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TRIBUNA

Jörg Immendorff, una gran “ópera” europea en cien interesantes cuadros de Alemania

domingo 05 de enero de 2020, 20:05h

INTROITO

En el título de este artículo he embutido una alusión a “La libertad de Mühlheim y algunos interesantes cuadros de Alemania”, aquella exposición organizada en 1980 por la galería Paul Maenz de Colonia que inauguró el revulsivo de la experiencia posmoderna. Sucedía en medio de una atmósfera artística y cultural entumecida por los acontecimientos sociopolíticos de la Guerra Fría.

Si bien Jörg Immendorff no formaba parte del elenco de aquella exposición, ya por entonces mostraba un compromiso artístico valiente. Este espíritu le permitiría forjar un cuerpo pictórico colosal de enorme personalidad, más allá de todas las facturas pasadas.

Aun cuando conocía buena parte, me resultó interesantísimo el recorrido del centenar de obras que conforman su actual exposición “La tarea del pintor”, abierta en el Museo Reina Sofía hasta el 13 de abril de 2020 y comisariada por Ulrich Wilmes. No todas las piezas tienen la gran calidad y atractivo de las mejores de la muestra, por otra parte algo natural que ocurre con casi todas las exposiciones. Sin embargo, algunas de estas obras están entre los grandes logros de la pintura creada en Europa y más allá en la segunda mitad del XX. Por otra parte, recorrerla entera tomando distancia de los distintos conjuntos es como asistir a la representación de una ópera con su libreto críptico y su música intuida y como deudora de Schoenberg.

Hoy empieza a ser un clásico; a mí me tambaleó hace treinta años cuando lo descubrí en los libros de arte.

CACHO PRIMERO

Entre los profanos españoles del arte contemporáneo, Immendorff era casi un desconocido; entre los competentes ha sido alguien, en mayor o menor grado. Esta exposición cambiará las cosas.

Sinceramente, creo que aquí quedaba lejano, extraño, extravagante, inextricable, como nos quedaban el Telón de Acero y el codillo de cerdo al horno con col hervida (schweinshaxe auf sauerkraut); a mí me recomendó este plato un amigo cerca de Heidelberg a mis diecinueve años, en el mismo viaje en que descubrí a Lovis Corinth.

Supe de Immendorff gracias a mi curiosidad, buceando en las librerías de arte, como me ocurrió con toda la escuadra de neoexpresionistas, nuevos salvajes y transvanguardistas de los años setenta en adelante. Tardaron en llegar a España y, para colmo, no terminaron de entrar del todo en un principio. Algunos jóvenes como Lolo Pavón parecían haberlo traído tatuado en las venas; me vienen a la memoria otros jóvenes pintores españoles ya activos en galerías. Pero, en general, costó digerirlo.

A los muy jóvenes estudiantes de arte del sur aún nos estaba ayudando la obra del hispalense Baldomero Romero Ressendi a metabolizar el tremendismo y la sátira de pintores europeos mucho más antiguos que él mismo y con un universo atormentado y erótico, como también lo tenía él. Hablo de los artistas del Expresionismo alemán histórico, sus parientes del austriaco y sus rivales de la Nueva Objetividad: Kirchner, Lovis Corinth, Kokoschka, Beckmann, Grosz... Todos figurativos. Esto es, los antecedentes del Neoexpresionismo posmoderno al que perteneció Immendorff más adelante en el siglo XX.

Solo que Ressendi, en aquella excepción europea que era la España franquista, pintaba al margen de la política, la justicia social y la ensoñaciones de libertad. Él pintaba casi como lo había hecho Velázquez tres siglos antes, en un paréntesis de rostros indolentes y grotescos, sedas salvajes y carnes vivas. En cualquier caso, también mostró una enorme sensibilidad humanista en su pintura.

En España, con el cambio de régimen en 1975, pintores españoles de la edad de nuestros padres que durante el franquismo habían rumiado, a contracorriente, la comprometida pintura figurativa europea asomaban la cabeza, casi libre ya de todo el riesgo corrido, en las salas de exposiciones españolas; permanecían fieles a un expresionismo de cuño sociopolítico muy ideologizado. Hablo de artistas como Juan Genovés, Francisco Cortijo o Paco Cuadrado. Francisco Picón Moreno me contaba todo sobre este asunto siendo yo adolescente.

Cuando estábamos tratando de comprender el mapa cultural europeo de los dos primeros tercios del XX nos llegaron, como he dicho, los primeros signos de lo que había estado ocurriendo en Europa en las décadas de 1970 y 1980. En Alemania un grupo de jóvenes había optado por refundar el Expresionismo, con su mismo carácter figurativo. Estos eran Baselitz, Hödicke, Kiefer, Lüpertz, Penck, Polke, Salomé… Y el propio Immendorff.

De este lado del muro, la pintura figurativa se había estado viendo con recelo a causa del Realismo Socialista que imperaba en la U.R.S.S. En el lado soviético, la abstracción era vista como ese precepto capitalista sin mensaje ni historia. A ambos lados del telón, los artistas independientes se arriesgaban. En la Unión Soviética, los conceptualistas de Moscú no vieron la luz hasta la década de 1990. A toro pasado, las cosas se ven fáciles.

CACHO SEGUNDO

Jörg Immendorf nació en 1945 en Bleckede, ciudad alemana de la Baja Sajonia, al este del país. La Segunda Guerra Mundial era ya historia pero estaba por comenzar un periodo tenso que entumecería el espíritu de Europa durante más de cuatro décadas: la Guerra Fría. El Telón de Acero se alzó al poco de nacer Jörg. Bien como muro físico, bien como frontera de garitas y alambradas disuasorias, consiguió dividir en dos la ciudad natal de Immendorff y laceró con su corte extenso en el costado de Alemania los sentimientos y deseos de aquella gente cansada de años de guerra; no solo cansada sino lo suficientemente huérfana, viuda y herida de muerte como para más inri.

Por si fuera poco, el pater familias abandonó el hogar dejando al niño Jörg y a su madre en medio de todas las tribulaciones de un mapa agrio y confuso.

Todo esto debe ayudarnos a comprender por qué aquel muchacho llega a convertirse en un artista inextricable para el común de los mortales, genial para muchos pintores y ambicioso y vividor para consigo mismo.

No seré yo quien explique aquí las virtudes de cada cuadro, las intenciones volcadas en ellos o las épocas y facetas de su quehacer; están en la prensa y en los libros. Hay que visitar, eso sí, la exposición del Reina Sofía para disfrutar de una parte de su rebeldía y de la espectacular galería de respuestas que el pintor alemán se da y nos comparte al cabo de tanta amarga pregunta sobre su entorno vital. Resulta proverbial su supervivencia titánica frente a las dificultades de

una patria dividida y una voluntad libertina que termina escandalizando. Markus Lüpertz, ese otro genial pintor neoexpresionista, leería la cartilla a los Estados que no permitieran el desarrollo del máximo número posible de artistas verdaderos. En Alemania lo consiguieron muchos.

A mí Immendorff me estimuló en el deseo de pintar desde el primer momento que vi su obra reproducida en los libros, como me ocurrió antes con su admirado Guttuso y con Bacon. Luego vi su obra en vivo por Europa y aquí en la galería Juana de Aizpuru. Me atrae de él lo mismo que me atrae de buena parte del Expresionismo pionero que se desarrolla en torno a la Primera Guerra Mundial, esa suerte de curación de las heridas a través del arte; el vómito del dolor universal y todo eso que para muchos resulta una patraña sensibilera.

El arte tiene su tarea de compromiso social y humanista, como hace intuir el título de la exposición que nos ocupa. Tal vez, Immendorff desbarró con su compromiso maoísta pero qué decir si esto le ocurrió al mismísimo Sartre. En el fondo de ambos espíritus latía un anarquismo irreductible. Luego está ese otro movimiento pragmático del Post-Expresionismo de Weimar, de las décadas de 1910 a 1930, que odiaba la “sensibilería” del Expresionismo y que se apagó cuando los nazis alcanzaron el poder y los persiguieron por “degenerados”.

Pero después de ver algo de lo que muchos artistas vieron en las guerras y saber lo que otros vivieron en la “Fría”, ustedes me dirán si las estructuras espaciales no terminan por tambalearse y el espíritu abotargarse como organismo herido. Ahí están la serie de Café Alemania y los cuadros de Sutura, en los que Immendorff se desangra ante los zarpazos que sufrió su nación. Los hombres caminaron y los artistas trabajaron como espectros del puro miedo.

CACHO TERCERO

Jörg Immendorff pintaba maravillosamente bien. Un señor delante de algunos de sus inmensos lienzos expuestos en Madrid decía a una chica joven: “Tiene algo, pero lo que es dibujar… No me termina de gustar”. Más tarde, como media hora después, al volver a pasar yo por la misma sala, le vi aún allí, clavado en el mismo sitio, atrapado, descolocado ante esa pintura soberbia y diabólicamente atractiva donde uno se hunde cada vez más como en una arena movediza.

El New York Times le define como un híbrido de pintor expresionista de brutísima pincelada y un animador de comic. No es descabellado. Hay mucho recorte y mucha viñeta en su obra. Desde que entré en el espacio de su muestra, me sentí en un territorio ambiguo que se debatía entre tebeos y fanzines propagandísticos de la izquierda radical, cartelería ochentera de una tal movida centroeuropea de culto y mucho destello fosforescente en grandes escenarios donde se mostraba gente guapa y grotesca, culta y hortera, expresiva y anodina. Arte en contavención permanente como toda la vida de este dichoso y maldito artista al que amo desde joven.

No sé por qué pero me acordé de esas cajas de lata, de tortas o galletas, donde mis padres guardan fotos de cumpleaños, estampas y postales vintage, antiguos cromos con ribetes perforados, lágrimas de chandelier, cuentas de bisutería, etiquetas de vinos y chocolates, vitolas con caras de escritores y artistas, envoltorios de oropel, tarjetas navideñas, etc.

Allí estaba todo eso reconvertido en algo grave, representado en lienzos enormes con reminiscencias de arte xilográfico, con fragmentos de la historia de Alemania semiocultos en los fondos. Se dejan ver muchas lumbreras de la cultura europea, genios de las Vanguardias Históricas del XX, galeristas, mecenas, starlettes… Y luces, luces, luces… Lumbreras y fósforo... Primates-artistas y oropel… Resplandores que disipan tanta sombra acumulada en el alma de este pintor desde que su país fuera dividido. Tanto sufrió que el día que el Telón se desplomó prefirió no decir nada. Por entonces, el ya estaba por la farra.

Y está incluso la luz de Dios, a quien reconoció un día cansado de no creer en Él y mucho después de descreer en Marx y en Mao. Esta última luz la he visto en esos cuadros de la década del 2000 que pertenecen a Michael Werner y que están en una penúltima salita del recorrido a la que se accede después de pasar por el cuadro “La tarea del pintor”que da nombre a toda la exposición, luminoso también de otra forma.

El cuadro de mis amores se llama Spring (Primavera o Geyser) y es del año 2003. Emana del lienzo una luz de epifanía, de redención necesaria para un alma que ya no puede pintar con la vanidad que nos nutre de costumbre a los pintores sino a través de las manos de su ayudante; luz pseudomística que alumbra a los primates-artistas cuando empiezan a comprender que Dios les perdona casi siempre.

Jörg sufrió, enseñó, militó, gritó, escenificó, sirvió, pintó sin desmayo… Adoró, repudió, copuló, bebió, esnifó, pintó sin sus manos... ¡Maldito Immendorff, que Dios te bendiga!

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