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la entrevista

Tomás Marco: "La Generación del 51 vino a poner el reloj de España en hora"

martes 12 de agosto de 2008, 21:20h
¿Cuál fue la relevancia delas generaciones de los Maestros y de la República?
Son dos generaciones que tienen una correspondencia exacta con las generaciones literarias o artísticas de la época. La Generación de Maestros ha recibido ese nombre pero se podría llamar la sección musical de la Generación del 98. Nace con un sentimiento noventayochista, cronológicamente coinciden con ellos, y por otra parte, son los que instauran un sinfonismo español de otro cuño, más pegado a Europa, pero al mismo tiempo investigando las raíces españolas, que es típico del 98.

¿Y la Generación de la República?
También se la puede llamar Generación del 27, y equivale a la generación literaria, incluso colaboraron mucho con los poetas, con Lorca, con Alberti… Tienen parecidas preocupaciones a los del 98, pero con un entronque mucho más moderno. Es la generación que, en la parte musical, introduce plenamente a Stravinsky, o la escuela dodecafónica. Uno de ellos, el catalán Roberto Gerhard, fue el único discípulo que tuvo Schönberg y, en una época temprana, 1930, hace las primeras cosas dodecafónicas. Por desgracia, todo esto se pierde con la Guerra Civil, que lo dispersa todo, igual que ocurre con la generación literaria.

¿Cuál era el grado de compromiso de estas ‘familias’ de compositores?
Tenían un alto grado de compromiso político, incluso mayor que el de los poetas del 27. De hecho, Rodolfo Halffter compone una oda a Lenin. También estaban las canciones que escribieron para el frente. No hubo fusilamientos del calibre de Lorca, aunque algún músico quizá menos importante, como Antonio José, fue fusilado en Burgos al principio de la guerra. Estaba empezando, pero era ya preeminente y se truncó una buena esperanza.



¿Tuvo la Segunda República un trato de favor hacia la expresión musical?
Hay un trato más de intenciones, porque se crea un gran Consejo de la Música y se hace una ley de la música, que fue muy importante, aunque no llegó a aplicarse. Desgraciadamente, con todos los avatares, en el 32, en el 34, este consejo no despega y acaba convirtiéndose en un consejo de los zarzuelistas y demás, pero es cierto que su inicio fue muy prometedor. Si hoy día alguien quisiera hacer una ley de la música, con coger la de la República tendría que hacer muy pocos retoques.

¿La Generación del 51 ayudó a que España no se quedara al margen de las corrientes musicales más audaces?
Se da una ruptura grande con la Guerra Civil. La generación –musical– del 27 se dispersa, o si no se dispersa, muchos de ellos quedan en una especie de exilio interior, como ocurre con Fernando Remacha. Después se da una etapa de neocasticismo, en la época franquista, aunque Franco no se interesó nada por la música; afortunadamente, no le importaba nada. Pero, naturalmente, había una estética oficiosamente oficial que era la del nacionalismo folclorizante. La Generación del 51, que aunque se llame así aparece a finales de los 50, llega con la visión de poner el reloj en hora en España. Su correspondencia con artistas clave en la renovación de la pintura española, como El Paso, o los Feito, Millares o Zóbel, junto con los compositores Luis de Pablo, Cristóbal Halffter o Carmelo Bernaola, trata de recuperar todo ese espacio perdido tras la guerra.

¿La Historia de la Música ha sido justa con estos creadores?
Pienso que sí. Son autores conocidos y reconocidos, tienen el espacio que tienen, porque la música culta se mueve en un espacio distinto de las manifestaciones más populares, pero que en su terreno están reconocidos.

Sin embargo, parece que el oído no se acaba de acostumbrar a la música culta contemporánea, con formas musicales más complejas…
Eso depende de la práctica que tenga la gente, aunque público hay. En este momento hay varios ciclos de música actual en Madrid, como el Musicadhoy o el que se hace todos los lunes en el auditorio del museo Reina Sofía, que tiene un público bastante amplio y muy interesado, y que conoce. Porque en esto, como en todo, hay que conocer y hacerse el oído. Si uno se enfrenta de un modo aislado y suelto, como alguien que hubiera visto sólo cuadros de santos toda su vida, la percepción es otra.

Usted conoce bien todas las aventuras de la música del siglo XX. ¿La famosa obra 4’33" de John Cage, silencio en estado puro, fue lo más lejos que se ha llegado en experimentación?
Desde ese punto de vista, se ha alcanzado el extremo, porque Cage buscó la música en el vacío, y el silencio es el vacío absoluto. En un ensayo brillante, Stefan Davis demuestra que esa obra es una obra de arte, pero no una obra musical. Pero la música tiene muchas más vías de experimentación, como las que se siguen, por ejemplo, con el brutismo, las corrientes de la música de naturaleza, los paisajes sonoros…

Usted ha simultaneado el trabajo creativo con el de gestión. ¿Funciona bien ese maridaje?
En general, he intentado moverme en un nivel que no pase de lo administrativo. Al final fui director general del INAEM (Instituto Nacional de Artes Escénicas) que para mi desgracia tenia un aspecto también político, y ahí acabé mi carrera administrativa, me jubilé. He gestionado instituciones como la Orquesta Nacional, el Centro de Música Contemporánea o el Festival de Alicante y creo que es útil que la gente que lo haga esté interesada en el tema y sepa del tema. Aunque ahora me dedico sólo a escribir música y sobre música y me encuentro muy feliz.
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