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TRIBUNA

Las maras y los mares

miércoles 19 de febrero de 2020, 20:14h

Cuando llegué a Ecuador no me esperaba desde luego un país aequus, es decir, ecualizado, justo, maduro, tranquilo y juicioso, y con lo primero que me topé fue con las maras de androides pintarrajeados bajo cuya piel no resultaba nada fácil imaginar el rostro de alguien humano. Aquellos tatuajes parecían corresponder más bien a jaurías excitadas antes de la guerra, en la guerra y después de la guerra. Y además ponían color a cada uno de los individuos e individuas de las tristemente célebres maras, donde ni la vida de sus componentes, ni las de sus rivales valen nada, porque sus cabezas han alcanzado un grado de deterioro cognitivo, su desagregación tanta ferocidad, y su desarraigo socio-parental tanta magnitud, que hasta el momento no he conocido nada peor ni más inhumano, a no ser lo que narran los protagonistas de los campos de exterminio nazis, o de las crueldades bélicas entre etnias que se odian a muerte y se saldan con limpiezas étnicas. Olvidar estas estructuras malignas no está a mi alcance.

¿Cómo pensar que esta mara/bunta puede aceptar algún ordenamiento jurídico en favor del bien común, si lo que se propicia y se potencia en ella es el mal común? El único orden que se ahí respeta es el atávico, el del macho alfa liderando la manada de machos beta, es decir, un animal seguido por otros gracias a la potencia de su brutalidad y de sus desafueros: un hombre feliz. Algunas películas y documentales que se ven de cuando en cuando al respecto lo reflejan bien, no exageran, pues no hay fantasía alguna que pueda superar estas realidades.

Y yo tampoco me veía en condiciones de presentarme en aquellos ambientes y con amable sonrisa decirles: “Buenos días, soy un hombre que desea ser bueno y que les ayudará a sufrir menos”. ¿Sufrir menos? ¡Pero si el mal goza sufriendo y haciendo sufrir, sobre todo cuando se ha convertido en ideología de género, del género bestia! Cuando, en el ambiente social, quien más puede es elegido capador, entonces ya no hay fuerza humana que valga: aquello tal y como está no tiene solución. A tales espectáculos no se llega de golpe, claro está, sino por extensión progresiva del caos hasta casi llegar a su entropía. Entonces los más escépticos se alegran del cuanto peor mejor, y esperan sentados a los cadáveres enemigos desfilar delante de sus puertas: la muerte de todos.

Yo llegué a Ecuador para dar un curso de doctorado en la UCA, aquella universidad de los jesuitas tan vinculada a la teología de la liberación popular, a Ignacio Ellacuría, a Oscar Romero (a quien había biografiado), san Romero de América en el corazón de las gentes mucho antes que en el Vaticano, y a los movimientos campesinos, a los que las pocas familias dueñas del país fueron masacrando. Allí me vi con teólogos famosos, por ejemplo, con Jon Sobrino y otros, pero con la muerte de los protomártires también se había matado el corazón de estos que quedaban vivos. Aquel Museo Oscar Romero me daba más el tufo a panteón de resentimientos que a esperanzado muro de lamentaciones. Y lo peor es que la UCA se fue convirtiendo en universidad de élite para niños y niñas acomodados. Hoy me pregunto por qué las cosas son así, por qué de la sangre de los mártires no salen renuevos de mártires, sino universidades burocratizadas que se dejan mecer por el arrorró de sus bacineros y turiferarios, precisamente aquellos que mataron a los buenos. Pero eso suele ocurrir, ya lo señaló Henri Bergson.

Después de aquella experiencia, y apenas pisando suelo español, me vino a la memoria una imagen desoladora: igual que en El Salvador, la guerra civil española tampoco había servido de nada, a no ser para odiar más y más profundamente, y para que los del ¡Arriba España! siguieran alzando el brazo, ahora de los antiguos izquierdistas que se despulgaban en la bañera de los antiguos gobernadores civiles. Parece que lo fácil es cortarse la coleta o hacerse con ella la permanente, comprarse el mejor chalet para honrar el cargo reciente, quitarse los jerseys con olor a vacuno, y ponerse las chaquetas: cambiar de chaqueta, ¡ay, patria mía!

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