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Marina Abramovic: el arte es riesgo y peligro

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 03 de marzo de 2020, 20:00h

El libro, nervioso y centrípeto, de la temporada son las memorias de Abramovic: Derribando muros (Malpaso). Hay quien todavía hoy, acémilas de corral, niegan el arte de la performance, después del Happening, tras Fluxus, mil y una variaciones del Arte Corporal o Conceptual, tras el Accionismo vienés y demás platos y guisos calientes de temporada desde los años 70. La confesión es herida, y estas páginas eléctricas hilan la vida de una artista solo preocupada de su creación, arte en movimiento y sin objeto, por encima de todos los asedios consuetudinarios y en la rebeldía desnuda de solo haberse dedicado a su pasión. Anda reciente, por las hojas volanderas, la muerte de su pareja, Ulay, compañero de obras, pero menudea la cata y expresión de su valía profunda: Abramovic en confesión y herida, Abramovic de cuerpo entero y sin excusas, Abramovic salvaje y por encima de dolor, resistencia, miedo, emoción y trance espiritual.

El libro viaja de la Yugoslavia comunista, holocausto sin propiedad privada, pura dictadura del terror, hambruna y pobreza con sesgos militares, hasta el Nueva York, París o Berlín de todas las luces encendidas. La obsesa textual que toda letra impresa devora (Pasternak, Dostoievsky, Rilke, Tsvietáieva…), junto al desprecio por el credo callejero de mil y una víctimas (Stalin, Marx, Engels, Lenin…) en un Beldrado frío de posguerra, titilante en ruinas industriales, repleto de monstruos y aliento azul en la calle con abrigo viejo. Pronto entra en la disciplina pictórica, artes plásticas académicas, mundo underground y casas de cultura junto a los jóvenes contemporáneos. El viaje, de Zagreb a París, de Berlín a Londres, sin dinero pero tampoco bota balcánica sobre la voluntad, perfilan su personalidad. No fue la energía hacia fuera, la de exhibir una obra, sino su contraría: hacia dentro, como forma de cambiar uno y su entorno. Pronto es otra en su trato ardiente con Joseph Beuys, Tadeusz Kantor, Günter Brus, Tom Marioni, Wiener Aktionimus, etc. Los discursos del cuerpo como herramienta de trabajo y revolución social.

Desprecia, a su modo, la transgresión por la transgresión: las piezas donde Günter Brus lo sentencian a prisión por masturbarse en público al mismo tiempo que se embarraba con sus propias heces bajo el himno nacional austríaco. Toma de Bruce Nauman la única poética válida: “El arte es cuestión de vida o muerte”. Empieza con performances que hagan pensar: Ritmo 10, basada en juego de bebida que hacían los campesinos rusos y yugoslavos donde extendían las manos sobre una mesa y daban cuchilladas rápidas a los espacios entre los dedos para, si se cortaban, echar un trago hasta la cercana borrachera. Coge de los juegos eslavos pretéritos toda su desesperanza, imprudencia, ebriedad, valentía y suicidio grupal. Recoge indolencia, lasitud y mansedumbre de su pueblo atemorizado.

Llega a electrizarse, quemarse entre el público, hacerse cortes, experimentar con el dolor, exponerse a desconocidos sobre el escenario donde cede al visitante una pistola con una sola bala en el tambor. La mente es salvaje y el cuerpo ocia mientras se ofrece a ella. Nuevas obras inofensivas, fruto de su vivencia en carretera con Ulay, durante cinco años en una furgoneta sin ingresos económicos, perfilan a otra creadora. Llega a maravillas como Imponderabilia (Bolonia, 1977) donde la pareja se desnuda y coloca a título de cariátides en las puertas de un museo: la reflexión es que no puede existir arte sin artistas y, desnudos como columnario o apertura reducida a un museo, sí, llaman la atención de los visitantes que las pasan canutas para acceder y tienen el interrogante de mirar hacia uno u otro lado. Llegan a joyas visuales como Expansión en el vacío (Kassel, 1997) donde los artistas, igual de desnudos, chocan con obstáculos idénticos, para volver al punto de partida, espalda con espalda, y ejemplifican toda una metáfora de la lucha de poder dentro de la pareja junto a la libertad exterior. Llegan a sutilezas como Light/Dark (Feria de Arte de Colonia) donde los creadores, pantalones vaqueros y camisas blancas, idénticos cabellos recogidos en coleta, se arrodillan frente a frente y abofetean, para después dar una palmada en la rodilla contraria, a ritmo “uno, dos”, acompasados y terribles.

La temperatura es siempre idéntica: “Algunas parejas compraban sartenes y cazuelas al mudarse juntos. Ulay y yo comenzamos a planear cómo hacer arte juntos”. Fuerza la vida en obras como Ritmo 4, desnuda frente a un ventilador, respirando hasta quedar sin oxígeno, que revoluciona las mejores revistas de Milán. Se arranca trozos de cabello mientras se peina, también desnuda, en la pieza El arte debe ser hermoso, la artista debe ser hermosa que seduce y abrasa al público de Copenhague hasta los tuétanos, en su logro por destruir la imagen de una belleza premeditada. Se recuesta sobre hielos con forma de cruz, colgada del techo con cables bajo un calentador, mientras una estrella sangra en su abdomen gracias a trabajos como Thomas Lips donde es rescatada por el público mientras eriza sin paliativos al público loco de Ámsterdam. Sufre las mayores vejaciones por parte del auditorio en Ritmo O, frente a una mesa con sesenta y dos objetos cotidianos que no escatiman las armas, desde tijeras a pistolas, sometida a voluntad ajena, donde los visitantes napolitanos la premian nuevamente con su clemencia.

Abramovic es un centro gravitatorio: la energía debe llevar al cuerpo lo más lejos posible. No temerle al sufrimiento empieza a despejar e iluminar otra forma de mortalidad. Un público que pone a pruebas los límites con el otro –siempre desconocido- nos lo dice todo de sí mismo. Arte siempre conceptualista, mensaje tras la acción donde el crepitar del fuego o la falta de oxígeno no merman voluntad física ni el sacrificio. Ya en los centros estudiantiles de Belgrado se encierra bajo el humo de una estrella en llamas –símbolo comunista, fuerza represora- donde ella construye un nuevo icono, el pentagrama de la libertad conquistada y no mistificadora por cultos o religiones antiguas, el poder simbólico de la lucha por uno mismo frente al muro alto y totalitario. Todo Abramovic es lo mismo: el uso del cuerpo dentro y fuera de la conciencia sin renuncia al presente o actualidad política. En Ritmo 2 jugaba con dos pastillas psiquiátricas: una que obliga a los catatónicos a moverse, otra que calma a los esquizofrénicos. Entre la convulsión, agitaciones donde llega a caer de la silla, y la paz o trance pasivo, discurre una larga sonrisa en la cara ajena a contingencias y una medicación que dura cinco horas.

El cuerpo material, consciente e inconsciente, es el bienestar entero de una vida, tan exhibicionista como masoquista, donde el manicomio somos todos los demás. Vida en serio y arte en acción, con dinero o sin él, con techo o al raso, sin pareja y con pareja, consagrada a la belleza de otro arte, el del cuerpo en rebeldía y sin doma, como ejemplo para tanta mente conversa a las mayores ideologías diabólicas. La confesión de Abramovic en Derribando muros (lema partisano o comunistoide sobre el arte de caminar sin obstáculos) lleva a una poética de la integridad: la vida privada es arte y, por tanto, acción; la revolución de la vida doméstica es otra energía del ego, las emociones escondidas arman el peor de los fracasos. Su idioma es ya universal, sus imitadores todos mediocres, los museos de medio mundo la cotizan, su azar no conoce espacios intermedios.

Diego Medrano

Escritor

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