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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Paul Balta: Un gran cronista del Mediterráneo

Juan Manuel Uruburu
miércoles 22 de enero de 2020, 19:55h

Llega el cambio de año e incluso de década, si queremos dar mayor trascendencia al acontecimiento. Toca poner en práctica los inmemoriales ritos de estas fechas. Ritos tales como mandar a la basura aquel simpático calendario de la cocina con su muerte programada, el de deshacernos de la agenda de papel, que se resiste a desaparecer ante el avance del mundo digital, o el de recordar a los seres ilustres que dejaron este mundo en 2019, antes de que el tiempo los engulla y se conviertan en historia.

Por ello, quisiera aprovechar estas líneas para rendir un pequeño homenaje a una persona, o personalidad, especialmente interesante para aquellos que nos dedicamos a intentar comprender el Mundo Árabe clásico y contemporáneo. Se trata de Paul Balta. Un prolífico periodista, escritor e investigador que consagró su vida al estudio y divulgación de las sociedades que viven en torno a este Mare Nostrum en el que el que europeos, africanos y asiáticos nos miramos todos los días desde hace milenios.

Se podría decir que Paul Balta fue un ciudadano mediterráneo por excelencia. Nacido y criado en la multicultural Alejandría del periodo entreguerras, con orígenes libaneses, apellido turco y pasaporte francés. Tal y como describe en alguna de sus obras, pasó su infancia y juventud en Egipto, conviviendo y creando fuertes vínculos con familias judías, cristianas y musulmanas en todas sus variedades confesionales. Durante aquel periodo fue donde aprendió que realmente existía un acervo cultural y vivencial común más poderoso que las divisiones que la religión y la política han tratado de crear entre los pueblos del Mediterráneo. Quizá, aquella experiencia de juventud le permitió tener una visión amplia de la única región del mundo que, en un espacio limitado, ha visto sucederse tantas civilizaciones. Así, entendió siempre el Mediterráneo como un mar de paradojas, describiéndolo como “una zona de rupturas y confrontaciones que nunca ha dejado de ser, sin embargo, desde hace unos diez mil años una encrucijada de intercambios donde cultura y comercio no han dejado de conjugarse”.

En 1947, recién estrenada la mayoría de edad, Paul Balta se estableció en París, para continuar sus estudios en un Liceo, con el objetivo de preparar su entrada en la Escuela Normal Superior. Allí, este autor comprobó con estupor que sus compañeros de clase no conocían prácticamente nada del mundo árabe antiguo y contemporáneo, mientras que no se les escapaba nada de la Antigüedad griega y romana. Esto le impulsaría definitivamente a cambiar su rumbo y dedicar su vida profesional a profundizar en el conocimiento y, sobre todo, en la divulgación de los avatares sociales, políticos y culturales de los pueblos de las riberas Sur y Este del Mediterráneo. Y vaya si lo hizo. Tras haber recorrido la mayoría de los países ribereños, ejerció, entre 1970 y 1985, como corresponsal del diario Le Monde, especializado en el Magreb y Oriente Medio. Durante esta época fue un espectador e informador privilegiado de los convulsos acontecimientos que se sucedieron en aquella región. Desde la ocupación del Sáhara, hasta la Guerra del Yom Kippur, pasando por la guerra civil libanesa o las llamadas “revueltas del pan” en Túnez, Argelia y Marruecos, fuimos informados en la ribera norte por medio de las magníficas crónicas que enviaba Paul Balta.

Pero, quizá, su gran mérito fue el de ir más allá de la simple crónica. Balta no se limitaba a enviar una serie de datos organizados bajo una simple estructura lingüística, como hacen tantos periodistas occidentales en el Mundo Árabe, sino que demostró una finísima capacidad de análisis de las situaciones que vivía. Por ejemplo, en 1992, tras producirse el Golpe de Estado en Argelia que anulaba las elecciones legislativas en curso, nuestro autor supo anticipar con gran precisión el desastre que se avecinaba. Frente al entusiasmo de los “erradicaturs”, que abogaban por la mano dura para acabar con el islam Político, y el alivio velado que mostraban las cancillerías occidentales por mantener a un ejército corrupto en los mandos del poder en el gran suministrados de gas del Sur de Europa, Balta adivinó con detalle la sangrienta guerra civil que se avecinaba.

Consciente de las dificultades a las que se enfrentaban los países de la ribera sur del Mediterráneo, este autor se mantuvo siempre fiel a sus ideales de cooperación, tanto entre los países del Magreb como entre éstos y Europa. Así analizó en numerosas ocasiones las dificultades a las que se enfrentaba la cooperación inter-magrebí, tras el lanzamiento, en 1988 de la Unión del Magreb Árabe. Igualmente, siguió con atención los incipientes procesos de cooperación entre magrebíes y europeos surgidos a rebufo del llamado “Proceso de Barcelona” de 1992, abogando por el refuerzo de cooperación entre las dos orillas como caminos para el progreso mutuo.

En 1988, tras mucho, muchísimos kilómetros recorridos, pudo encontrar el sosiego de la investigación en el Centro de Estudios del Oriente Contemporáneo de la Universidad de la Sorbona de París, que dirigiría hasta su jubilación. Dejó un legado de más de veinte libros e innumerables artículos, en los que abordó temas de lo más variado y fascinante, como los tejemanejes palaciegos en la política de los países árabes, las particularidades de las religiones o las tradiciones culinarias del Mediterráneo. En uno de sus últimos artículos, publicado en España por el Instituto del Mediterráneo, sintetizaba su pensamiento sobre la cooperación entre europeos y árabes en un párrafo hermoso en el que abogaba por “que Ulises y Simbad, los dos grandes marinos presentes en nuestros imaginarios colectivos, aprendan por fin a navegar juntos para que el Mare Nostrum se convierta un día en Mater Nostra”.

De Paul Balta, decía el anterior Presidente Argelino, Bouteflika, que “tenía sangre árabe”. Y en verdad la tenía. No solo por sus orígenes familiares, sino por su capacidad para interpretar el sentimiento de eso que hoy día se llama “la calle árabe”. Tal día como hoy, hace casi un año, y tras casi nueve décadas dando vueltas a este mar que le vio nacer, fallecía este gran cronista de su tiempo. A buen seguro, más un árabe habrá murmurado la plegaria funeraria por excelencia, rahimahu allah (que Dios le tenga en su misericordia).

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