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TRIBUNA

Abundando en Jörg Immendorff

martes 11 de febrero de 2020, 20:42h

INTROITO

Abundo en reflexiones sobre la obra y circunstancias del artista alemán Jörg Immendorff (1945-2007) que viene siendo objeto de una gran retrospectiva en el Reina Sofía, museo al que algunos comerciales llaman ahora impropiamente el “Reina”, a secas. La exposición está comisariada por Ulrich Wilmes y permanecerá abierta hasta el 13 de abril de este 2020.

La tarea del pintor” es el lema de esta exposición donde, como ya dije, están algunas de las obras maestras de la pintura posmoderna europea.

PRIMERA PARTE

¡Yo, de mayor, “quiero llegar a ser un artista”, mami! O, por lo menos, camarero… ¡Sí..! ¡Sí, eso: waiter de la Vanguardia, mamá! ¿Tú sabes lo que es la Vanguardia, mami? -estas reflexiones puestas, figuradamente por mí, en boca del pequeño Jörg, fueron bien pronunciadas bien pintadas por él con los años.

En la posguerra alemana la mamá del pequeño Jörg tenía más que suficiente con sacarlo adelante ella solita. El pater familias se había quitado de en medio como hizo a principios del XX el padre del pintor abstracto Arshille Gorky tras el genocidio armenio, a raíz del cual la madre del pintor falleció de hambre. Gorky emigró a los Estados Unidos y logró triunfar, pero un dolor como el suyo -rayo que no cesa- le llevó joven al suicidio. Resulta que un hijo no reconocido de Immendorff le reclamó post mortem su “legítima” parte. La ley del boomerang suele cortar la respiración.

Desconozco si la madre de Immendorff tenía conocimientos artísticos; si sabría algo o no de aquella Vanguardia ya consagrada cuando su Jörg crecía. Aquellos movimientos artísticos nacidos a comienzos del XX habían subvertido el orden del arte, que volvería de nuevo a ordenarse en algunas épocas y latitudes. En realidad, vinieron a demostrar que si invitas al arte a bajar desnudo por una escalera, una o dos veces, se descompone para luego recomponerse y volverse a descomponer: es el destino del arte. A Marcel Duchamp lo reconquistan Rauschenberg y Jasper Johns.

El pequeño Jörg, artista en agraz -deuda ansoniana-, sería de mayor un forofo de aquellas vanguardias. Algo tendría que ver su madre, digo yo; los asuntos de la sensibilidad suelen incubarse en el vientre, antes de nacer, como siempre aseguró Salvador Dalí que fue vanguardista antes que fraile en la Sagrada Cena.

Todas las madres tienen el pálpito de que su hijo será alguien. Todo el mundo es alguien hasta que otros se lo chafan cuando su madre no está delante. La madre de aquel Pablito de Málaga, María Picasso, estaba segura de que su hijo, de proponérselo, llegaría a general, a Papa o a lo que quisiera.

Dentro del grupo de los nuevos expresionistas alemanes que surge en la década de 1970, Immendorff llegó a ser una suerte de intendente liberado, y libertino con retranca. Pintó pero no aglutinó. Por individualismo o desencanto, no halló compañeros de viaje en su cruzada de arreglar el mundo. En mi opinión, se lo quiso montar en solitario. Debía tener amplios conocimientos artísticos y culturales ya en la juventud pero no la suficiente distancia como para saber de los oscuros tejemanejes de la injerencia política en lo artístico. El individualismo es, para Mario Vargas Llosa y en cuestión de arte, un plus; para San Agustín, un pecado. Cuando Marcel Duchamp abjuró de los grupos artísticos se debió a que había sufrido una traición de orden cainita en sus carnes.

SEGUNDA PARTE

Los artistas están poseídos por su carácter; no más que cualquiera aunque se ve más que en cualquiera. Immendorff no debió ser un tipo simple y, al igual que Dalí, sabría que el trono del arte de su tiempo estaba ya adjudicado y que esto le obligaría a emplearse a fondo. La fanfarria espectacular y la farsa le serían de gran ayuda. Muchos artistas tienen una ambición babilónica; otros se opacan tristemente sufriendo una injusticia que, en palabras de mi amigo el exégeta Monseñor Oliver Román, es relativa a aquella sociedad donde “los hombres no son dueños de su propio destino” … La sociedad babilónica.

Dalí gustaba de rodearse de chicos guapos y starletes en cueros, en excéntricas performances, casi siempre celebradas en habitaciones de hotel. Dalí, que decía haber venido a salvar el arte de su extravío, sabía que aquellos transgresores montajes le salvarían a él del olvido que la intelligentsia le prodigaba; y de la que le dispensaba el Guggenheim. Acabó agarrándose a la Cruz de Juan de Yepes.

Algún “razzmatazz” rumiaba Immendorff cuando se montaba aquellas orgías de coca y champán con muchas mujeres, también en habitaciones de hotel, mientras él se cubría de leopardo y bisutería como hicieran Dalí en París y él mismo en Auckland. Algunos han sugerido que aquellas fiestas solo eran un montaje publicitario. Más que reinterpretar, desafiaban al libertino de William Hogarth pues ellos nadaban y guardaban la ropa. Sabían que el hombre sencillo había terminado perdiéndose en el laberinto del arte y ellos lo conducirían a sus particulares salidas. Según el parecer de Max Weber, como líderes que se creían con una misión, tenían el manual para convencer a las masas. También a las élites y, en eso, eran más versátiles que los políticos.

De existir artistas impostores estos están, obviamente, mezclados con los auténticos; cribarlos es un crimen y un error. Precisamente eso hicieron los nazis de forma desvergonzada. ¿¡Podemos imaginar cuánto arte auténtico se ha cribado, ocultado o destruido solo en el siglo XX!? ¿¡Y cuánto arte impostor se ha vendido o promocionado!? Pero… ¿Cómo distinguirlos? Federico García Lorca escribió versos que desean ver la verdad, como estos: “Abrid los escotillones para que vea bajo la luna/ las copas falsas, el veneno, las calaveras de los teatros” (Ciudad sin sueño).

TERCERA PARTE

Los poetas y artistas que posibilitaron la modernidad de 1900 y los que la dilataron hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial dieron a Immendorff una coartada para irse saliendo de rositas de tanto compromiso sociopolítico y tanta denuncia narrativa en los tiempos de consternación de la Guerra Fría. Immendorff se calla finalmente como activista político porque se ha percatado de que está proclamando solo en medio de una sociedad harta de ser aniquilada, primero, y manipulada, siempre, por el poder.

Kokoschka había sufrido dos procesos de melancolía pasajera pero muy profunda. Tras la Primera Guerra Mundial, en la que había participado como soldado del Imperio austrohúngaro, había desarrollado un sentimiento de odio extremo al hombre tal como les ocurriera a Max Beckmann y a otros tantos expresionistas. Descreyendo del ser humano, se dedicó al paisaje; antes había considerado que todo paisaje remite al hombre. Tras la segunda gran guerra, asilado en el Reino Unido, donde ya era admirado, su odio recayó, esta vez, en el poder.

En los albores de la segunda guerra, Kokoschka había usado la pintura y la caricatura como armas de legítima defensa contra los nazis, que lo habían incluido a él entre los artistas degenerados. Testimonios de su capacidad satírica para con el Tercer Reich son obras como El huevo rojo, La maquis Marianne, Aquello por lo que luchamos y otras donde Kokoschka se hace eco de la crítica mordaz del británico William Hogarth sobre la ambición y los vicios de la sociedad masculina. Immendorff está en una posición más arriesgada, dentro de un territorio -su país- que tiene las heridas abiertas y no es un feminista declarado como sí era Kokoschka; aun así, en Café Alemania, su serie magistral, Immendorff no se muerde la lengua. El New York Times lo consideró pintor de brava expresión en amalgama con dibujante satírico.

El caso es que, terminada la segunda guerra, Oskar Kokoschka confiesa al crítico Alfred Neumayer que aquél no es un mundo en el que desee vivir, algo que se repite de alguna forma en Immendorff con su tierra dividida. Lejos de recuperar su natural entusiasmo, la melancolía de Kokoschka se agrava; como escribió Vincent Van Gogh, que tanto influyera en Oskar, la tristeza no tiene fin. Aquel gran melancólico natural, el británico Gilbert K. Chesterton, había escrito El hombre que fue jueves, una novela del anarquismo, para fortalecer su fe en Dios y en la justicia. Cicerón ya no quería vivir en el mundo sin justicia de Julio César.

CUARTA PARTE

En la década de 1980, con Helmut Kohl en la Cancillería y Ronald Reagan en la Casa Blanca, la política de desgaste a la URSS se recrudeció. La separación de las dos alemanias tuvo para Immendorff el mismo efecto que para Kokoschka la debacle de la República de Weimar. La diferencia estriba en que a Immendorff nadie le llamó “artista degenerado”; sí idelógicamente turbulento, lo que conllevaría su expulsión de la Academia de Düsseldorf en 1969, la misma donde enseñaba Joseph Beuys.

Dieciséis años en el poder permitirían a Kohl ser, en 1990, el primer canciller de la Alemania unida, el hecho que Immendorff llevaba toda la vida esperando. Dicen que ante aquel anhelado acontecimiento el pintor no se pronunció. Se limitó a pergeñar aquel cuadro donde su amigo el pintor A. R. Penck abre la puerta de una jaula para que el “águila apresada” -Alemania- volase libre.

En su pintura, la política parecía estar acabada; eso sí, la cultura vanguardista y la intelligentsia eran ahora sus protagonistas: poetas, escritores y artistas tomaban los escenarios de sus cuadros en un retablo pagano de hornacinas aviñetadas y luces fosforescentes. Retratos -¡ojo! el retrato retrato- de Max Beckmann, Bertold Brecht, Jean Paul Sartre, Arthur Rimbaud, Erich Heckel, Gertrude Stein, Marcel Duchamp, Simone de Beauvoir, Joseph Beuys… Y del personaje de ficción Peer Gynt, el antihéroe errante a quien ya había dedicado un cuadro Kokoschka en 1973, el mismo año en que Immendorff levantara su “puño de artista” en Münster.

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