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TRIBUNA

Ventaning

viernes 20 de marzo de 2020, 20:24h

En mi Diccionario de guanacastecismos (Guanacaste, Costa Rica) se dice que “le cantó la sororoca” cuando le llega la hora. Ayer casi me canta a mí.

¿Pues qué estoy haciendo para tal cosa? No, no teman, no estoy cantando resistiré, aunque mal no me hubiera venido, a tenor de mi peripecia de ayer tarde-noche. Justo a la hora del aplauso estaba yo entregado a la lucha contra el polvo acumulado por los libros, cuando hete aquí que la escalera de tijera se abrió en canal y di con ella en tierra como don Quijote diera adarga en ristre frente a sus molinos. Fue un castañazo sonoro, casi como un aplauso lleno de rabia. Fácilmente deduje que ya no está uno como para tanta limpia, y que el polvo de los anaqueles de mis estanterías más elevadas debe campar por sus anchas, que doña Limpieza me perdone. Yo soy tan celoso en mi entrega a lo que sea, que cuando abrazo una causa termino ahogado por la magnitud de su abrazo, o ahogándola. Nada, pues, de extraño, digo a modo de consolación, que el desmedido impulso haya dado conmigo, o mejor con mi grasa, cuan largo era sobre el parqué. Era el día del padre y casi dejo huérfanos a mis hijos.

En este momento ha cesado el aplauso, se ha iniciado la cacerolada, y espero para el final como coronación (no del tipo coronavirus) los fuegos artificiales, francamente diver. Mis vecinos están irrefragablemente entregados a un frenesí de balconing o ventaning, se lo juro: de repente algunas voces gritan desde su balcón: “Hola don Pepito”, y otras desde el suyo responden: “Hola, don José”. Los primeros insisten: ¿Vio usted a mi abuela? Y los segundos: “A su abuela yo la vi”. Coda final de los hunosAdiós, don Pepito”, coda final de los hotros: “Adiós, don José”. Qué nivel, Maribel.

Pero volvamos a mi caída: ¿Y si se hubieran quedado ustedes sin este pobre filósofo gordo por culpa de su leñazo o bellotazo?, ¿quién les pondría la cabeza al revés con este humor negro suyo?, ¿llorarían su cadáver como si de muerte por virus se hubiera tratado?

No, por favor, lágrimas las justas, al fin y al cabo todos tenemos que morir, aplaudiendo o aplaudidos, jodiendo o jodidos, pues ya dijo entre ventoseo anal y ventoseo anal don Camilo José de Cela que lo mismo no es.

Así que hasta mañana, si logro sobrevivir del próximo infortunio. A las cuatro de la tarde del día 20 de noviembre de 1936, en la habitación número 15 del hotel Ritz, y asistido por el médico José Santamaría, quien estuvo permanentemente a la cabecera de la cama dando órdenes rigurosas para que nadie entrase a molestar, moriría Buenaventura Durruti. Tenía exactamente cuarenta años y ciento veintinueve días. Murió cuatro meses después de su amigo y hermano Francisco Ascaso. Con la extinción de estas vidas terminaba uno de los más agitados capítulos de la lucha anarquista. ¿Se dan ustedes cuenta de que hasta los anarquistas mueren?

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