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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Siria antes de la lluvia

Juan Manuel Uruburu
jueves 05 de diciembre de 2019, 20:48h

Hay películas que a uno le dejan marcado. Quizá, no tanto por su calidad artística como por el tema y la atmósfera que reflejan. Una de estas películas tuve la ocasión de ver hace ya bastantes años. Se llamaba “Antes de la lluvia” (before the rain) y estaba ambientada en la Macedonia yugoslava de los años noventa. Allí, con el trasfondo de unas historias cruzadas, se reflejaba una sociedad profundamente dividida entre civiles de origen eslavo y albanés que, contagiados por las guerras vecinas, parecían desear liarse a palos en cualquier momento. Desde el punto de vista sociológico me pareció un interesante documento de cómo el odio al extraño puede pasar de un sentimiento personal a una cuestión colectiva. Allí resultaba imposible viajar de un pueblo a otro sin jugarse el tipo. Ya no se odiaba a una persona por su conducta sino por su identidad, por su idioma o su religión. Lo bueno de estas películas es que permiten ordenar la mente desde un punto de vista visual y proporcionan un guión extrapolable a otros escenarios de convivencia multicultural quebrada por el odio.

Pues bien, años después, poco antes del comienzo de su guerra civil, tuve la oportunidad de visitar Siria, aquel hermoso país levantino en el que tantas y tantas civilizaciones han ido dejando su poso cultural. Fui con una beca de investigación que me proporcionó algo precioso para conocer un país, tiempo. Tiempo para sobrepasar los rigores del curriculum turístico y practicar uno de mis deportes favoritos, sentarme a observar a la gente pasar. Esta sana costumbre que, no por casualidad, también es ampliamente practicada por los sirios me permitió hacerme una idea personal de aquel punto del planeta en el que había aterrizado.

Lo que vi allí era totalmente diferente a lo que se podría concebir como un ambiente prebélico. De hecho podría definir aquel lugar como un país ordenado, en el sentido amplio del término. Ciudades limpias, carreteras en buen estado con un tráfico razonable dentro de su anarquía, y la seguridad propia de la mayoría de los países árabes. En estas ciudades y pueblos se veía una sociedad que, sin vivir en la opulencia, no mostraba las situaciones de pobreza extrema vistas en las montañas del Atlas o en los suburbios cairotas, por poner unos ejemplos. Siria era otra cosa. Tenía el punto típico de los países de inspiración socialista, con una economía dirigida por el Estado que convivía con una extensa red de micro-comercios privados de todo tipo, característica de los países árabes.

En Damasco pude apreciar aquello que hoy día se conoce como una “sociedad vibrante”. Mezcla absoluta de culturas y religiones que, aunque no revueltos, no mostraban ninguna incomodidad en el hecho de ser vecinos. Cristianos y musulmanes, suníes y chiíes, convivían en sus barrios, cada uno con sus costumbres, sus bares a la moda occidental, sus cafetines con narguiles humeantes y su tupida red de puestos ambulantes de comida que permitían cargar las pilas a cualquier hora del día o de la noche. Y el turismo. Un turismo alternativo, compuesto básicamente por iraníes, rusos, chinos y, por supuesto, occidentales que huían de los destinos más típicos del estío. La religión tampoco suponía un especial límite para la convivencia entre personas. Recuerdo a un policía uniformado que, ante mi curiosidad, me conminaba con autoridad a unirme a la cola de entrada de musulmanes que se dirigían a la Gran Mezquita Omeya de Damasco para la celebración de ruptura del ayuno en Ramadán. Allí pude ver una de las ceremonias religiosas más hermosas de mi vida.

Alepo ya era otra cosa. En la capital económica del Norte sí que se sentía de modo especial el peso de la religión en la vida social. En cada esquina de la parte antigua asomaban mezquitas o iglesias de múltiples confesiones con imponentes inscripciones que relataban siglos de historia. De hecho fue en Alepo donde vi los primeros signos inquietantes en la sociedad siria. Se trataba de la repetida aparición por las calles de mujeres que además de vestir el tradicional hijab y la abaya negra, completaban su vestimenta con un velo negro que les cubría completamente el rosto y guantes negros de cuero bajo el calor estival. Aquello no me pareció ni islámico ni tradicional. Me pareció algo nuevo, importado del exterior y que no auguraba nada bueno.

Pero también vi otros detalles preocupantes en Siria. Por ejemplo en la mayoría de los cafés, algunos hermosísimos, se exponían posters, a veces pequeños, a veces enormes, con la foto sonriente del Presidente de la República, Bashar al-Assad. En ocasiones la repetición del mismo poster en la pared llegaba a dar un aire a lo Warhol con cierto punto de tragicomedia. Cuando lo veía imaginaba cuántas licencias de apertura y otros problemas administrativos habrían resuelto estos pósteres. Esta artificiosa exhibición del culto a una personalidad tan poco épica como la de Bashar al-Assad, un médico residente en Londres y llamado de urgencia para presidir un país a la muerte de su padre, me pareció, en el fondo, una muestra de inseguridad y fragilidad del propio régimen político, necesitado de fidelidades públicas.

En este sentido, recuerdo ver en la ciudad de Hama otros aspectos inquietantes, como la exhibición de un enorme mural, a la entrada de la población, del anterior Presidente, Hafez al-Assad. Nada tendría de particular si no fuera porque Hafez al-Assad fue el responsable del asedio y bombardeo de aquella ciudad en 1982, con el que aplastó una rebelión de los Hermanos Musulmanes. No hay cifras oficiales pero se cree que las víctimas de aquello oscilan entre las 2000 y 10000 personas. Aquello no me pareció un homenaje patriótico sino una muestra de una sociedad de vencedores y vencidos, como la que se vivió en España durante décadas.

Dejé Siria, con la promesa de volver. Desgraciadamente, poco después, comenzaría la lluvia. Una lluvia de balas y bombas que llevaría a toda una generación a tener que escoger. Escoger entre la sumisión a un régimen acorralado por sus propias contradicciones y por poderosos tentáculos del exterior, o dar un salto al vacío. Un salto en forma de barba, kalashnikov y asesor militar extranjero. Ocho años y miles de muertos después, la lluvia no se ha detenido. A veces en forma de chirimiri y otras veces en forma de chaparrón. Nosotros podemos esperar a que escampe. Los sirios no.

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