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TRIBUNA

Epístola Moral, homenaje a Mauricio Amster

jueves 05 de diciembre de 2019, 20:45h

¿Qué es nuestra vida más que un breve día,

do, apenas sale el sol, cuando se pierde

en las tinieblas de la noche fría?

La relectura de la Epístola moral, un clásico de la literatura española, siempre nos maravilla y reconforta con la vida. A la vuelta de cada página está el asombro:

Un ángulo me basta entre mis lares,

Un libro y un amigo, un sueño breve,

Que no perturben deudas ni pesares.

Sabemos que del asombro nació la filosofía; también la poesía y, por extensión, todo el arte, que es una forma permanente de asombro.

¿A qué llamamos asombro? Pues a todo aquello que nos deja estupefactos, perplejos o consternados ante una sorpresa producida por algo inesperado o impensado. Este estado de alteración emocional tiene su origen en la Antigua Grecia y su fundamento lo podemos establecer a través de dos posturas fundacionales. La primera es de Platón, para quien el asombro es aquello que nos permite que se revele la verdad. La segunda es de Aristóteles, que considera el asombro como una forma de deslumbramiento que conduce a una concientización de la necesidad de investigar.

Sirvan de introducción estos párrafos para evocar a Mauricio Amster, un enorme artista de la forma y de la edición del que guardo un amable y profundo recuerdo, en especial, cuando releo la preciosa edición de la Epístola Moral, publicada en 1973 por la Editorial Universitaria y caligrafiada artesanalmente por Amster. Lejanas épocas de principio de los años ‘70, en que la fecunda editorial de Chile era conducida por Eduardo Castro y Pedro Lastra. Días aquellos en que esa casa, dependiente de la Universidad, publicó verdaderas joyas editoriales, siempre dignas de ser rememoradas y, obviamente, releídas.

Mauricio Amster nació en Leópolis, actualmente Ucrania, en el seno de una familia judía sefardí, y estudió bachillerato en su ciudad natal. En 1927 se trasladó a Austria, dejando atrás a su familia (sus padres murieron en el campo de exterminio de Bełżec). Luego, en Viena ingresó en la Academia de Bellas Artes, pero no pudo concluir sus estudios; se fue a Berlín, donde estudió en la Escuela Reimann. En 1930 viajó a España en busca de nuevos horizontes laborales, debido a la gran depresión, invitado por su amigo el tipógrafo Mariano Rawicz, el joven diseñador vivió intensamente los seis años de la Segunda República española, época durante la cual, además de consolidarse como profesional trabajando para diversas revistas, diarios y editoriales -entre ellas Ulises, Dédalo, y Renacimiento-, dio curso a sus inquietudes políticas, militando por cinco años en el Partido Comunista de España. En julio de 1936, al estallar la Guerra Civil española, Amster se enroló como voluntario en las milicias populares, de las que fue licenciado por su miopía. Desde entonces, su participación se canalizó a través de otras labores: colaboró en el traslado de las obras del Tesoro Artístico Nacional de Madrid a Valencia y se desempeñó como director de las publicaciones del Ministerio de Instrucción Pública. Posteriormente fue destinado a la Subsecretaría de Propaganda, donde diseñó la Cartilla Escolar Antifascista, destinada a alfabetizar y adoctrinar a los soldados de las trincheras.

De Valencia, Amster pasó a Barcelona, donde se casó con Adina Amenedo, (“mi divina Adina”, como la llamaba galante y tiernamente todo el tiempo) una encuadernadora de libros. Tras la victoria del franquismo, el matrimonio se asiló en Francia, donde fueron acogidos por María Teresa León y Rafael Alberti, quienes le presentaron a los dos famosos Pablos: Pablo Picasso y Pablo Neruda. El Pablo poeta había sido enviado a Francia como cónsul especial para la emigración española, con la misión de seleccionar a los refugiados que se embarcarían en 1939 a bordo del famoso barco Winnipeg, que atracó en el puerto de Valparaíso de Chile el 3 de septiembre de 1939.

Al llegar Mauricio Amster a la Estación Mapocho de Santiago, lo esperaba un cartel donde se lo llamaba a presentarse en la redacción del periódico Qué hubo en la semana, dirigido por el escritor Luis Enrique Délano. Pocos años después comenzó a trabajar como director artístico de la editorial Zig-Zag, que estaba a cargo José María Souviron, otro olvidado poeta lírico español de la generación del 27 y, además, periodista, que acompañó a Neruda en la revista Caballo Verde. En forma paralela a esta tarea, Amster promovió otros proyectos editoriales, como la editorial Cruz del Sur y la revista Babel. A esta última, considerada como una de las más importantes publicaciones culturales de la historia editorial chilena, se integró en calidad de gerente a comienzos de 1944, interviniendo además como diseñador, traductor y colaborador.

Amster también participó en el diseño de las revistas Mapocho y Antártica, donde yo colaboré; luego trabajó como director artístico en otras editoriales, como la Editorial Jurídica fundada por Arturo Matte, la Editorial Nascimento (propiedad de Carlos George Nascimento) y la Editorial Del Pacífico.

En 1953, junto al escritor Ernesto Montenegro fundó la Escuela de Periodismo, Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad de Chile, en la que asumió la cátedra de técnica gráfica. Por esa misma época, Amster comenzó una de sus relaciones laborales más fructíferas, al convertirse en el diseñador y tipógrafo de la mítica Editorial Universitaria, institución a la que siguió ligado hasta su muerte en febrero de 1980.

Otra de las tantas cosas que debo a Pablo Neruda fue mi amistad con don Mauricio, al que conocí en 1972 en la casa de Isla Negra. Era un hombre encantador y abundante en anécdotas que lo habían tenido como protagonista. Conservo con especial afecto el volumen (número 7) de la Epístola Moral del anónimo sevillano, caligrafiada por él y seguida por un inteligente y minucioso ensayo del poeta Luis Cernuda.

Borges me contó que un día antes de morir su entrañable amigo, el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña, le había leído varios tercetos de la Epístola Moral a Fabio y se detuvo en estos versos:

Sin la templanza, ¿viste tú perfecta

alguna cosa? ¡Oh muerte!

Ven callada, como sueles venir en la saeta…

Y estremecía a Borges contar que Henríquez Ureña al abordar un tren que lo llevaba a la ciudad de La Plata, donde impartía sus clases, lo alcanzó la muerte. También recordaba aquellos otros tercetos no menos famosos en los que, sin duda, veía reflejada su propia humildad:

Una mediana vida yo posea,

un estilo común y moderado,

que no lo note nadie que lo vea.

El destinatario de la Epístola Moral, según lo confirmó Dámaso Alonso en una impecable investigación, fue el corregidor de la ciudad de México don Alonso Tello de Guzmán, que deseoso de pretender cargos en la Corte, inspiró al poeta y militar Andrés Fernández de Andrada (Sevilla, 1575 - México, 1648), el genuino autor, que invita al corregidor a la busca de la virtud, la resignación y el “áureo equilibrio”. El poema se desarrolla con un visible ritmo bimembre, recurriendo al artificio del hemistiquio o braquistiquio para destacar el significado de las palabras importantes. Así, entre tercetos perfectamente encadenados y versos de gran suavidad, bajo una perfección inmejorable, desarrolla todas sus ideas sobre el sentido de la vida, el paso del tiempo, la figura del poeta, la felicidad, y todos aquellos conceptos que para los autores de la época eran el tema fundamental de sus obras. Fernández de Andrada recurre a figuras que reflejan la fugacidad terrena como ocurre con la breve mención que realiza sobre las ruinas Itálicas y el andar cotidiano de la vida:

Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,

y callado pasar entre la gente,

que no afecto los nombre ni la fama.

La Epístola Moral a Fabio, concluye con estos magníficos versos:

Ya, dulce amigo, huyo y me retiro

de cuanto simple amé: rompí los lazos;

ven y sabrás al alto fin que aspiro

antes que el tiempo muera en nuestros brazos.

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  • Epístola Moral, homenaje a Mauricio Amster

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    10939 | María Alicia Farsetti - 06/12/2019 @ 16:32:35 (GMT+1)
    Muy interesante el personaje elegido por Roberto. Parte ineludible del arte es ir al encuentro de la felicidad. Lo resume este genial poeta en unos pocos y "sencillos" recursos para ir a su encuentro. A lo largo de una existencia prolífica, despojado de todo lo superfluo, rescata la poesía como redentora.

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