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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Jordania: contra viento y marea

Juan Manuel Uruburu
sábado 28 de diciembre de 2019, 19:03h

Imaginémonos un Estado. Un Estado que, en ningún caso, querríamos gobernar. Con buena parte de su territorio cubierto por un árido desierto. Con escasez de agua. Carente de petróleo, minerales o cualquier otro recurso natural capaz de mantener su economía. Con gran parte de su población compuesta por refugiados de los países vecinos. Y ya que hablamos de vecinos, imaginemos que ese Estado tiene al Oeste a la única potencia nuclear de Oriente Medio, al Norte a otro Estado sumido en una cruenta guerra civil, al Este a otro vecino que lucha desesperadamente por no desgajarse en mil pedazos y al Sur al mayor comprador de armas del mundo. Pues bien, ese Estado no es imaginario. Existe y se llama Jordania o, más exactamente, Reino Hachemita de Jordania.

Con tales credenciales parecería el candidato ideal a convertirse en eso que hoy día se llama un Estado fallido. Sin embargo, paradójicamente, una más del Mundo Árabe, este reino es uno de los países más estables dentro del volátil Oriente Medio y está a punto de cumplir su primer siglo de existencia.

Como buen patito feo, el nacimiento de Jordania se debe a la más absoluta casualidad. Para ver esta cuestión debemos remontarnos un poco atrás en el tiempo. Concretamente a la Primera Guerra Mundial y al proyecto de partición que, en 1915, hicieron Francia y Gran Bretaña de los territorios árabes que el Imperio Otomano poseía en Oriente Medio. Este proyecto, conocido como Acuerdo Sykes-Picot en honor a los ministros que lo rubricaron, se configuró siguiendo los patrones coloniales de la época. Se trazó una línea horizontal en un mapa, desde el Mediterránea hasta Irán, adjudicándose Francia lo que quedaba al Norte de la línea y Gran Bretaña lo que quedaba al Sur. Por supuesto, sin importarles un pepino los deseos y aspiraciones de la población de estos territorios, pero es que en Europa siempre fuimos muy prácticos. Una vez consumada la derrota turca en aquella contienda.

Cada uno de ellos tenía su propia agenda y sus intereses estratégicos. En el caso británico los objetivos principales eran evidentes. Por una parte, el de apropiarse de las ingentes reservas de petróleo que existían en el Sur de Irak y, por otra parte, favorecer la creación de un estado para los judíos europeos en el territorio de Palestina. Pero ya estábamos en el Siglo XX. Eran otros tiempos y el imperialismo a la vieja usanza ya no era bien visto por nuevas potencias emergentes, como los Estados Unidos, así que franceses y británicos se comprometieron a crear futuros Estados en aquellos territorios árabes. Para ello, Churchill, en su época de Ministro para las Colonias, se inventó Irak mientras que el Primer Ministro, Lord Balfour, dio carta blanca a los sionistas para apropiarse de Palestina recreando el bíblico Israel. Entre medias quedaba un extenso territorio, casi desértico, desde los confines de la Mesopotamia histórica hasta el río Jordán. Tras breves debates, el gobierno británico decidió establecer allí un Estado monárquico, siguiendo el patrón de sus colonias árabes.

Así, tras un cuarto de siglo de tutela británica nacería, en 1946 el Reino Hachemita de Transjordania. Un pequeño entre gigantes que respondía perfectamente a la lógica post-colonial de Occidente en el Mundo Árabe. Es decir, la de crear estados débiles, con el poder centralizado en una élite reducida y que siempre necesitara el patrocinio exterior de algún protector. De hecho, el joven estado jordano debía su fidelidad a Occidente ante su imperiosa necesidad de conseguir recursos financieros para construir un país moderno. Por ello accedió al proyecto ambicioso e ingenuo, al mismo tiempo, promovido por británicos y norteamericanos de construir grandes oleoductos para que, a través del suelo jordano, fluyera el oro negro desde las costas saudíes y las montañas kurdas hasta el puerto israelí de Haifa, donde sería diligentemente refinado para llegar fresquito hasta los puertos europeos. El plan parecía perfecto. Todos ganaban. Sin embargo, la partición de Palestina y la consiguiente guerra de 1948 mandaría al garete este “brillante plan” post-colonial.

Cierto es que durante aquella guerra de 1948 el ejército jordano consiguió controlar Jerusalén Este y ser reconocido como su administrador por Naciones Unidas. Esto le debió producir gran tal euforia al Rey hachemí que decidió quitar el “trans” al nombre de su país. A partir de entonces pasaría a llamarse Jordania. Pero, más allá de la gloria pasajera por administrar parte de la Ciudad Santa, esta guerra y todas las que se sucedieron no trajeron nada de bueno para Jordania. Realmente se tradujeron en una pertinaz crisis económica, acompañada de un aluvión creciente de refugiados palestinos. Lo peor de todo es que el empeño decidido de Occidente por apoyar la causa israelí junto con la creciente indignación de las poblaciones árabes, impedían a los monarcas hachemíes alinear decididamente su política exterior con algún de los dos bandos. Occidente e Israel tenían la fuerza económica y militar, pero los monarcas jordanos sabían que su corona no era un seguro de vida ante su propio ejército. En los años cincuenta vieron cómo el Rey Faruq de Egipto era depuesto y mandado al exilio por su ejército y Faisal II de Irak era cosido a tiros en otro Golpe de Estado, ambos con el trasfondo de una política exterior excesivamente pro-occidental.

Desde entonces, Jordania ha tenido que nadar constantemente entre dos aguas. En los años setenta tuvo que ceder al ultimátum de Israel y Estados Unidos para acabar con las milicias palestinas formadas en torno a los campos de refugiados. El ejército jordano atacó de lleno estos campos, acabando con miles de milicianos y mandando a la resistencia palestina fuera de sus fronteras. Aquello fue conocido como el funesto Septiembre Negro de 1970 y supuso el fin del sueño palestino de mantener una fuerza armada en los límites de su tierra.

En los años noventa la monarquía jordana tuvo que marcarse un gesto ante su población palestina, mostrando un tibio apoyo a la causa de Saddam Hussein tras invadir Kuwait y lanzar unos cuantos misiles sobre Israel. Este gesto le salió rematadamente mal al Rey Hussein de Jordania, que vio recortada de modo drástico, la ayuda estadounidense de la que depende, en gran medida, el presupuesto del Estado. Pero el Rey jordano supo redimir sus pecados prestando su imagen a la gran pantomima de los Acuerdos de Oslo, en 1991, y manteniendo la sonrisa durante los siguientes años mientras Israel triplicaba el número de colonos en Palestina.

Durante los últimos años, el reino hachemí se ha debido de enfrentar a algunos de los problemas que alastran crónicamente su economía, es decir, el desempleo, la corrupción, el nepotismo. A diferencia de otros países árabes que vieron zozobrar y caer sus regímenes, en Jordania el sistema político no ha estado en causa durante la llamada primavera árabe. El Rey Abdalá ha sabido aparecer ante los jordanos como un servidor de la patria, externo al sistema político y que trabaja para corregir sus defectos. En la escena internacional la ocupación palestina quedó cubierta bajo un tupido velo y Jordania se enfrenta actualmente a los problemas económicos inherentes a un país pobre en recursos y dependiente de la ayuda internacional. Pero ha pasado ya casi un siglo desde que a Gran Bretaña se le ocurriera crear un Estado en medio de la nada. Hoy día Jordania puede ver orgullosa como es uno de los pocos países árabes en los que nunca se ha producido un Golpe de Estado. El sistema es estable, con sus deficiencias, y Jordania avanza, resistiendo contra vientos y mareas.

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