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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

El Mundo Árabe desde un hospital

Juan Manuel Uruburu
viernes 13 de marzo de 2020, 20:18h

Con el paso de los años, se va convirtiendo en una de las señas de la idiosincrasia española el dedicar un ratito, de vez en cuando, a criticar ferozmente al servicio que ofrece la Seguridad Social. A veces con razón, otras sin ella, y otras simplemente porque nos apetece criticar, dirigimos nuestros dardos puntiagudos contra nuestro sistema de salud, el que nos acompaña en el nacimiento y en la muerte a la mayoría de los españoles. Evidentemente, estas críticas se disparan en el momento de usar los servicios e instalaciones de este sistema de salud. En caso de hospitalización, ya contamos con que hay que compartir habitación con uno o más desconocidos. El pánico se instala en nuestros fragilizados corazones cuando vemos a nuestros seres queridos encamados, enpijamados y acompañados en el mismo cuarto por otros desconocidos en igual condición.

Recientemente tuve una de esas experiencias sensoriales. Una pariente cercana, por esas cosas de la vida, enfermó y fue hospitalizada. Acudí al hospital diligente y con la intención de visitarla diariamente. Reparé que en la cama de al lado de mi pariente se encontraba una señora de avanzada edad que saludaba con amables modales y miraba con cierto interés nuestra conversación. Seguramente se debía al aburrimiento de no tener visitas en su primer día de hospitalización, por ello, la buena señora combatía el aburrimiento con una intensa actividad de su teléfono móvil. En un momento dado, “puse la antena” y me fijé que estaba hablando por teléfono en un, bastante correcto, árabe dialectal oriental. Cuando terminó, me dirigí a ella en árabe y vi como sus ojos se iluminaron, en una mezcla de alegría y sorpresa. A partir de aquí pasamos los siguientes días enlazando interesantes conversaciones sobre su vida. Me contaba con indisimulada coquetería que había sido de las primeras locutoras de radiotelevisión española, -antes que Laurita Valenzuela, eh?-. Después, se casó con un alto cargo de la administración saudí y empezó una nueva vida en el Reino del Desierto. La adaptación no debió ser difícil. Por las fotos de su móvil pasaban princesas y palacios como trasfondo de una intensa vida social. Me hablaba de sus cenas con Juan Carlos de Borbón, en sus frecuentes visitas a Riad (sin más comentarios) y con otros políticos de altos vuelos que aterrizaban por aquellas tierras.

Sin duda, esta señora comprendía bien la idiosincrasia y los códigos de comunicación de la sociedad saudí. Me contaba que, cierto día, un funcionario de la policía religiosa se le acercó para amonestarle por llevar una abaya, la túnica tradicional, demasiado corta para su criterio. La española, con socarronería le hizo ver al policía que él también llevaba la pernera del pantalón demasiado corta, dejando a la vista una “sensual pantorrilla”. Ambos se rieron de lo absurdo de la situación y cada uno se fue por su lado. Y es que bajo el rigorismo institucional de las sociedades árabes, a menudo, subyace un sentido del humor colectivo más próximo al de Triana que al de la lejana Kabul.

Un buen día, por fin aparecieron los hijos de esta señora por el hospital. Dos de ellos me dejaron impresionado. Eran gemelos que respondían cien por cien a la expresión de las “dos gotas de agua”. Siempre juntos, igual peinado, igual vestimenta, igual voz. Me sorprendió ver como entre ellos hablaban una increíble mezcla de idiomas, español, inglés y árabe, al mismo tiempo. Les pregunté sobre esta curiosa mezcla. Ellos me aclararon que preferían utilizar el árabe en momentos especialmente pasionales. Por ejemplo, para insultarse. Y es que el árabe es verdaderamente una lengua apasionada. Uno de los idiomas con más vocabulario del mundo, y que permite elegir entre miles de términos para expresar las más encendidas emociones. Pasaron los días, y la señora me contaba nuevas historias. Me hablaba de sus años en la época dorada de Beirut, a principio de los setenta, cuando Líbano era como Montecarlo, para los adinerados saudíes, de cómo, aquel mundo de ensueño se hizo pedazos con el estallido de la guerra civil de 1975.

Pasé una semana escuchando miles de anécdotas interesantísimas de la vida en Oriente medio de esta señora. Un buen día, la vida siguió su curso, mi pariente recuperó la salud y nos despedimos de aquella mujer con la, siempre cortés, promesa de volver a encontrarnos. Ojalá le vaya muy bien. Me sentí refrescado. Y es que para uno, que desde la academia intenta comprender ese rincón del planeta llamado Mundo Árabe, siempre es enriquecedor escuchar las historias interesantes que alguien anónimo te puede contar sobre su experiencia en el terreno. ¡Y todo ello gracias a la Seguridad Social!

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