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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Palestina y el “Acuerdo del Siglo”: Crisis y Oportunidad

Juan Manuel Uruburu
lunes 24 de febrero de 2020, 20:32h

Aún 2020 está dando sus primeros pasos y la escena internacional en Oriente Medio ya ha tenido tiempo para convulsionarse. Como no podía ser menos, el detonador de esta convulsión ha sido el conflicto palestino-israelí con la presentación de la propuesta estadounidense del “Acuerdo del Siglo”. A diferencia de otros planes norteamericanos, la propuesta de Trump de caracteriza por su sinceridad. El documento incluye mapas y medidas concretas que no dejan dudas sobre las intenciones de esta administración americana. El plan es tan marcadamente orientado hacia la postura israelí que, de modo simbólico, fue presentado conjuntamente por Trump y Netanyahu entre sonrisas y apretones de manos. Con razón, se ha interpretado que esta propuesta americana parece obedecer a muchos objetivos políticos, pero en ningún caso parece perseguir acabar con el viejo conflicto de esta región.

Sin embargo, de modo paradójico, creo que este documento abre nuevas oportunidades para conseguir lo que necesita la región, una paz justa y duradera. Quizá, una de las principales virtudes de esta propuesta de “Acuerdo del Siglo” es la de acabar con una perversa falacia, como es la de los planes de paz auspiciados por Estados Unidos. Si remontamos la vista atrás unas décadas, podremos ver como desde 1970, cuando la administración Nixon presentó el “Plan Rogers” para la paz entre palestinos e israelíes, todos los presidentes de Estados Unidos han presentado su particular propuesta para la solución de esta conflicto. Sería demasiado largo analizar el contenido y las circunstancias en las que se desarrollaron estas fracasadas propuestas, pero todas ellas parecen responder a una lógica común.

En primer lugar, los planes de paz sirvieron para dejar de lado la verdadera solución jurídica a este conflicto, que es la que establecen las diversas resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En particular la Resolución 242 que determina la obligación por parte israelí de retirada de los territorios ocupados en la guerra de 1967. Una vez conseguido situar el plano político por encima de las obligaciones jurídicas, los diversos planes de paz y, en especial, la gran pantomima de los Acuerdos de Oslo, permitieron a la parte israelí conseguir aquello que más necesitaba, tiempo. Tiempo para llevar a cabo un plan que le permitiera llevar a cabo sus grandes objetivos. En este sentido los gobiernos israelíes de diferente signo político nunca han ocultado su pleno acuerdo con el ideal del sionismo, que defendía la creación de un estado judío entre el río Jordán y el Mediterráneo.

El territorio fue conseguido en 1967, vía militar. Sin embargo quedaba un problema de difícil solución como es el de la población residente. A pesar de los esfuerzos para favorecer el exilio de esta población, lo cierto es que en la Palestina ocupada en 1967 se mantuvieron residiendo varios millones de palestinos que, en durísimas condiciones, han seguido manteniendo su hogar en la tierra que les vio nacer. Para Israel habría sido sencillo anexionarse por medio de una ley nacional todo aquel territorio, tal y como hizo en 1981 con el Golán y con Jerusalén Este. Nadie en Occidente habría movido un dedo para impedirlo. Sin embargo, esta solución acarreaba un serio problema, como es el de la nacionalidad de la población palestina. Una anexión total de Palestina implicaría reconocer la nacionalidad israelí, al menos, a todos los que nacieran con posterioridad a dicha anexión, lo que llevaría en pocas décadas a tener como principal minoría étnica de Israel a los palestinos, renunciando al ideal del sionismo.

Pero, como dice el viejo dicho cualquier problema puede tener solución excepto la muerte. Así que los dirigentes israelíes comenzaron a pensar y vieron que la solución a su dilema podría encontrarse en la política seguida por un viejo amigo de su país; esto es, la Sudáfrica del Apartheid. El país africano, desde finales de los años cincuenta trataba de crear una nueva realidad política que permitiera a la minoría blanca constituir la mayoría de la población del país. Para ello fueron creados dentro de Sudáfrica y de la Namibia ocupada una serie de demarcaciones territoriales, llamados bantustanes, donde se concentraba la población negra nativa y se les reconoció la independencia política, al tiempo que se retiraba a sus habitantes la nacionalidad surafricana.

La idea resultó sumamente interesante a los dirigentes israelíes. Solo necesitaban tiempo y apoyo para llevarla a cabo. El apoyo político lo tenían garantizado. Todas las administraciones estadounidenses han mostrado una total sintonía con los objetivos estratégicos israelíes, mientras que el tiempo lo obtuvieron a partir de los llamados Acuerdos de Oslo de 1991. A partir de entonces se aceleró de modo importante el plan de colonización de los territorios más interesantes, en términos hídricos, patrimoniales y de comunicación, de la Palestina ocupada. Como maná celestial, la caída de la Unión Soviética trajo consigo la última gran oleada de personas que buscaron un nuevo hogar en Israel. Me refiero a los miles de ciudadanos soviéticos de ascendencia judía que, a principio de los años noventa trataban de huir del caos de la Rusia de Yeltsin. Los diferentes gobiernos israelíes promovieron la instalación de éstos y de otros inmigrantes en colonias que se desperdigaron por toda la Palestina ocupada, de tal modo que, de los aproximadamente 200.000 colonos que existían en aquella tierra antes de los acuerdos de Oslo se pasó a los cerca de 700.000 colonos en la actualidad. Mientras aquello se producía, los sucesivos presidentes de Estados Unidos, Bush. Clinton, Bush hijo y Obama, presentaban una larga lista de planes, inasumibles para los palestinos, pero que mantenían viva la ficción de la existencia de un plan de paz.

Trump y su propuesta de “Acuerdo del Siglo” han acabado con esta ficción, presentando un documento que recoge con enorme sinceridad aquella postura de la parte israelí- estadounidense que hizo fracasar todas las anteriores propuestas. Mientras Occidente asumía como una sabia conclusión la famosa frase del comentarista de New York Times, Thomas Friedman, cuando decía que, “un palestino, no pierde nunca la oportunidad de perder una oportunidad”, el plan de bantustanización de Palestina avanzaba sin freno. Pero ahora ha llegado la hora de la verdad. La propuesta americana, no solo es inasumible en sus actuales términos para cualquier dirigente palestino, sino que además compromete de un modo casi letal, la capacidad de Estados Unidos para arbitrar este conflicto en el futuro.

Los dirigentes palestinos, encabezados por Mahmud Abbas han rechazado de modo claro esta propuesta y ahora la pelota se sitúa en el tejado de la parte israelí. El plan israelí de colonización de Palestina está completado, los muros están terminados y se ha colonizado todo lo colonizable. Ahora falta darle forma jurídica permanente. Si Israel toma medidas unilaterales para implementar el "acuerdo" desafiando la legitimidad internacional, e incluso las posiciones y decisiones de la mayoría del Congreso estadounidense, entonces los palestinos no tendrán más remedio que trabajar para el establecimiento de un estado único en el territorio de la Palestina histórica.

Algunos defienden que en chino, la palabra crisis es equivalente a la idea de oportunidad. No estoy seguro de esto, pero sí que creo que en la vía de un Estado único, que unos llamarían Israel y otros Palestina, se puede encontrar la solución de este largo conflicto. Los que se oponen a esta idea alegan como argumento el odio acumulado y la sangre derramada durante décadas por ambas partes. Es una cuestión importante e impredecible, pero cabría recordar el ejemplo de otro Estado aquí mencionado, como es el de Sudáfrica, donde blancos y negros aprendieron a convivir juntos sin que el hacha de guerra se halla desenterrado ni una sola vez en más de un cuarto de siglo. Simplemente bastó con que Occidente dejara de apoyar la locura del apartheid y que los sudafricanos aprendieran a olvidar los horrores del pasado. También cabría recordar que, actualmente, el 20 por ciento de la población israelí es palestina. Otros se oponen a aquella idea invocando el derecho del pueblo judío a poseer un Estado. Es una frase que suena bonita pero, por más libros de derecho internacional que consulto, no encuentro ninguno que refleje tal derecho, tampoco el derecho a un estado gitano, en términos étnicos, ni a un estado budista, en términos religiosos. La creación de Estados no obedece a un derecho en el sentido jurídico del término, sino a una decisión política apoyada por la comunidad internacional.

Los beneficios de la fórmula de un Estado serían innegables en términos económicos. Este estado sería el líder tecnológico en un Oriente Medio que le abriría las puertas del comercio. En términos políticos, creo que se trataría de la mejor vía para acabar con un error surgido de la perniciosa combinación de nacionalismo y colonialismo que se apoderó de Europa y del parte del mundo durante el primer tercio del siglo XX.

Las perspectivas sobre el conflicto palestino-israelí adquieren nuevos, interesantes e impredecibles contornos. Impredecibles porque dependen de decisiones en muy diferentes niveles. Por parte israelí parece evidente que la opción se encuentra entre aplicar de modo unilateral e inmediato las previsiones de la propuesta estadounidense o mantenerlo como una permanente espada de Damocles sobre la cabeza de los palestinos. Por su parte, la elección que hagan los palestinos dependerá en gran medida de las posiciones que tomará la comunidad internacional, especialmente la administración estadounidense. En la vieja Europa seguiremos con nuestra vieja fórmula de “esperar y ver”. En la muy europea España también nos mantenemos fieles a este guion. En 2015, el entonces candidato a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, escribía en twitter: “cuando sea Presidente del Gobierno reconoceremos el Estado palestino”. Seguimos esperando…

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