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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Nepotismo y Edipismo en el Mundo Árabe

Juan Manuel Uruburu
sábado 21 de diciembre de 2019, 20:08h

Nepotismo, “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”. Con estas breves palabras define el diccionario de la Real Academia Española un término raro en nuestro hablar coloquial y sin embargo muy presente en la realidad política de nuestro tiempo.

Es un tema serio. De hecho suele indignar bastante a la opinión publica en países que ven como las altas esferas del poder político, en muchas ocasiones, no están ocupadas por los más capacitados sino por aquellos que son más fieles a los dictados del gobernante de turno. Y ya se sabe, aquello de que “familia obliga”. Hoy día, en los cuatro costados del planeta, desde la alcaldía de Móstoles hasta el cálido Brasil, donde Bolsonaro cuida bien de sus retoños, vemos desfilar por los círculos de poder una cohorte variada de primos, hermanos, hijos, cuñados, etc.

Por supuesto, el Mundo Árabe no es una excepción a este fenómeno. El nepotismo ha afectado y afecta, y de qué manera, a los jóvenes estados árabes. De hecho, tras la creación de nuevos estados, a mediados del Siglo XX, y la consolidación de la soberanía en los ya existentes se desencadenó una dura competición por el poder de las élites de cada uno de estos países. Los gobernantes, en un contexto de frecuentes golpes de estado, generalmente valoraron más la lealtad que la competencia a la hora de formar su círculo más íntimo de colaboradores, y es aquí donde entra en juego la familia como medio de acceso al poder y, por tanto, el nepotismo. Quizás, la peculiaridad en algunos países árabes sea la de que el nepotismo haya llegado hasta las más altas esferas de la política, o sea, hasta la Jefatura del Estado.

El grado más extremo de esta tendencia lo podemos observar en el caso de Siria. Este país, no por casualidad, ha visto su historia política reciente empañada por una larga sucesión de golpes militares que se frenó tras la toma del poder por el anterior Jefe de Estado, Hafez al-Assad. Se decía de este militar que era un hombre tan inteligente como desconfiado. Quizá por ello, decidió rodearse de varios miembros de su familia a la hora de ejercer un poder totalitario sobre el país mediterráneo. Cuando se vio con una edad avanzada y con la salud flaqueando siguió la tendencia tan al gusto de los dictadores de dejarlo todo “atado y bien atado”. El viejo general se anticipó a la llamada de la parca eligiendo a su hijo mayor Basil como su sucesor. El problema es que a este joven y apuesto militar, además de la política, le gustaban los coches y la velocidad. De hecho, una nublada madrugada de 1994, acabó falleciendo empotrado en una rotonda, camino del aeropuerto. A pesar de la enorme pérdida, el viejo general no olvidó su proyecto sucesorio y fijó la atención en su segundo hijo Bashar. Para alegría o desgracia de este joven oftalmólogo que realizaba sus prácticas en Londres, la llamada de su padre le sitúa de nuevo en Damasco, en una academia militar, y sumido en un proceso de formación acelerado para ser el siguiente Presidente de Siria. Efectivamente, tras la muerte de Hafez al-Assad en el año 2000, Bashar asume la jefatura del Estado y culmina uno de los procesos políticos más singulares del planeta, el de la república hereditaria, que apenas tiene parangón en la lejana y exótica Corea del Norte.

Mientras, en el cercano Egipto, el éxito del experimento sirio debió animar a Hosni Mubarak, quien también era general, dictador y entrado en años, a preparar su sucesión. Para ello puso sus ojos sobre su hijo menor, Gamal, un joven ejecutivo que trabajaba para el Banco de América y mostraba las requeridas dotes de ambición política. Así, en el año 2000, coincidiendo con la “sucesión republicana” siria, Gamal es nombrado Secretario General adjunto del Partido Nacional, en el que militaba su padre. A pesar de negar repetidas veces la intención de suceder a su padre, se mantuvo en primera línea política hasta el estallido de la primavera árabe en la plaza Tahrir del El Cairo en 2011. Esta inesperada revuelta frustraba la segunda república hereditaria del Mundo Árabe y enfrentaría a Gamal a varios procesos por corrupción de los que hasta ahora ha salido victorioso.

En Libia, Muammar al-Gadafi también tomó buena cuenta de los movimientos políticos en Siria y Egipto. Gadafi tenía una numerosa prole de hijos, más preocupados en vivr la buena vida que en la política, pero entre ellos había una excepción. Se trataba de Sayf al-Islam, un joven políglota, doctorado en la London School of Economics, que además de contar con excelentes modales, tenía una visión liberalizadora de la economía. Cada vez aparecía con más frecuencia inaugurando obras públicas mientras negaba desear suceder a su padre. Era el candidato perfecto para la nueva Libia del siglo XXI. El equilibrio ideal entre la continuidad y el progreso. Sin embargo la guerra de 2011 no dejó títere con cabeza en aquel país. Sayf al-Islam acabó preso por una milicia, mantenido en prisión hasta 2017 y su país sumido en un caos del que aún no ha salido.

Pero el Mundo Árabe, nunca me cansaré de repetirlo, es poliédrico y sorprendente. En algunos países árabes hemos podido ver como los planes sucesorios de los jefes de Estado, lejos de garantizar estabilidad y continuidad, pueden acabar de una forma totalmente inesperada para el gobernante de turno. Como el mito de Edipo, el hijo puede acabar fagocitando al padre. Este ha sido el caso de Catar y de Omán.

En Catar, el Emir Jalifa al-Thani, gobernante del pequeño estado peninsular del Golfo Pérsico desde 1972, pasó más de dos décadas tratando de llevar a su país hacia el siglo XXI a paso acelerado. Al inicio de los años noventa, y rondando ya los sesenta años de edad, decidió ir preparando a su hijo Hamad para una futura sucesión en el emirato. El plan resultaba. El emir pasaba cada vez más temporadas en el extranjero mientras su hijo Hamad, llevaba realmente las riendas del Estado. Un buen día, en 1995, el ambicioso Hamad, harto de discutir con su padre sobre quién debía llevar las riendas de la economía decidió dar un golpe de estado aprovechando que el Emir se encontraba de vacaciones en Suiza. Se consuma el edipismo político y Hamad se convertirá en el nuevo Emir, se apropia del Estado y su viejo padre deberá vivir en un exilio dorado en Francia durante casi dos décadas.

En el Sultanato de Omán, por su parte, Said Bin Taymur ejercía el poder desde los años treinta del pasado siglo. El hombre, a pesar de mantener buenas relaciones con Gran Bretaña y Estados Unidos, optó por asegurar su poder mantenido su país en condiciones cuasi medievales. Así, la riqueza petrolera nunca se utilizó para crear un sistema de salud o de educación mínimamente modernizado. Tras un par de revueltas y algún atentado decidió endurecer su posición prohibiendo absolutamente todo, desde fumar en público, hasta tocar la batería o desplazarse de una ciudad a otra del país sin un permiso especial, por poner algunos ejemplos. Su hijo Qabus, volvía de hacer instrucción militar en Reino Unido y se encontró prácticamente prisionero en el palacio real, hasta que un buen día, en 1970, recibió el imprescindible apoyo occidental y del ejército omaní, para dar el salto y acabar con el gobierno de su padre por un golpe de estado.

¿Qué podemos sacar de todo esto? En mi opinión surgen dos conclusiones evidentes. La primera es que el nepotismo es un arma de doble filo para el gobernante. Por una parte, le aporta tranquilidad ante la presumible fidelidad de sus vástagos pero, por otra parte, crea un clima de indignación pública que puede acabar costándole el puesto. Bien supo esto el difunto expresidente tunecino Bin Ali, cuando Wikileaks publicó los chanchullos de la familia de su esposa. La segunda es que, en ocasiones, la fidelidad del heredero solo es aparente. Al final, en política, el viejo dicho de “cría cuervos y te sacarán los ojos” puede convertirse en algo más que un dicho.

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