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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Ibn Jaldún: un sabio universal

Juan Manuel Uruburu
miércoles 04 de marzo de 2020, 20:07h

Hoy día, transcurridos más de seiscientos años de su muerte, parece difícil poder decir algo nuevo sobre la figura del tunecino Ibn Jaldún (1332-1406). Sin embargo, su obra es de tal magnitud y profundidad que siempre que releo sus escritos me surgen nuevas reflexiones a la luz de sus pensamientos. Algunos encuentran ciertos fogonazos de inspiración en la Biblia, otros en el Quijote, a mí me gusta acudir de vez en cuando a la monumental Introducción a la historia universal escrita por este sabio, a finales del siglo XIV.

En cierto modo, Ibn Jaldún resulta un autor difícil de clasificar. Algunos lo presentan como un historiador, otros como filósofo, como economista, incluso como sociólogo, y es que, realmente, fue un digno exponente de cualquiera de estas ramas de la ciencia. Su obra no es el fruto de una inspiración divina o de una mera habilidad en el manejo de la pluma, que lo tenía, sino de un verdadero aprendizaje vital y una capacidad de análisis de lo que ve y de lo que lee, fuera de lo común. Siendo de familia adinerada e influyente, aprovechó sus años mozos para recibir una sólida formación en ciencias dispares tales como el derecho, la lógica, la lingüística, o la filosofía. Tal vez aquí se gestaría su vocación por la búsqueda de reglas universales para interpretar el mundo en el que vivía. A partir de aquí comenzaría un fascinante recorrido profesional que le llevó a ocupar posiciones privilegiadas como diplomático en la corte de diferentes reinos, incluyendo el Nazarí de Granada. También conoció las miserias de la política, la inquina y las conspiraciones que le llevarían en alguna ocasión a prisión. Durante sus múltiples misiones diplomáticas puedo conocer todo tipo de sociedades. Desde el refinamiento de la corte de los Mamelucos en Egipto y la pujanza económica de sus ciudades hasta las tribus bereberes más rudimentarias en las montañas de lo que hoy día es Argelia.

Esta intensa vivencia le permitió recopilar mucha información, tanto de los escritos de los grandes historiadores árabes, como a través de su propia vivencia. Solo necesitaba tiempo para procesar todo ese caudal de datos y reflexiones para lanzarse a por su objetivo primordial, el de descubrir aquellas reglas universales que debían de regir el desarrollo de las sociedades humanas, entendidas como seres animados que nacen, se desarrollan y desaparecen. La vida de Ibn Jaldún parece ajustarse al guion que con bellas estrofas marcaba Fray Luís de León cuando escribía aquello de “¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido…”, así que en 1375, en plena madurez intelectual, decidió apartarse de la vida cortesana y vivir bajo la protección de una tribu bereber en las montañas del Oeste de Argelia. Allí, en el silencio de la naturaleza pudo comenzar la magna Introducción a la historia universal, antes referida. Solamente la falta de materiales para completar la obra le sacó de su retiro y le llevó a su Túnez natal, donde pudo encontrar los textos necesarios para completar su obra. El resultado fue una obra impresionante. Un manuscrito que en su traducción a numerosos idiomas y ediciones suele ocupar en torno a mil trescientas páginas.

En este colosal trabajo, como decíamos, Ibn Jaldún realiza un repaso general a la historia de las sociedades humanas saliéndose de la mera lógica historiográfica de recopilación de datos, batallas, o soberanos que con paciencia bíblica, hemos tenido que soportar en las clases tradicionales de historia. Y es que el tunecino es de aquellos elegidos que se puede permitir con autoridad utilizar y combinar diferentes ramas de la ciencia, como la geografía, la economía, la sociología o la religión, para interpretar de un modo global la historia de la humanidad. Su punto de partida es el del inherente conflicto social que lleva a diferentes grupos humanos a disputarse el control de los medios de producción de riqueza, anticipándose en siglos a las ideas planteadas en este sentido por autores como por Hobbes, Marx o Webber. Pero tampoco se puede decir que Ibn Jaldún fuera un precursor del socialismo, ni mucho menos. De hecho, en esta obra desarrolla una interesante teoría sobre política fiscal, según la cual el exceso de carga impositiva terminaba siendo perjudicial para la recaudación fiscal del Estado debido al desaliento a la inversión privada. Así, alguien tan poco sospechoso de izquierdista como el antiguo presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, utilizó públicamente citas de Ibn Jaldún para justificar sus políticas impositivas neo-liberales.

También a Ibn Jaldún podemos atribuir la famosa teoría de que tres generaciones bastan para acabar con un gran patrimonio. Así, el capital que se hereda se usa para especular en la segunda generación y para dilapidar en la tercera, lo que no es más que una simplificación de la tesis del tunecino sobre las fases de apogeo y decadencia de las dinastías. Pero las tesis jaldunianas sobre la riqueza y decadencia de las sociedades humanas va más allá del mero devenir de las generaciones dinásticas. Para nuestro autor una masa de población suficiente es esencial para el desarrollo social y cultural de un Estado, pero, a la vez, supone el germen de su futura autodestrucción debido a la pérdida del sentimiento de cohesión entre sus miembros y al sometimiento a la tiranía del poder político ante la falta de mecanismos de autodefensa, es decir, aquello que hoy día llamaríamos la sociedad civil.

Y es que la obra del tunecino, seis siglos después, sigue siendo de rabiosa actualidad. Las relaciones de poder en las sociedades humanas ya no se dirimen en una pugna entre tribus nómadas y sedentarias, como en el siglo XIV. Hoy día la mayor parte de la población mundial se ha apuntado al sedentarismo como modo de vida, pero dentro de los Estados la competición entre las élites por el control de las instituciones políticas y de los medios de producción de riqueza continúa a la orden del día, tanto en los países árabes como en los no árabes. Sus lecciones sobre la solidaridad interna como medio de fortaleza de las élites parecen plenamente vigentes ante la pujanza de grupos sociales con vínculos políticos, religiosos, familiares u orgánicos que hoy día se reparten, de un modo descarado o solapado las altas esferas del poder en la, aún reciente comunidad de Estados sobre la que se organiza nuestro planeta.

Por ello, creo que no hace falta esperar a algún aniversario o fecha conmemorativa para volver a leer los viejos clásicos, como la Introducción a la Historia Universal, de Ibn Jaldún, por una razón como es la vigencia de sus planteamientos. A pesar de vivir en un mundo muy diferente al que conoció este tunecino universalista consigue que sus teorías nos evoquen inmediatamente muchos procesos que estamos viviendo hoy día. De este modo la obra de Jaldún mantiene un aroma fresco y joven por encima de su apariencia de coraza medieval. Probablemente los lectores del futuro sentirán parecidas sensaciones.

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