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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

¿Qué indigna a los iraquíes?

Juan Manuel Uruburu
martes 11 de febrero de 2020, 20:34h

Irak posee una relación casi literaria con los medios de comunicación. A modo de río Guadiana, irrumpe con fuerza arrolladora en la actualidad internacional de nuestros diarios, televisores y radios con noticias turbulentas para, a continuación, desaparecer de modo abrupto, sumergiéndose en esa nebulosa que históricamente se conoce como “la cuestión de Oriente Medio”. Recientemente, este fatídico devenir ha vuelto a reproducirse. Tras haber pasado casi de puntillas por la llamada “primavera árabe”, los iraquíes han terminado esta década del siglo XXI en las calles, mostrando su indignación contra unas autoridades a las que atribuyen la responsabilidad por el creciente empeoramiento de las condiciones de vida en un país que, décadas atrás, llegó a ser un modelo de desarrollo social y económico en todo el Mundo Árabe. Y es que la historia reciente de este país no ha sido especialmente amable con su pueblo. La ineptitud de sus dirigentes, desde los uniformados del Consejo de la Revolución con Saddam a la cabeza, hasta los encorbatados y enturbantados políticos de nuestro siglo, ha llevado a esta perla de Oriente Medio a un estado francamente calamitoso.

Realmente los iraquíes tienen, hoy día una lista interminable de motivos para indignarse, carestía de los alimentos, subida de los carburantes, infraestructuras públicas que se mantienen en un estado infame a pesar de los años transcurridos desde la última guerra, y así un largo etcétera. Baste decir que los habitantes de Basora, la capital del sur del país, no se pueden permitir el lujo de beber un simple vaso de agua del grifo por estar totalmente contaminada. Todo esto quema, y bastante. Pero como en todas las revueltas populares tiene que haber una chispa que haga saltar el incendio. Un motivo palpable que haga a las personas salir a la calle y enfrentarse a fuerzas policiales y paramilitares de “gatillo fácil”. Ese motivo no podría ser otro que la corrupción, la misma corrupción que Wikileaks mostró a tunecinos y egipcios y que acabó provocando un terremoto político en el Mundo Árabe. Y es que en Irak hoy corrupción, mucha corrupción. No es que sea algo exclusivo de este país. La corrupción está presente en Irak y en el Vaticano, pero cuando hablamos de un estado rentista, con la labor de distribuir las ingentes rentas del petróleo y que además gestiona los caudalosos fondos destinados a las reparaciones de la guerra, la situación se complica más aún.

Pero por encima de esta corrupción profunda, la de la adjudicación de contratos públicos a cambio de comisiones, la de los sobrecostes descarados y no fiscalizados, etc., existe otra corrupción. Se trata de aquellas prácticas que tienen el objetivo evidente de esquivar la acción de la justicia sobre los cargos públicos. Este caso lo vemos muy presente en la cuestión de la nacionalidad de los cargos públicos iraquíes. Como ya es sabido, tras la invasión norteamericana de 2003, el enviado especial para este país, Paul Bremer, y su equipo asesor, trataron de crear una nueva administración que hiciera resurgir a Irak de sus cenizas conforme a modelos Occidentales. Para ello, el primer paso fue el de dotar al país de una nueva constitución, que nació en 2005, plagada de buenos propósitos y con medidas impecablemente democráticas, conforme a los patrones del constitucionalismo moderno.

Un ejemplo de estos buenos propósitos lo encontramos en el artículo 18 de este texto, en el que se establece que los altos cargos públicos con funciones de soberanía o de seguridad solo podrán ostentar una nacionalidad, la iraquí. Ahora bien, tal y como sucede en muchos preceptos constitucionales, esta disposición no es directamente aplicable, ya que necesita ser desarrollada por una ley. Nos podemos preguntar cuál es el objetivo e importancia de esta norma. Muy sencillo, en la mayoría de los países rige un principio por el cual nunca se extradita a sus propios nacionales a terceros países, ante requerimiento judicial extranjero. Ante esto, la jugada se vuelve más clara. Un cargo político iraquí poseedor de una segunda nacionalidad posee una válvula de escape perfecta para sustraerse a cualquier acción judicial de los tribunales. Basta con subirse a tiempo a un avión que le lleve al país de su segunda nacionalidad y allí no habrá orden internacional de detención capaz de sacarle de su casa.

El caso es que, como decíamos, la constitución prevé la aprobación de una ley que haga directamente aplicable esta previsión en el ordenamiento jurídico iraquí, pero aquí es donde comienzan los problemas. Y es que quince años después de la entrada en vigor de la constitución, sus señorías parlamentarias han demostrado no tener ninguna prisa para la aprobación de esta ley. En 2009, el gobierno de Nuri al-Maliki presentó un primer borrador al Consejo de estado, para su estudio previo, antes de presentarlo al Parlamento, pero entre medias, el proyecto quedó atrapado en algún cajón de caoba y nunca más salió de allí. En 2011, se realizó una nueva tentativa, que llegó hasta el Parlamento, pero allí el proyecto fue rechazado por alegados “defectos de forma”. Todos los posteriores intentos de aprobar esta norma en el Parlamento han chocado con el veto de diferentes grupos políticos, que ha hecho inviable su aprobación.

Pero, ¿qué se esconde detrás de esta descarada omisión de un mandato constitucional? Estas dilaciones descaradas tienen un trasfondo evidente. Actualmente, once ministros irakíes y en torno a 70 de los 100 diputados del Congreso, poseen doble nacionalidad, así como 32 de los 66 Embajadores del país. La cuestión llega hasta las más altas magistraturas del Estado, como el caso del Presidente de la República, Burham Salih, quien, para acceder al cargo, tuvo el “generoso gesto” de renunciar a su segunda nacionalidad, británica, sin que una ley le obligara a ello, o el del nuevo primer Ministro, Ayad Allawi, también británico. Y es que el tema del pasaporte importa, y mucho. En los últimos años han escapado de la justicia iraquí personajes relevantes acusados de corrupción, como el antiguo gobernador de Basora, refugiado en su hogar australiano, o los antiguos ministros de defensa, electricidad y comercio, parapetados tras su pasaporte.

Mientras tanto, sus señorías continúan discutiendo la nueva ley. Sin prisa. Todo esto lo saben los iraquíes y lo expresan bajo gritos de indignación en las calles de Nayaf, Basora o Bagdad, pidiendo no ya un cambio político, sino un cambio del sistema en su totalidad. Un sistema corrompido. El balance de víctimas es trágico, pero aún hay esperanza. Como cantaba hace años Lluis Llach en la mítica L´estaca, “si tú tiras fuerte por aquí y yo tiro fuerte por allí, seguro que cae, cae, cae y nos podemos liberar”. Al final las estacas se pudren y caen.

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