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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Arabia Saudí y la gran familia

Juan Manuel Uruburu
martes 26 de noviembre de 2019, 20:23h

Si nos preguntamos por el significado exacto del término “familia”, alcanzaremos cierto consenso cuando nos referimos a los ascendientes y descendientes por línea directa y colateral en sus primeros grados. Es evidente que los padres, hijos, hermanos, sobrinos, etc., forman parte de nuestra familia. Si extendemos nuestro análisis a los grados más alejados, o sea aquel hijo del primo segundo del tío de nuestra abuela que después de enviudar se trasladó a vivir a Honolulú, probablemente surjan dudas que solventaremos con la socorrida denominación de “pariente lejano”. Al final, la familia, más que una coincidencia genética, es una noción cultural que varía en diferentes entornos.

En el Mundo Árabe la estructura familiar posee una notable importancia a la hora de estructurar la sociedad, especialmente en aquellos países donde las estructuras tribales aún tienen una fuerte presencia, como en Irak, Libia, el Sáhara Occidental o los países del Golfo. Es precisamente en el Golfo Pérsico, y particularmente en Arabia Saudí, donde la institución familiar ha llegado a su máximo desarrollo como estructura de poder político en el Mundo Árabe contemporáneo.

Arabia Saudí es un país peculiar por muchas razones. Sobre el gran desierto arábigo se constituye el único Estado del mundo que tiene en su denominación oficial el gentilicio de un apellido, el de la familia real Al-Saud. A fuerza de verlo y oírlo se nos ha hecho algo normal, pero si lo pensamos es tan surrealista como si un día nuestro país pasara a denominarse España Borboní, o de Rajoy o de Perales, o vaya usted a saber. Además es el único país que en su bandera incluye una beligerante espada, en lugar de las laboriosas hoces, martillos e incluso machetes, de los países de inspiración socialista, las medias lunas islámicas o las cruces cristianas o el neutral y bucólico arce de la bandera libanesa.

Para entender esto y otros detalles debemos sumergirnos en la historia reciente de este territorio. El reino Saudí, en su forma actual de monarquía, se constituyó en los años treinta de siglo pasado, a la vieja usanza. Es decir, a través de conquistas militares realizadas por una coalición de clanes familiares liderados por la familia Al-Saud. El fundador del moderno estado saudí, Abdelaziz Bin Saud, se encontró desde comienzos del siglo XX, con la difícil tarea de unificar un territorio enorme, con escasa población diseminada en torno a los oasis del gran desierto y con nula tradición estatal. Para ello usó las técnicas clásicas, es decir, la manu militari y la diplomacia. Mientras que el uso de la fuerza es universal y apenas depende de la sofisticación de las armas disponibles, la diplomacia sí que está enraizada en las tradiciones del lugar.

En la península arábiga, como en otros territorios, la paz entre clanes se ratificaba a través del matrimonio del vencedor con una de las hijas de los dirigentes vencidos, y ese fue el recurso utilizado por Abdeaziz Bin Saud. Cada campaña militar exitosa liderada por los Saudíes acababa en una o dos bodas de su líder con las hijas de los vencidos. Ya se sabe, “del vencedor es la gloria”. Es verdad que la Ley islámica permite la poligamia pero El Corán es muy claro en esta cuestión y pone como límite el de cuatro esposas al mismo tiempo. Entonces, se preguntarán, cómo hacía Bin Saud para volver de sus campañas militares con nuevas esposas en su harén. Muy sencillo. El divorcio unilateral por parte del marido, o repudio, es una institución del derecho islámico que permite acabar con el matrimonio en cuestión de minutos. Por ello, antes de sus campañas militares el carismático Rey Saudí se divorciaba de, al menos, una de sus mujeres para tener vía libre y sellar la paz tribal con otro matrimonio. De este modo, a lo largo de treinta años de campañas militares, Bin Saud se casó innumerables veces. Los cálculos más conservadores calculan que lo hizo en cuarenta ocasiones, mientras que otros elevan esta cifra hasta los 300 o 400 matrimonios. El propio Ibn Saud declaró una vez que él nunca llegó a ver la cara de muchas de sus mujeres, habida cuenta de que se las presentaban cubiertas con sus abayas y que tras la noche de nupcias en la jaima real eran despedidas con un divorcio.

A lo largo de su vida, el fundador del reino saudí tuvo con diecisiete de sus mujeres la cantidad de cuarenta y cinco hijos. El número de hijas nos es desconocido, pero si aplicamos la distribución por sexos de la humanidad, podeos calcular que la descendencia de Bin Saud se aproximada al centenar de hijos.

Tras la muerte de Bin Saud, en 1953, han transcurrido al menos dos generaciones, aplicando la regla de los treinta años. Pues bien, si tenemos en cuenta el factor temporal, combinado con la prolífica fecundidad de las mujeres saudíes hasta tiempos recientes, llegaremos fácilmente a la conclusión de que hoy en día resulta casi imposible determinar con seguridad el número exacto de miembros de descendientes del fundador del Reino Saudí. Sumando la rama directa y las colaterales, algunos investigadores ofrecen cifras aproximadas que oscilan entre los tres mil y cuatro mil miembros.

La línea de sucesión directa está reservada para la sucesión real, mientras que los ministerios estratégicos del país, como Defensa, Energía, Interior, o el mando de la Guardia Nacional, están abiertos a miembros de las ramas colaterales, pero siempre, salvo alguna excepción, dentro del clan saudí. En niveles inferiores se situaría esta clase social formada por los llamados Jeques o Príncipes saudíes. Personajes que vemos con frecuencia aparecer por los palacios marbellíes y que ocupan la élite de los sectores financiero, industrial y empresarial del Reino.

De este modo, en Arabia Saudí ha constituido un círculo de poder, en torno a la jefatura del Estado. Se trata de una élite acomodada con un estatuto siempre condicionado a la fidelidad ante las estructuras del poder, tal y como pudieron comprobar las decenas de jeques y Príncipes encerrados en 2017 durante unas semanas en el hotel Ritz de Riad por cargos de corrupción. La originalidad de este reino está en su capacidad para estructurar una élite fiel al poder real basada en los prolíficos genes que Abdulaziz Bin Saud extendió por la geografía de su reino. Los partidos políticos se extinguen, los ejércitos se agotan, pero los genes perduran y se transmiten generación tras generación. A lo largo del Siglo XX este sistema tan primitivo ha permitido a la monarquía Saudí salir indemne de la ola panarabista, de los coletazos del conflicto palestino-israelí, de las Guerras del Golfo, de las Primaveras Árabes, del asesinato de Khashoggi, y muchos otros avatares. ¿Será que el secreto estaba en el esperma de Abdulaziz Bin Saud?

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