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TRIBUNA

Carniceros, embalsamadores y mujeres

domingo 19 de enero de 2020, 19:31h

Hoy me escribe lo siguiente un amigo muy querido, de izquierda real y al mismo tiempo comprometido lealmente durante la mayor parte de su vida con el Psoe, lugar desde el cual ha sido el alma cultural de Extremadura: “En las últimas elecciones ya no he votado, por primera vez en mi vida”. Estoy hablando de un intelectual de mi edad, y por lo mismo bastante mayor a estas alturas del partido, y no ignoro que eso le habrá supuesto un dolor grande, porque vive lo político desde lo cultural, incluso desde lo religioso, lejos de cualquier inercia predadora.

Cuando una fulguración semejante se produce en el alma de militantes de valor extraordinario, me siento también yo mismo interpelado y, desde mi mejor voluntad, me pregunto con extrañeza: ¿son estos intelectuales de izquierda tan torpes que no se dieron cuenta de la metralla que llevaban las balas que ellos mismos hacían estallar desde el plano reflexivo de los partidos a los que apoyaban?, ¿o acaso utópicos resistentes a los que costaba enormemente renunciar a los buenos ideales que supuestamente alentaban los partidos a los que servían de soporte especulativo?

Desde luego, y aunque más vale tarde que nunca, siempre me parecieron patéticos los compadreos con dictadores como Fidel Castro (“un dictador bueno”), según definía García Márquez con su liqui-liqui al gurú barbudo cuya bondad ordenaba la eliminación de toda libertad, incluso de la libertad de pensar, para el pueblo cubano cuya paternidad putativa se subrogaba.

Más vale tarde que nunca, sí, pero ¿cur tan sero, por qué tan tarde?, ¿o será -me dice mi conciencia coadyuvante- que los intelectuales puristas deben de tener más paciencia con los poderes, porque ciertas críticas intempestivas contra ellos resultan reaccionarias al fin y al cabo? Lo sorprendente es que la gente tenga tanta paciencia al menos como yo tengo impaciencia; no sé ya en qué consista la paciencia de los izquierdistas que inmutadamente dormitan en el valle de Josafat.

Porque, además, al pueblo le encantan las tomaduras de pelo llevadas a cabo por los nuestros, que “serán unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta”. Y entonces a Sansón no hay Dalila que le corte la coleta; es más Sansón y Dalila pasarán a ocupar dos importantes carteras ministeriales para poder pagar su gran mansión porque nosotras podemos, versión política de la comercial porque nosotras lo valemos. Serán descastados de la casta, bueno y qué, pero incluso así sus votantes continúan adheridos a ellas como estampilla cuando “los de la casta” se vuelven más castizos que los enemigos. Ley del embudo al canto: lo que a los otros no toleran ni por asomo, a nosotras nos lo vitorean con una esperanza incólume: pase lo que pase, y a pesar de lo que pase, son de las nuestras, como en la parábola del jardinero invisible de Anthony Flew. Por lo demás, como ellas son la izquierda divina, pobres de quienes osen desenmascararlos.

En fin, ahí va el texto que acabo de leer, y que me ha dado pie para este vivíparo artículo de hoy, con el cual les dejo por si hacen alguna conexión de ideas: “El espacio de casas de carniceros estaba cargado de sangre derramada y muerte infundada. Era un lugar tabú, vedado a hombres, mujeres y niños. Seguramente fuera de este lugar la actividad carnicera era un ultraje, ya que impregnaba de suciedad el espacio habitual social”[1].

[1] Pou, S: Carniceros, embalsamadores y mujeres: el tabú de la sangre derramada entre los aborígenes canarios. Bandue, nº X, Editorial Trotta, Madrid, 2017, p. 161.

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