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TRIBUNA

Sobre el Apocalipsis de san Juan y el triple comentario de monseñor Oliver Román (II)

martes 17 de marzo de 2020, 20:25h

Monseñor Miguel Oliver Román ofrece en sus tres comentarios al Apocalipsis de san Juan un soporte magnífico de clarificación a los enigmas y símbolos de este libro arduo que fue comparado con los arcos y vidrieras de una catedral por el poeta Paul Claudel, hermano de la genial escultora relacionada con Auguste Rodin.
Hablando de artistas, dijo el teólogo Romano Guardini que la obra de arte recibe su auténtico sentido de Dios, siendo, a la par, una respuesta dada al mundo por el ser interior del hombre. Animado por esta máxima, escribo con la misma ilusión que pinto un cuadro, tratando de explicarme las inquietudes que me inocula el mundo y asombrado por el enigma de Dios y su Revelación. Se trata del último de los libros revelados de un género que empezó con Isaías.

María Zambrano vislumbró una totalidad a la que tiende la poesía; verdad que a mí no me sobra en absoluto aunque yo no la desligo totalmente de Dios. Para mí, la diferencia entre Dios y cuaquier otra verdad es de calidad inefable. Sé que puedo crear un buen verso, gracias a Dios, pero no soy capaz de rimar cosa alguna con Dios. Y soy sincero pues he escrito poesía el dos por ciento de los días que he rezado.

Oliver Román es una autoridad en la Sagrada Escritura y lo demuestra en su análisis contextual político, geográfico y litúrgico del libro de san Juan. Su acercamiento al texto triunfa aun en capítulos tan densos como los del libro siete veces sellado o la narración de la mujer en dolores de parto. Son infinidad las alegorías e imágenes proféticas misteriosas analizadas por el estudioso, desde el llanto de san Juan por el destino oculto de la humanidad hasta el fascinante concepto de “dominación ideológica” del mal sobre los hombres. No nos olvidemos de la inquietante simbología de los números (7, 6, 666, 144.000…) que Oliver contrasta y clarifica.

Pienso, con mons. Oliver Román, que la revelación de Dios en la historia es un proceso tan dinámico como la historia misma; las consecuencias últimas de la historia humana están por ver aunque el género apocalíptico asegura la instauración del reino de Cristo -meollo del Apocalipsis-. El Dios de san Juan el Teólogo había sido intuido esquemáticamente por Platón en un mundo ideado detrás del que vemos, un dios para los sabios, a quienes traería la felicidad. Esta cosa irreal que es el dios platónico será superada históricamente por la figura viva de Jesús, Dios para con los justos, junto a su Padre celestial quien invitará a san Juan a ascender a su gloria.

Oliver Román considera bella y solemne la descripción que san Juan hace del cielo. A la gloria de Dios se le suponen estas cualidades necesarias, aunque no sean constatables visualmente por nosotros. Dice Oliver que si san Juan no describe a Dios en ningún momento es porque “en la concepción judía esto resulta inapropiado”, aunque sí que se explaya en la descripción de su gloria.

Del amor de Dios por los hombres sí hay una prueba trascendental. Ésta es la figura del cordero inmolado en la que Oliver ve “uno de los grandes iconos del Apocalipsis”. El cordero, habiendo sido sacrificado, sigue vivo y en pie dando esperanza a los hombres. Éste es el hito fundamental de la salvación, la de los justos. Al igual que hace con cada acontecimiento narrado por san Juan, Oliver reseña antecedentes del empleo de la poderosa imagen del cordero pascual en la Sagrada Escritura y en acercamientos al tema de otros exégetas.

La Verdad cristiana eclipsa al ideal platónico, y a cualquier sustancia celestial enigmática ideada por la filosofía -logos o pensamiento de Dios-. En el combate dialéctico de la historia, la Verdad será cuestionada muchas veces tanto por el racionalismo como por la irracionalidad; la razón también la asistirá en ocasiones estelares como cuando san Isidoro de Sevilla culpe a Sisebuto, su pupilo amado, de haber convertido a los judíos usando la fuerza en vez de la fe, que no deja de ser una amonestación lógica y santa.

En el cielo que visiona san Juan, la dialéctica es lucha encarnizada entre el bien y el mal, entre ángeles y bestias, pero los hombres santos resistirán la injusticia tan pacífica y pacientemente como Gandhi hará por su pueblo.

Oliver observa en el Apocalipsis la convulsa historia de la Iglesia, argumentando que “ser heraldo de Dios y llevar su mensaje tiene un doble efecto: la acogida o el rechazo”. La ley divina y el dogma resultan aberrados por demagogos y “sobrados” herejes, como el “falso profeta” del Apocalipsis, que induce a la adoración del mal.

El paganismo y el nihilismo habían llevado a muchos a la desilusión en espera de un Dios necesario que san Juan les confirmó, como discípulo y teólogo de Cristo. El nihilismo rebrotó muchas veces en la historia; sería llamado “decadencia” por Nietzsche -tedio de vivir-, aunque también el rigor científico hastía al hombre en su deshumanización, como padeció Ernesto Sábato. La fe ha de sobrevivir a todo pesimismo, por eso es fe. Santo Tomás supo blindar la teología ante la desilusión. Hace falta renovar el “optimismo” tomista, del que habló Gilbert K. Chesterton como un verdadero fenómeno de revitalización. Para Oliver Román, “el Apocalipsis fue como un amanecer para la iglesia cristiana del primer siglo”.

Respecto al problema de Dios, Chesterton plantea que Santo Tomás disipó la desilusión de los hombres de su época al corregir la excesiva espiritualidad de la teología de san Agustín que podría ser causante de haber hecho el concepto de Dios más abstracto a los hombres, calidad de creencias como el Taoísmo. Santo Tomás contó con mucha más distancia histórica -trece siglos- que san Agustín, y tuvo, además de una mente privilegiada, la inspiración de absorber el pensamiento de Aristóteles. La filosofía del griego le infundió ánimos para asimilar a su teología el materialismo del mundo, acercándonos la figura de Dios; no en vano, Dios se había encarnado materialmente, aunque la herejía dudara de la naturaleza de su carne. Oliver afirma que “Dios tiene el dominio de la historia humana”.

El optimismo de Juan el teólogo ha quedado velado, muchas veces, por el desconocimiento de la doctrina o por la negación propia del descreimiento y hasta por aversión visceral. Como apología del optimismo, Oliver reseña las palabras esperanzadas de san Juan, “el amanecer hará su entrada”.


(Continuará)

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