow y Jorkins

lunes 11 de noviembre de 2019, 20:14h

Cuando se creó la Comunidad Económica Europea los estados miembros no podían salirse de una organización concebida a partir de la cesión de soberanía nacional, lo cual cumplía el objetivo de integración que entonces era primordial y la razón de su constitución. No obstante, después, o sea ahora, el Tratado de la Unión Europea lo permitió introduciendo una disposición, que es el artículo 50º, calcada de la Constitución Europea, la cual nunca se ratificó por los estados miembros y se abandonó, pero en cambio el artículo continuó.

La razón de la introducción de la retirada, según el Presidium de la Convención (un órgano ad hoc inventado para reformar el tratado, pero que acabó haciendo una constitución) es que la retirada representa “una señal política para cualquiera (sic) que estuviera inclinado a decir que la Unión es una entidad rígida de la que es imposible salir.”

Con arreglo al artículo 50º el tratado deja de aplicarse al estado que se va desde la entrada en vigor del acuerdo de retirada y si no lo hubiera, a los dos años de la notificación. Ahora bien, hay una excepción y es que el Consejo Europeo (un órgano político, que no hay que confundir con el Consejo de la Unión Europea, que es jurídico) de acuerdo con ese estado prorrogue el plazo, que es lo que han hecho ya dos veces con el Brexit.

La retirada de la Unión tiene dos caras: la cara internacional que es la cara de la retirada y la nacional donde la retirada significa devolución a la nación de sus competencias de soberanía, que previamente había cedido el estado a la organización cuando se incorporó. La cuestión entonces es trascendental, pues el estado nacional va a recuperar, lógicamente, su soberanía en total ¿o no es así?

Como el tratado es parco y opaco sobre el particular, vamos a ver un procedimiento similar en otro lugar que nos lo pueda ilustrar, concretamente lo que se denomina en el mundo de los negocios ”el principio Spenlow & Jorkins”.

“Spenlow & Jorkins” era una sociedad mercantil (ficticia, pero el principio no) que había en Inglaterra a mediados del siglo XIX, en la cual aspiraba a entrar un aprendiz pagando 1.000 libras por su aprendizaje. El aprendiz negocia su entrada en esa capacidad en la sociedad con Spenlow, el cual le dice que puede ingresar a prueba y flexiblemente añade:

-Yo propongo dos meses o tres o un periodo indefinido, pero tengo un socio, Jorkins.

El aprendiz, después, tímidamente sugiere la posibilidad de si no habría inconveniente en que le pagaran un salario, a lo que Spenlow contesta:

-Yo mismo diría que consideración me merece ese punto si tuviera las manos libres, pero tengo un socio, Jorkins.

Así las cosas y con el aprendiz ejerciendo gratis, al poco tiempo se arruina la tía (la del aprendiz, la que puso el dinero y quien le mantenía mientras aprendía) y él le dice a Spenlow que quiere dejar la empresa y buscar un trabajo para ganarse la vida y que le devuelva la prima de su tía, o sea el dinero, aunque sea perdiendo una parte, a lo que Spenlow responde:

-Estoy extraordinariamente apenado de oír eso, no es usual ni profesional, si yo pudiera actuar, pero tengo un socio, Jorkins.

El aprendiz insiste en recuperar las 1.000 libras (que entonces era una pasta) y le dice que si con su permiso puede ir a hablar directamente con el socio, o sea con Jorkins, adonde efectivamente acude y el cual extrañado de verle por allí le dice:

-Supongo que le ha mencionado usted eso a Spenlow y si le ha dicho que yo me opongo, yo no puedo atender su petición si él se opone.

El aprendiz entonces, inasequible al desaliento, vuelve donde Spenlow y le dice lo que le ha dicho Jorkins, el cual le dice:

-Copperfield, usted no conoce a mi socio tanto como yo. Nada mas lejos de mi intención que atribuir cualquier grado de artificio a Jorkins, pero es que él tiene su manera de afirmar las objeciones que veces desconcierta a la gente. No, hágame caso, Jorkins es inamovible.

Al final, entre Spenlow y Jorkins, David Copperfield se quedó sin saber quien de los dos era quien le decía que no y dice él:

-Lo que si vi con suficiente claridad es que había una obstinación en alguna parte de aquella empresa y que la recuperación del dinero de mi tía era imposible.

Es decir que la flexibilidad de la que hablábamos al principio se ha ido por el precipicio y lo que sale perdiendo es la soberanía nacional.

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